Alegría

¿Qué es lo que te hace más feliz  de tu vida sacerdotal?


Felicidad del sacerdote: descubrirse discípulo del Señor en sintonía con su Palabra (Padre Germán Brusa)
Una de las cosas que me hace más feliz de ser sacerdote es el acompañamiento espiritual. Siempre me lo he tomado con mucha seriedad y también lo he disfrutado mucho. La dirección espiritual me ha salvado muchas veces de caer en el mero funcionalismo sacerdotal ya que toca todos los aspectos de mi persona: humano, espiritual, intelectual, psicológico, afectivo, familiar, social, sacramental, pastoral, moral, etc.
Disfruto mucho el caminar con otros, el aprender de otros y sorprenderme frente a lo que el otro suscita en mí… la dirección espiritual es mi verdadera peregrinación personal, al mejor estilo de los Discípulos de Emaús y los Relatos del peregrino ruso.
Como en mi experiencia personal ha sido y sigue siendo clave tener a otros que me ayuden a discernir, del mismo modo propongo ese camino a todos los que de algún modo quieren seguir a Jesús. Sin duda que la dirección espiritual no es el único modo de profundizar la vida espiritual, pero doy fe que a mí y a muchos otros le ha resultado.
Adjunto a continuación el testimonio de alguien que acompaño espiritualmente y que recientemente ha hecho ejercicios espirituales ignacianos:
“Estos días le pedí al Señor que me diera la gracia de un corazón abierto, sin estructura y sin intervención de mi egoísmo para poder escucharlo. Dios escuchó mi petición y pude experimentar esa extraña sensación de contar con el corazón dispuesto (es algo muy raro, que nunca antes había experimentado. Sé con certeza que lo que siento es la apertura del corazón, porque mi guía espiritual me lo afirmó). Esta apertura me permitió y me permite reconocer mi historia abrazada por Él y sentirme hija amada. La apertura del corazón, sumada a los videos de esta semana me permitieron descubrir que la angustia, la soledad, la insatisfacción y la inquietud que experimenté durante mi vida, fue por intentar llenar mi deseo de infinito con infinitas cosas finitas, que solo se llenaría cuando experimentara la corriente de amar y de sentirme amada. Ahora que experimenté el Amor, comprendo la importancia del silencio y la oración de cada día (el silencio es un trabajo que requiere de constancia, y esta constancia solo se puede lograr con la ayuda de Dios), para encontrar a Dios y ajustándome a Él, hallar equilibrio, orden, estabilidad emocional y paz, para así poder transmitir y acercar a las personas la alegría, la paz y el amor de Dios, silencioso e invisible”.
Este testimonio, como el de muchos otros, me hace muy feliz. Descubrirme como instrumento de Dios para el crecimiento espiritual de otros me llena enormemente el corazón. Me descubro como sacramento haciendo presente a Cristo en el camino de otros. También me hace muy feliz el descubrir a Jesús que me habla a través de otros
Una vez vino un matrimonio a hablar conmigo. En realidad el que andaba muy mal era el hombre y la mujer lo acompañaba. Carlos tenía muchos problemas de salud que le impedían hacer una vida normal. Incluso había tenido que pedir licencia en el trabajo. Lo que más le preocupaba era su diabetes y el deterioro que esta le estaba produciendo.
–Padre, yo ando mal... ¡muy mal! –me decía llorando–. No sé qué me pasa... tengo tantos problemas... soy una carga para mi familia.
Mientras él sollozaba a su esposa se le caían las lágrimas. Yo no sabía qué decir, ni cómo manejar la situación. Simplemente me limitaba a decir interiormente “ven Espíritu Santo…”.
En un momento se calmó y me miró fijamente. Tenía los ojos rojos y brillosos. Quizás hacía días que venía así. Y luego me dijo estas palabras que quedaron grabadas en mi corazón:
–Me aconsejaron que fuera a un psicólogo pero no quiero... Yo no soy de venir a Misa, ni a la Iglesia, pero tengo fe. Y antes de ir a contar mi problema a un psicólogo, prefiero venir a hablar con un cura para que me dé una palabra de aliento.
En ese momento quedé perplejo, seguí en silencio…
Luego de un buen rato empezamos a hablar de la familia, el barrio y tantas otras cosas que lo hicieron cambiar el semblante.
A mí también me hizo cambiar el semblante y de repente las ganas de huir de esa situación se me fueron. Descubrí que el Señor me había visitado en ese momento y luego, durante varios días, me venía a la mente la palabra de Isaías: “El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, Él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo. El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás...” (Is 50, 4-5).
Ese hombre sabía mejor que yo lo que buscaba. Buscaba una Palabra de aliento. No sé si alguna vez habrá escuchado o prestado atención a este pasaje de Isaías, pero lo cierto es que la fe, la poca o mucha fe que este hombre tenía le había dado una certeza indescriptible; la certeza de que iba a encontrar una palabra de aliento en un sacerdote.
Esas son las cosas que hacen feliz a un sacerdote: descubrirse discípulo del Señor en sintonía con su Palabra. Vivir aferrado a una única certeza: el Señor me eligió para que lleve su Palabra de aliento a los que sufren. Me eligió para que lo haga presente en medio de aquellos que están afligidos y agobiados, para que en Él encuentren alivio (cf. Mt. 11, 28).


