¿Qué significó para vos el tiempo de formación?
Bendecidos (Padre Sergio Hayy)
“Tener un
lugar donde ir, se llama hogar; tener personas a quienes amar, se llama
familia; tener ambas, es una Bendición”,
tuiteó recientemente el Papa Francisco. Estas palabras manifiestan de
una manera muy clara lo que significó para mí el Seminario. Fue ese el lugar
donde pude vivir un verdadero “hogar”; fue mi casa y nunca sentí que fuera una
especie de residencia universitaria o un mero lugar donde simplemente pasar un
tiempo. Allí viví el espíritu de “familia”. Dediqué mi vida a los nuevos
estudios y la novedad de ir encarando un nuevo trabajo. Así es que valoraba
mucho las tareas para mantener limpia o arreglada la casa.
Además,
experimenté una oración renovada, nuevas amistades, nuevos hermanos; todo
vivido desde la gratitud de un camino iniciado y sin retorno, desde la
gratuidad de Dios. Tenía “la mano en el arado”; atrás quedaron familia, amigos,
hermanos, trabajo, estudio… Ingresé despojado, desprendido de mi historia, sin
pretensiones, sin buscar ningún tipo de consideración por razón de la edad –era
más grande que muchos de mis compañeros, recién egresados de la secundaria– o
de la posición que ocupé en la vida de laico.
Me puse en
las manos de Dios y de la Iglesia para que me revista el Señor, que me forme el Amor del Buen Pastor. Su imagen,
en el centro del patio, era un verdadero faro y punto de referencia en el
camino iniciado.
El
transcurso de la formación lo viví tan intensamente que se me hizo muy corto.
En algunas oportunidades, siendo ya sacerdote, anhelé volver a esa etapa pero
tenía muy claro que mi vida como sacerdote es la misión, y que el Seminario fue
esa “casa paterna” a la que, cada tanto, uno vuelve pero inmediatamente parte
otra vez. Fue ese taller donde fui
cuidado y forjado por las manos del Padre, animado por el poder del Espíritu
Santo y pastoreado por Cristo Buen Pastor.
En el
Seminario viví subido a la barca de la Iglesia. En ella estaba Nuestra Señora del Cenáculo, patrona de
esta casa de formación, rodeada de los apóstoles. En el presbiterio de la
capilla hay un mosaico de importante tamaño que ilustra el acontecimiento de
Pentecostés, donde nuestra Madre se encuentra rodeada por los apóstoles,
recibiendo los dones del Espíritu Santo. Al ingresar en la capilla, impacta ver
su intenso colorido.
Cierta vez,
al entrar en ella me recliné y observé la imagen. Allí le pedí a la Virgen que
me muestre uno de los rostros de los apóstoles, para identificarme con él y
descubrirme siempre a su lado. Fijé la mirada en uno de ellos y ahí me quedé.
Así, cada día que iba a la capilla, levantaba la mirada y ahí estaba. Esta sencilla experiencia me fue dando la convicción de
que estaría siempre con ella viviendo un permanente
Pentecostés.
En la vida
de seminarista disfruté todo: el deporte, los recreos, la amistad, el silencio,
el entorno, el paisaje que circunda el edificio, el reposo, los trabajos
comunitarios que ayudaban a “mejorar la casa”; y también las convivencias y
campamentos. Entre los servicios, me marcó el servicio por dos años de “bedel”.
El bedel es el seminarista mayor que acompaña en la formación a los
adolescentes que están en el Seminario Menor. Esta tarea la realicé junto al
hoy padre David Hergenreder, compañero de ordenación.
Colaborar
en el camino formativo de los chicos significó para mí mucho crecimiento.
Particularmente, recuerdo un episodio en una convivencia realizada en Molinari
(provincia de Córdoba). Habíamos formado equipos para buscar en las sierras
algún lugareño que nos vendiera un cordero para asarlo al día siguiente, y así
despedir el campamento.