 “Alégrense siempre en el Señor” ( Flp. 4,4) (Padre Sergio Hayy)
Si me preguntasen “¿Cuál es la fuente de la alegría de mi sacerdocio?”, yo diría que es la misma vida, mi existencia, mi ser profundo. Pero mi vida vivida como vocación, es decir, como respuesta a un llamado a vivir en relación, en comunión con Dios revelado en Cristo, con la creación, conmigo mismo y con los demás.
Cuando tomé conciencia del llamado a la vida y que el mismo fue hecho desde la Primacía del Amor Divino que elige inmerecidamente, comprendí que la alegría es posible, y que cada instante es para ser vivido, lanzado decididamente a realizarla. En esto reside la fuente de mi alegría.
El padre José Kentenich decía “sacerdotes amargados son personas peligrosas”. Hoy más que nunca, el sacerdocio tiene que irradiar un vivo destello de la alegría en el Señor, y esto aspiro para mí. Me viene a la memoria el Magníficat de María. Ella en su cántico menciona claramente Quién es su gozo, dónde reside la fuente de su alegría: “mi espíritu se estremece de gozo en el Señor”.
El gozo de la Santísima Virgen es Jesús, su Hijo, su Señor. Cristo es su ideal personal, su razón de vivir y por este motivo la alegría tiene mucho que ver con la Vida en el Espíritu. Sé que cuanto más profunda sea mi relación con Cristo, más firme será en mí la auténtica alegría, la que nadie me podrá quitar.
La fuerza de la alegría procede también de la búsqueda serena pero pronta de vivir en santidad. La posibilidad de felicidad consiste en tener abierta la puerta hacia la santidad y santidad sacerdotal.
La alegría es una vivencia cotidiana, desde que uno se levanta y ora a Dios, disponiéndose para que Él muestre el servicio a los hermanos. Ahí comienza la aventura de la vida como alegría. Para mí este momento es fundamental: consiste en abrir la ventana de la vida para que entre el “aire fresco” de la vida de Dios. Ese aire despierta la alegría de que Él está presente en mí y me espera en los demás.
Como el Señor está presente en mi prójimo, la alegría brota también en el trato con todas las personas; desde los más cercanos a la vida parroquial hasta los más alejados, los que caminan en las periferias existenciales, allí también es posible la alegría. Sin embargo, como lo indica el Evangelio no hay mayor alegría que poder ir hacia la oveja perdida y experimentar el encuentro con ella.
La alegría la vivo cuando puedo dar una palabra justa en el momento oportuno, que consuela y anima al hermano. La vivo cuando soy testigo del paso liberador del Señor en los oprimidos, por un gesto que alivia y aligera la carga al prójimo. ¡Hay tanta fecundidad en el ministerio realizándolo con alegría! Qué hermoso es ver la comunidad que crece, y cómo nuevos hermanos se incorporan a la vida de la Iglesia. Difundiendo la alegría en los demás, veo que también crece la alegría en mí.
Una hermosa posibilidad de vivir la alegría es cuando finalizo la Santa Misa dominical y salgo a saludar a los fieles. Me produce un gran gozo el abrazo tierno y puro de los niños, el gesto humilde de los adultos mayores que te saludan con el mismo amor de un padre o una madre; ciertas veces, como verdaderos abuelos, han puesto en mis manos golosinas de todas las clases posibles.
También es un gran gozo saludar a las parejas de novios que insinúan su deseo de matrimonio, y a los jóvenes que generalmente se ubican al final de los templos; a ellos los busco especialmente al salir, para saludarlos y transmitirles la alegría de vivir cristianamente.
La alegría se despierta siempre que me lanzo a recorrer las calles de la pequeña ciudad donde soy párroco; a cada paso un saludo cordial y una sonrisa que es caricia cierta para el alma. ¡Cuanta fuerza irradia el don de la alegría!
Cierta vez, surgió la necesidad de abrir un grupo de catequesis especial en la parroquia. Se formó el equipo de catequistas y así empezó el camino de este grupo, que atrajo a varios hermanos permitiéndoles hacer un verdadero “camino fraterno en la fe”. Ir a estos encuentros fue siempre una fuente de alegría. Por eso quiero testimoniar que las personas que llamamos comúnmente discapacitados, han sido para mí una inequívoca fuente de alegría.
Otro de los momentos donde experimento la alegría es en el rezo del Rosario, por los senderos de la plaza del pueblo, al atardecer, antes de la Misa. Contemplando los misterios del Señor, de la mano de María, y dejando que el paisaje entre en el corazón, disfruto los rayos del sol que suavemente vienen a poner luz en el camino. Siento que la alegría no es un hecho del pasado o del futuro, sino que es aquí y ahora. En cada instante tengo la posibilidad de vivir la alegría estable y duradera.
También las fiestas de la Parroquia –la fiesta Patronal, la Navidad, la Pascua, los cumpleaños, las despedidas, las reuniones de la Comunidad Parroquial– son ámbitos de gran alegría. Expresan el encuentro que supera toda discordia y división, el encuentro como hermanos en el amor y, donde hay amor, hay paz y alegría.
Ciertamente, a veces experimento la desilusión, la amargura, la tristeza, el miedo, la desesperación... Entonces me digo: “yo no me he llamado a mí mismo, soy de Dios y puesto por Dios en la Iglesia. Tú Señor eres mi alegría”. De este modo comienzo la lucha para recuperar la alegría que por límites propios y otras veces de los demás, dejé escapar. ¡Cuántas veces perdemos la alegría por no vivir en la confianza, por no ceder en lo propio, por no ejercitar la paciencia hacia el prójimo! La alegría hay que protegerla, hay que cuidarla, porque fácilmente se nos puede escapar.
Hay padecimientos que Dios permite. A veces tenemos que ser “sacudidos” para aprender a vivir la alegría espiritual e interior solo desde el Señor y en Él. San Pablo a los cristianos de Filipos les decía “no se angustien por nada, recurran a la oración y a la súplica” ( Flp. 4,6). Así la Palabra de Dios nos invita a la perfecta alegría, la que no pasa, la que permanece en el que permanece en el Señor, la alegría que hay que buscar en la oración, en la meditación, donde el Señor regala su presencia liberadora y sanadora.


Las alegrías del sacerdote (Padre Leandro Bonnin)
Los niños siempre dicen la verdad...
En los niños el Señor siempre ha regalado una renovada alegría a mi vida sacerdotal…
Pensé que mi retiro anual de 2008 había terminado el viernes al mediodía, después de compartir unas espléndidas jornadas en Stella Maris. Las reflexiones de Mons. Ángel Rovai, la lectura en la comida de unas preciosas homilías de Cantalamessa, los momentos de oración silenciosa... todo fue de Dios.
Pero Jesús me tenía preparada la “última charla” del retiro. Me la dio el lunes siguiente, a través de dos niños de salita de cuatro años; parte por la mañana y parte por la siesta. Estábamos sentados junto al sagrario de la parroquia –ellos en el suelo, yo en un reclinatorio– y había bajado la imagen del Jesús Misericordioso. Yo intentaba explicarles el significado de los rayos, y cómo teníamos que confiar en Jesús; y no sé cómo ni por qué uno de los chiquitos –creo que era Leandro, mi pequeño tocayo– me dijo, señalando la imagen: “Jesús es más grande que vos”.
Jesús es más grande... ¡Cuánto nos cuesta confiar en Él y abandonarnos en su Providencia! Cuantas veces nosotros, los sacerdotes, nos olvidamos de eso... Cuantas veces olvido que Él es el grande, que Él hace la obra, que somos “siervos inútiles”, totalmente prescindibles. Que la pastoral y el futuro de la Iglesia no están en mis manos, sino en las Suyas... Que, como tantas veces he rezado, “es necesario que él crezca y que yo disminuya”. ¡Qué verdad tan maravillosa, que certeza tan consoladora! ¡Cuántas veces mi orgullo y falta de fe me impiden descansar en esa certidumbre!
Pero faltaba más, el “retiro” aún no terminaba. Por la tarde, apenas levantado de la siesta para esperar a los chicos del turno tarde, Candela me recibió con estas palabras: “¡Hola Jesús!”.
Y en esas palabras se me revelaba, a pesar de mis incapacidades y miserias, mi ser más profundo y mi misión. Ese es el misterio de nuestra frágil humanidad, revestida y “transustanciada” en el ser del Hijo de Dios hecho hombre. Como aprendimos en el Seminario, el sacramento nos cambió ontológicamente, nos cristificó. ¡Con qué frecuencia vivimos lejos de esa verdad luminosa! ¡Que “grande” nos queda! Y sin embargo, ¡cómo no alegrarnos a la vez por esa arcana predilección del Señor! ¡El sacerdote es Jesús!
Jesús: si alguna vez olvidara para qué vivo, para qué fui ordenado sacerdote, mandame a Leandro y a Candela, que me lo recuerden: Vos, que sos siempre el “más grande” me has tomado, me has bendecido, y partiéndome me has dado: soy Jesús, debo ser Jesús.