Salimos un
grupo de seminaristas menores, el padre Pedro Barzán, prefecto del Seminario
Menor y yo. Nos lanzamos a recorrer un largo camino, y después de varias horas,
sentimos hambre. A un costado había una plantación de maíz, tomamos unos
choclos y con alambres armamos una parrilla; como teníamos encendedor, era
cuestión de poner manos a la obra y asarlos. Así lo hicimos y disfrutamos aquel
particular almuerzo. Pero no conseguíamos el cordero, que era el objetivo de la
salida. Finalmente encontramos una vivienda precaria y, a un costado, un corral
con corderos. Arreglamos con el señor que nos atendió y nos vendió pan casero,
queso de cabra y el animal que buscábamos. Al cargarlo nos pateaba tanto que
tuvimos que tomar la decisión de sacrificarlo, para que se aligere la carga.
Teníamos un cuchillo bastante desafilado así que con las piedras del lugar lo
afilamos y sacrificamos al animal. Nos turnamos para llevarlo. Después de
varios kilómetros recuperamos la senda que nos llevó de regreso y llegamos al
campamento al anochecer.
Lo que me
dejó esta experiencia fueron dos cosas; primero, que hay que perseverar y no
desanimarse en la búsqueda; segundo, la importancia de permanecer unidos.
Recuerdo los nombres de dos de los seminaristas menores que fueron parte del
grupo: Marcelo Hudyma y Claudio Mauri.
El
Seminario fue ese lugar donde pude cultivar una hermosa vida interior. Hoy, en
el ejercicio del ministerio, constato el peligro del activismo que vacía, y del
abandono de la vida en el espíritu que reseca el alma. Muchas veces uno es
testigo de lo que bien podría ser la fuente de las diversas crisis
sacerdotales.
Durante el
Seminario, busqué crecer en la vida espiritual y me ayudaron especialmente dos
maestros de oración. En primer lugar, el hermano Rafael, monje trapense, quién
inspiró mi camino de formación hacia el sacerdocio, animándome con una de sus
frases: “todo llega si se sabe esperar”.
Era un místico que me abrió el camino para entrar en la oración. Solía decir: “Despierta… allí está Jesús… esperando…
¡esperando tu oración!”.
El segundo
fue san Bernardo de Claraval, monje cisterciense. En sus escritos encontré el
camino de la imitación de Cristo, sobre todo porque a san Bernardo le gustaba
meditar los misterios que destacaban las cualidades humanas de Jesús, y la búsqueda
de la “soledad con el Padre”. Además, puso el amor en el centro de su
espiritualidad y una especial devoción por la Santísima Virgen. Una de sus
frases más conocidas es: “¡mira la
estrella, invoca a María! ¡Invoca a
María!”.
En esa
época, en el patio del Seminario Menor había una imagen de la Mater (Madre Tres
veces Admirable) en una casita de madera colgada del cedro, donde solía ir y
buscar la soledad con Ella.
Aprender a caminar con Dios: “Docibilitas” Pascual
(Padre Germán Brusa)
Comparto, para
responder a esta pregunta, una carta enviada a un cura amigo, siendo ya
sacerdote.
Hola Padre:
La última vez charlamos muchas cosas, pero no te dije
nada sobre lo que significó mi entrada al Seminario y como viví el tiempo de
formación.
Te voy adelantando que a pesar de que fue un tiempo
especial de gracia, sin embargo no fue un tiempo fácil. Especialmente el
primero y los últimos años.
Al final del año 2001, yo venía “a mil” con la
facultad y con otras actividades. Si bien conservaba la tranquilidad por haber
hecho un buen discernimiento, por otro lado aguantaba la presión de tener que
cerrar varias cosas antes de entrar al Seminario. Y resultó que así como venía,
a “toda máquina”, el 5 de marzo de 2002 entre al Seminario. Recuerdo que
terminé de tomar exámenes un viernes y al martes siguiente ingresé.
Ese año fue durísimo, especialmente porque los chicos
–que recién salían del secundario– y los más grandes –que veníamos de otras
experiencias humanas y laborales–, hacíamos el mismo camino. A los más grandes
nos trataban como gurises... Te enseñaban a comer, a vestirte, a atender el
teléfono, te obligaban a hacer deporte… Y estaba mal visto opinar: si hacías
alguna crítica al respecto te tildaban de revolucionario o desobediente.
Lógico que, a pesar de eso, nunca me quedé callado y
eso supieron reconocérmelo en los últimos años como un valor. Así dice uno de
los informes de mis superiores: “frontal pero con respeto”.