Los voy a cuidar desde el Cielo
A principios de enero de 2008, antes de irme a misionar con los jóvenes de la parroquia, estuve en la casa de Claudia y Gustavo. Hacia el final de la agradable cena –amenizada por el videojuego de los Transformers que Joel, su hijo de cuatro años, manejaba con una pericia admirable– Claudia me comentó, tímidamente, que tenía a su abuelo enfermo. Que hacía un tiempo que estaba mal, que a veces se perdía y que temían que se fuera en cualquier momento. Me pidió si podía ir a verlo, advirtiéndome que, cuando estaba bien, “no quería mucho a los padres” –léase, a los curas–; que solía hablar mal de ellos y para colmo de males, hacía mucho, mucho que no iba a la Iglesia. Me recomendó que fuera a hacerle “una visita” casual, como que pasaba por ahí, no fuera que se diera cuenta de que estaba enfermo.
Acostumbrado a estas situaciones –me han hecho decenas de veces recomendaciones por el estilo– un par de días más tarde caí a lo de don Hipólito. Me atendió su hija y su señora, ambas muy agradecidas y a la vez con el mismo temor. La esposa me presentó a Hipólito de la forma más disimulada posible: “es un amigo de Joel que te viene a visitar”. Hipólito estaba acostado, tranquilo. “Soy el padre Leandro”, saludé. “Le vengo a dar una bendición”. Don Hipólito me miraba entre asombrado y alegre. Les pedí que nos dejaran solos. “Ahora le vamos a pedir perdón a Dios por todos los pecados de la vida, y después le voy a dar la Santa Unción, para que Jesús esté cerca de usted en este momento difícil”. Todo transcurrió con una fluidez asombrosa, “divina”: la gracia estaba actuando de manera invisible, pero eficiente, real. Don Hipólito sacó una frase del baúl de sus recuerdos, como suelen hacer los ancianos: “cuando yo era chico siempre iba a Misa, y era monaguillo...”.
Confesé y animé también a su señora, que ya sabía de la proximidad de la muerte de su compañero y la aceptaba, pero que necesitaba la fortaleza del Señor.
Un par de semanas después, me llaman nuevamente. Hipólito había llamado a todos sus hijos para despedirse. Pasé entonces por su casa cuando pude. Cuando le pregunté cómo estaba me dijo: “estoy contento, muy contento”. Le pregunté si se acordaba de mí, y de la otra vez que lo había visitado. Su respuesta me emocionó: “sí, Padre, fue maravilloso”.
Así transcurrieron sus últimos días. Claudia, su nieta, me contaba sorprendida que en los días posteriores a la Santa Unción había hablado con cada uno como nunca antes, dándoles consejos inéditos en él. “A mí me dijo que fuera todos los domingos a Misa”. Y a su esposa le decía que él “iba a estar bien, que no se preocupara por nada, que él desde el Cielo la iba a cuidar...”. La gracia de la Unción y de la Comunión que estaba recibiendo había obrado una verdadera transformación en su corazón.
Hipólito falleció unos días después, con la certeza de haber experimentado la misericordia del Señor. Dejó a su familia en paz, con la paz de haberlo cuidado hasta el final, y con la profunda serenidad de saber que había recibido los sacramentos de la fe cristiana. Dejó a su familia más cerca de Dios. Y dejó a un sacerdote con una inmensa alegría en el corazón.

¡Benditos niños!
Me costó levantarme de la siesta… fueron unos minutos de vacilación, ya que venía de dos días de terminar tarde con reuniones y demás. Después de que lo logré, y de un rápido baño, me encaminé a la Escuela. La temperatura era mucho más agradable que esa mañana.
Iba sin un plan demasiado preciso, pero no era necesario: en el día del Patrono de los sacerdotes –era el día del Cura de Ars–, Dios ya tenía un plan…
Llegué justo en el recreo, a las 15:10 horas. Siempre hay una docena de chicos frente a la capilla y algún otro dentro, a veces rezando, otras… explorando el lugar. Primero, la rutina de siempre –hermosa rutina– de saludar a unos cuantos.
Pero este 4 de agosto había algo diferente preparado por Jesús. Una de las alumnas me dijo: “¿querés rezar con nosotros?”. ¿Cómo negarme? Ella y varias más –y hasta algunos varoncitos– me llevaron adelante. Cantamos la canción a la Virgen de Lourdes y rezamos un Avemaría. Para ese momento éramos como veinte. Me paré para darle un beso a la imagen y entonces una de las chicas –una petaca de 1,10 metros como mucho– me miró y me dijo: ¿“Padre, me bendecís”?
Con el pulgar le hice la señal de la cruz en la frente, diciendo: “Que te bendiga el Señor Dios, Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo…”. Los demás miraban atentos, hasta que la segunda se animó: “a mí también”. Y luego, una tercera y la cuarta, y el quinto… Y escuché a algunos que salían al patio gritando: “¡el Padre está bendiciendo!”.
En total, fueron como 10 minutos de bendiciones, unos 70 u 80 chicos, tal vez. Hasta se organizaron entre ellos en dos filas: las mujeres y los varones, ordenadamente y en silencio. Fue el recreo más tranquilo de los últimos meses.
10 minutos de bendiciones; más para quien supuestamente la daba, que para quienes –inocentemente y con alegría– la recibían. ¡Benditos niños!

En San Nicolás no se puede rezar...
Desde hacía un par de semanas venía pensando en peregrinar al Santuario donde la Virgen del Rosario derrama misericordia para toda la Argentina.
Preparé el auto –gomas, agua, aceite; solo olvidé lavarlo...–, busqué compañeros de ruta, y listo. Partimos con un frío realmente polar, el 9 de julio, a las 6:10. Todo estaba preparado para que fuera un día de intimidad con María, de renovación de alianzas y propósitos. Me puse la sotana nueva porque era día de fiesta espiritual.
Alrededor de las 10 divisamos la cúpula que año tras año cobija a millones –sí, millones– de peregrinos. Y a las 10:10 ingresamos al Santuario. ¡María estaba coronada! Su hermosa diadema era un símbolo del amor de sus hijos de Argentina.
Me puse bien cerquita de la imagen, recé hora intermedia y el oficio de lectura; y cuando quería disponerme a hacer mi oración mental...
Padre, ¿me puede bendecir estas medallas?
Sí, como no, ¿de dónde vienen?
De San Miguel, provincia de Buenos Aires...
Tracé la señal de la cruz pidiendo bendiciones para objetos y personas. Me disponía a volver a rezar, pero ya era tarde... Uno tras otro, solos o en grupo, familias con niños –y hasta con un gato en la campera– comenzaron a pedirme su bendición. En un momento se formó una larga fila, y me dio mucha gracia cuando uno de los solicitantes me comentó: “Padre, me dijeron que usted es sanador… ¿puede darme la bendición?”.
Así, con alguna confesión incluida, llegamos a la Santa Misa con la emoción de ver el templo con muchos fieles, con la alegría infantil de celebrar con ornamentos celestes, siempre sintiendo la presencia de la Madre. Y luego nuevamente: bendiciones de medallas, rosarios, llaves de autos y casas, niños en brazos, familias completas. De Ballester, de Rosario, de Río Cuarto, de Belgrano... Dentro del Templo y fuera de él, en la santería, en el atrio del Santuario, en la calle antes de subir al auto...
En el camino de regreso sentía y renovaba interiormente mi fe en el misterio del Sacerdocio. ¿Qué otra explicación puede tener esa avalancha de fieles en torno a alguien a quien nunca han visto, sino la fe, todavía arraigada en el sacerdote, en el poder sagrado del sacerdocio cristiano?