Hoy, un poco a la distancia, me admiro y agradezco al
Señor como nos enseñó a caminar en las dificultades. Aprendimos a reírnos y a
vivir con alegría esos acontecimientos. Recuerdo que inventábamos lemas,
proverbios y ayes. Uno muy difundido fue: “es triste estar lejos de tu mamá y
que un formador te agarre de hijo”. Esto sin contar las bromas pesadas que más
de una vez nos jugábamos. Agudizábamos el ingenio… si estabas convencido del
llamado había que encontrarle la vuelta.
Del segundo al cuarto año gocé de mucha consideración
por parte de los formadores. Fue la época en que me enviaron a hacer el
apostolado en la FI-UNER. También me permitieron y me alentaron para que haga
una Maestría en Educación en la FCE-UNER. Esto reactivaba mi espíritu
misionero, la búsqueda de caminos originales para introducir el Evangelio y la
capacidad de autocrítica. La verdad es que todos estos desafíos me reavivaban
mucho en fervor y en compromiso misionero.
Los últimos tres años fueron muy difíciles porque hubo
cambio de formadores, y con ello cambiaron muchas cosas... Claramente se quería
“cortar” con un estilo de formación muy academicista y poner el énfasis en otras
cosas. En este sentido, pasó a estar mal visto todo lo que se me había
permitido hacer. Se pensó que tanto el apostolado en la FI-UNER como la
Maestría eran solo “extravagancias” mías y se ignoró que detrás de todo eso
estaban las reflexiones y las decisiones de los formadores anteriores y del
mismo Obispo. Así empezaron los “tire y afloje” con algunos de los formadores.
Gracias a Dios tuve otros sacerdotes así como vos (tanto en el Seminario como
fuera de él) que me escucharon y sostuvieron en esos momentos.
Me fui atrasando con las materias del Seminario y en
consecuencia esto también retrasó la ordenación unos seis meses. Tuve no pocos
problemas de salud: astenia psicofísica, bloqueos emocionales, etc. por causa
de las presiones a las que estaba sometido.
Sin embargo, todo se fue normalizando en los últimos
meses y llegué bien tranquilo a la ordenación. Pude hacer los ejercicios de mes
antes de la ordenación diaconal. Eso fue genial. Luego, gracias a Dios también
las relaciones con los formadores terminaron bien. Creo que mutuamente nos
hemos ido comprendiendo.
Reconocí y reconozco no ser un tipo fácil. La Docibilitas, es
decir, la disposición libre a la acción del Espíritu Santo, no fue algo fácil y
automático en mí –supongo que en nadie se debe dar así–, sino que tuve que
aprender a ser dócil.
Sin duda, que de estos años de formación uno saca
muchas cosas. La formación me ayudó mucho... no puedo decir que haya salido
igual que como entré. ¡Gracias a Dios que hubo modificaciones! Si no, hubiera
sido una verdadera pérdida de tiempo.
El Señor me fue podando, moldeando, fraguando, etc.
Todo un trabajo artesanal y de ingeniería a pesar de la poca calidad de los
materiales. Aún falta mucho, pero algo es algo.
Estas son, en resumidas cuentas, algunas de las cosas
que pasaron durante estos diez últimos años. La próxima te contaré algo de lo
que actualmente estoy haciendo.
Desde ya seguimos comunicados y en oración el uno por
el otro. Bendiciones para vos y la comunidad.
Germán
Me conocías cuando me iba tejiendo en el seno de mi madre (Padre Leandro
Bonnin)
Algún tiempo después de ingresar al
Seminario Menor, me encontré con un matrimonio que paseaba con unos niños en el
parque. Al acercarnos, el hombre se presentó y dijo: “vengo a hacerle conocer a
mi esposa y a mis hijos el lugar donde pasé los años más felices de mi vida”.
Poco a poco fui comprendiendo que
esta experiencia no era casual ni insólita: era compartida por muchos más,
sacerdotes o laicos que luego abandonaron esa casa de formación llevando en sus
corazones profundas e imborrables huellas.
Yo puedo afirmar lo mismo: en el
Seminario he vivido los años más felices de mi vida. Años pletóricos de
alegría, de entusiasmo y de idealismo concretado en elecciones cotidianas.