La suave fragancia de Cristo
Cada año, al acercarse la fecha del aniversario de mi ordenación, reaparecen un montón de imágenes, de sonidos y de olores. Un año, cerca de esa fecha, tuve que realizar las confirmaciones en una Capilla porque el sacerdote designado se enfermó.
Me encanta, en cada sacramento, realzar los signos lo más posible –dentro de la sobriedad–, y entonces traté de ponerle la mayor cantidad de crisma a cada pequeñín al trazar la señal de la cruz en su frente.
Claro, al finalizar, tenía la mano ¡totalmente empapada en crisma! Casi como el día en que Monseñor Mario, también poniendo crisma en abundancia, consagró nuestras manos para que sean las de Cristo. Pero bueno, me las tenía que lavar para no correr el riesgo de inutilizar –aún más– el ritual, ya bastante cargado con óleo de los enfermos. Me sequé bien las manos con el manutergio generoso que había en la credencia y seguí.
Pues bien, al día siguiente fui a celebrar la Eucaristía a esa capilla y después de la presentación de los dones, me voy a lavar las manos; al secarlas, ¡era el mismo manutergio del día anterior! Que esparcía por todas partes la fragancia del crisma, y que dejó mis manos así también.
Durante la consagración, al inclinarme un poco, podía ver bien de cerca el signo del Pan, y simultáneamente percibir con mucha intensidad la Unción. Mis manos tomaron ese día ante mis ojos nuevamente un profundísimo significado, que no siempre me es fácil recordar. La palia, el purificador, creo que hasta el mismo cáliz, quedaron como “impregnados” de ese suave aroma, como significando que allí, sobre el altar, había vuelto a descender la nube del Espíritu.
Yo sé que el papa Francisco pidió que los sacerdotes tengamos “olor a ovejas”. Pero yo completaría la simbólica descripción diciendo que también es bueno que nuestras manos no pierdan nunca el olor a crisma... que nunca dejen de esparcir la suave fragancia de Cristo... y que no dejen de impregnar todo con la presencia saturante del Espíritu.

Llegaron ya los reyes y eran cien…
El trabajo pastoral con los jóvenes implica muchas actividades distintas: confesiones, clases, charlas formativas, momentos de recreación, partidos de fútbol, misiones, campamentos, peregrinaciones, encuentros… Suele requerir de parte del sacerdote mucha apertura, disponibilidad y estar preparados para todo. Los jóvenes son siempre un motivo para “desinstalarnos” de nuestras comodidades.
En este sentido, las misiones de verano han sido siempre para mí momentos de mucha intensidad apostólica y espiritual. En ellas fue madurando mi vocación y en ellas pude concretar muchas veces mi anhelo de servir a los jóvenes.
Preparando una misión de verano, había convocado un 5 de enero a los chicos para clasificar juguetes en la parroquia. La idea era separarlos por sexo y por edad, y al día siguiente, con dos o tres varones, iríamos a un barrio carenciado para repartirlos.
Unos 20 respondieron al llamado. Hacía mucho calor, por lo cual sacamos unos tablones al patio, y mientras escuchábamos música y tomábamos tererés, fuimos armando las bolsas. Nos divertimos mucho recordando la infancia –más cercana la de unos, más lejana la de otros– a medida que mirábamos los juguetes.
De a poco se fue modificando la idea original. Recordamos que teníamos todavía a mano la vestimenta de los Reyes Magos del reciente pesebre viviente, e inmediatamente aparecieron tres voluntarios para disfrazarse. “¿Y por qué no vamos ahora a la noche a llevar los juguetes?”. La idea era genial. El barrio era peligroso, pero yendo con “el cura”, no iba a haber problemas.
“¿Y por qué van a ir sólo los varones? Yo también quiero ir…”. El grupo se fue agrandando de a poco, a medida que el calor aumentaba y la tormenta se hacía inminente. Unos 16 jóvenes estaban preparados para ir a repartir juguetes. El problema era que solo teníamos dos autos y una moto. En la moto podían ir tres. En el otro auto seis; quedaban ocho chicos. De alguna manera teníamos que ir, ninguno se lo quería perder. Mi pobre Volkswagen 1500 estaba habituado a que se aprovechen de su generosidad, así que subimos los ocho en el auto: seis adentro y dos… ¡arriba del techo! Uno de ellos, con corona y todo, era Baltasar.
Así fuimos, lentamente hacia el barrio, cada vez con la tormenta más “arriba” de nosotros. Una rara comitiva, venida de Oriente, guiada no por la luminosa Estrella sino por el impulso misionero y una pizca de inconsciencia. Los Reyes Magos llegaron no en dromedarios sino en dos autos –de los cuales no terminaba nunca de salir gente– y una moto.
Si eran varios los Reyes Magos que descendían de sus camellos, muchos más eran los destinatarios de su visita. De todas las casas comenzaron a salir decenas y decenas de niños, de todas las edades, ansiosos y entusiasmados.
El reparto de juguetes no fue fácil y sucedió lo que esperábamos: comenzó a soplar un fortísimo viento, que llenaba nuestros ojos de arena y tierra. Rápidamente volvimos a los “camellos” y emprendimos el regreso, ya con una torrencial lluvia cayendo sobre nosotros, y empapando a Baltasar que, sobre el techo del 1500, seguía desafiando la tormenta.
La Vigilia de la Epifanía terminó con el grupo empapado, compartiendo unas pizzas y con el corazón rebosante de alegría. Y pensando que si el Señor hace locuras de Amor por nosotros, ¿cómo no vamos a hacer locuras por Él?

Me estaba esperando
Hacía unos meses que me había ordenado. Comenzaba mi ministerio en Paraná, y me tocó el Servicio sacerdotal de Urgencias. Así que con Ramón, uno de los guardias, salimos para el Hospital Militar.
La señora formaba parte de una tradicional familia católica de Paraná. Cuando entramos en Terapia, nos dijo la enfermera que hacía varios días que estaba inconsciente. Nos acercamos a su cama, saqué el ritual, la estola, los óleos y el agua bendita del maletincito, y me dispuse a celebrar la Unción. Siempre con la idea de que ella estaba inconsciente.
Cuando luego del saludo, la rocié con el agua bendita, de pronto abrió los ojos. Me miraba fijamente. Había retornado a la consciencia luego de varios días. Su mirada me decía dos cosas claramente: “Gracias. Te estaba esperando”.
Me acerqué más a ella, y empecé a hablarle más detenidamente. La invité a pedir perdón por todos los pecados de su vida, para recibir la absolución. Con sus ojos y sus párpados, y un leve movimiento de labios, ella asentía.
Recé el pésame en voz alta. Ella mantenía los ojos bien abiertos: yo tenía la seguridad de que, en todo, me seguía. Pronuncié la fórmula de la absolución. En el preciso momento en que dije “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…”, volvió a cerrar los ojos; esta vez, para siempre. Continué con el rito, le di la indulgencia plenaria y luego nos fuimos. Al otro día temprano, supe que había partido al encuentro del Padre Celestial.
Me había estado esperando. Había estado esperando el perdón y la Unción. La sola certeza de haber ayudado a esta alma a llegar al Cielo es suficiente para dar sentido a mi sacerdocio.

Nosotros lo respetamos mucho Padre
Cuando uno es muy joven comete muchas imprudencias. Yo las hice, claro, y creo que Dios las permitió porque de todas aprendí algo.
Estábamos construyendo un salón, y teníamos que techarlo. Era muchísimo material el que debíamos descargar en el lugar, porque no había ningún depósito cerca. Era material caro y ya nos habían robado varias veces. Así que decidí ir a dormir al lugar. “No me va a pasar nada”, pensé. Tres o cuatro personas intentaron disuadirme, hasta que se convencieron de que era gastar “pólvora en chimango”; mi testarudez era indoblegable.
Armé la carpa, equipado solo con mi celular todoterreno. Recé el breviario con su linternita, y me dispuse a dormir. A los pocos minutos, tres siluetas se dibujaron en la ventana del salón. “Cómo anda Padre”. “Bien…”. “Venimos a charlar con usted, Padre. ¿No tiene nada para comer?”.
Así comenzaron a acercarse, intentando disimular al principio sus intenciones. Hasta que se pusieron en la puerta de mi carpa iglú, y me dijeron, mostrándome un cuchillo Tramontina: “nosotros lo respetamos mucho Padre, pero denos su celular”. No sabía si era una broma o era de verdad.
Lo cierto es que luego de intentar convencerlos de lo injusto de su robo, de lo mal que estaban haciendo, y de que yo nunca les había hecho nada malo… les di el celular. Apenado no tanto por el valor material del mismo, cuanto por los valiosos contactos que perdía.
Por eso, en un último intento de conmoverlos, les dije: “por lo menos dejame el chip, así no pierdo los contactos”. Siguieron alejándose. Estuve un rato en silencio, viendo cómo irme de nuevo a la parroquia antes de que vinieran a robarme el auto, hasta que sentí pasos de nuevo. “Padre, acá tiene el chip”, dijo el líder de la improvisada banda mientras dejaba el diminuto componente en la ventana. “Y no se le ocurra llamar a la cana”.
¡Era verdad! Me robaron porque la droga los enajenaba. Pero en el fondo, algo me respetaban.