Fueron nueve años donde pude percibir
la acción formadora de Dios Padre y la acción educativa de la Iglesia Madre,
que de muchas maneras procuraban plasmar en mi corazón de niño la imagen de
Cristo sacerdote. Fue también como estar en el seno materno de María, Nuestra
Señora del Cenáculo, y experimentar allí una profunda transformación
intelectual, espiritual, humana y pastoral.
Podría contar cientos de anécdotas.
Tengo recuerdos preciosos de casi todos los ámbitos: de las obras de teatro
durante el Seminario Menor –en una de las cuales actué como jefe del campo de
concentración de Auschwitz, donde murió san Maximiliano Kolbe–; las célebres
despedidas de diácono al finalizar el año –con una cuota de humor e ironía como
pocas veces he vuelto a vivir–; el canto coral durante la preparación de las
grandes celebraciones litúrgicas; los partidos de fútbol de la época de
exámenes, durante los cuales, además de descargar las tensiones propias de las
mesas, intercalábamos todo tipo de chistes con referencias filosóficas y
teológicas...
Pero quiero destacar un aspecto que
solo hoy, varios años después, puedo valorar adecuadamente: la transformación
obrada en mí por el estudio de la Teología. Hasta mi ingreso en el Seminario y
durante los primeros años, mi idea sobre la vida cristiana era aproximadamente
esta: seguir a Cristo es re difícil, pero es la única forma de ir al Cielo. Por
lo tanto, no queda otra, hay que “aguantarse” la parte fea pensando en la
eternidad. En cierto modo tenía la impresión de que yo “compraba” el Cielo con
mis sufrimientos. La alegría que vivía en el Seminario me parecía casi un
exceso, algo que tarde o temprano debía pasar para dar lugar a la cruz, única
forma de llegar al Paraíso.
Pero, en primer año de Teología,
coincidiendo con un momento muy importante en mi maduración humana, la re-flexión sobre algunos textos de la
escritura, de los padres de la Iglesia y del Concilio Vaticano II, causaron en
mí una auténtica “revolución copernicana”. Jesucristo comenzó a estar de un
modo nuevo verdaderamente en el centro de mi universo, a ser el centro absoluto.
De pronto comprendí que “todo
existe por Él y para Él”, y que “el misterio del Hombre solo se esclarece en el
misterio del Verbo Encarnado”, en Cristo. Descubrí que desde toda la eternidad,
el Plan del Padre consistía en que yo llegara a “reproducir la imagen del Hijo”
y que solo siguiendo al Hijo, solo imitándolo, solo viviendo de amor como Él,
podía comprenderme y realizarme.
Entendí con claridad que no había
oposición entre mi felicidad y la gloria de Dios; que ya en este mundo la
misericordia quiere regalarnos una plenitud real, aun siendo imperfecta. Me
convencí de que dando la vida, poniéndome a los pies de todos para lavárselos,
haciéndome Hostia por amor, como el Maestro, no solo no me “anulaba” ni me
“arruinaba”, sino que así, precisamente, me encontraría a mí mismo. Mi visión
del sacerdocio se hizo entonces más profunda, porque mi vida de creyente lo
fue.
Anunciar a Jesucristo no era, de
ninguna manera, llevar un mensaje pesado o una serie de engorrosos
mandamientos, o de heroicas prácticas que hacían onerosa la vida, con la
promesa de un más allá feliz. ¡No!
Anunciar a Cristo a los hombres era “liberar a los cautivos”, porque era
revelar a los demás su Verdad, y solo “la Verdad nos hace libres”. Una libertad
que era real también en el más acá.
Mi Madre, la Iglesia, era quien me
ofrecía esta metamorfosis intelectual
y espiritual, a través de nuestros profesores y formadores, pero también de los
compañeros. Dialogábamos y discutíamos de estas cosas no solo en clase, también
en los recreos, las comidas, el trabajo o las caminatas por el camino de
ingreso. Ese compartir la fe y la búsqueda de la Verdad me apasionaba; nos iba
puliendo y ponía a prueba la solidez de nuestra adhesión a Él.
Dios nos conocía y guiaba nuestros
corazones hacia la madurez en Cristo. Nos iba tejiendo en el seno de nuestra
Madre.



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