“No, no te puedo dar la bendición”
La percepción del misterio del sacerdocio y su eficacia trascienden los límites de la Iglesia católica. Tuve oportunidad de comprobarlo hace unos meses.
  
Yo había celebrado la Misa del sábado por la tarde como otras tantas. Me había llamado la atención un grupo de personas que estaban sentadas en el primer banco, con visibles señales de haber perdido un familiar y venir a rezar por él.
Cuando, terminada la celebración, salgo al atrio a saludar, ellos se acercan, acompañados por una persona que sí frecuentaba esa Misa. Ella me dijo: “padre, ¿les puede dar una bendición? Porque acaban de perder un hermano.”
Me disponía a hacerlo, cuando una señora con un niño en brazos me apartó del grupo. Casi susurrando, extendió su brazo, y manteniendo el puño cerrado, me preguntó: “Padre, ¿me puede bendecir esto?”. Antes de bendecir, tengo que saber qué es, pensé, no vaya a ser una medallita del Gauchito Gil o de San La Muerte.
“A ver qué es”, le dije. Y cuando abrió la mano, me mostró ¡una bala!. “¿Por qué querés que te la bendiga?” le pregunté. Ella musitó algo del hermano que les habían matado, y entrecortado dijo algo sobre un pacto…
Yo pensé en ese momento: debe ser la bala con la que mataron al hermano. Y alguien les debe haber dicho que para que no les pase nada a ellos deben bendecirla. Conclusión: le dije que no, que no podía bendecirla, que si ella quería me la podía dar y yo la cuidaba en la parroquia, y que ya no se tenía que preocupar más por el proyectil. Ella guardó la bala y regresó al grupo.

Les dí la bendición, terminé de saludar a la gente, ingresé a la capilla, y había dos o tres personas esperándome para confesarse o consultarme cosas.
Entré al confesionario, y luego de acabar la primera confesión, ingresó un joven, con remera negra y mirada intranquila. Me saludó y su presentación fue: “yo no le voy a mentir, padre, yo soy cumbandero”. Yo sabía que se había extendido bastante el umbandismo en la ciudad, pero nunca me había encontrado cara a cara con alguien que lo practicara. Sabía que era una expresión religiosa muy oscura, relacionada con los excesos y con la muerte, pero no pensaba que era para tanto, hasta que el joven me dijo: “Nosotros queríamos pedirle que bendijera la bala, porque el otro día mataron a nuestro hermano. El tipo que lo mató a mi hermano tiene un pacto con el demonio, y nuestro pai nos dijo que la única forma de matarlo es con una bala bendecida por un cura
Yo intentaba disimular y seguir el diálogo con serenidad, pero por dentro estaba indignado. ¡El pai  umbanda apoyaba los propósitos homicidas de esta familia!.
Pero lo que más me impresionaba era su creencia en que sólo una bala bendecida por un cura –que esta vez era yo- podía matar a alguien en pacto con Satanás.
Le expliqué, con serenidad pero con firmeza, que yo no podía bendecir algo que iba a ser un medio para la muerte. Que debían procurar que este sujeto sea llevado preso, pero no podían hacer justicia por mano propia. Que Jesús nos invitaba al perdón, que la violencia trae más violencia, que nada lo haría recuperar a su hermano. El joven insistía en que la única forma de hacer que este hombre no hiciera más daño era matarlo, porque era responsable de muchos crímenes y violaciones, pero el Demonio lo protegía…

Sin haber logrado su cometido, el joven se marchó. Intenté hablarle al corazón, le dije que Jesús lo esperaba siempre, que tenía que confiar en Él, pero era difícil. El dolor y el odio, mezclados con sus convicciones religiosas, le impedían ver.
Más allá de las evidentes desviaciones en sus creencias, ese joven, sin proponérselo, me ayudó a tomar nuevamente conciencia del poder del sacerdote. Del valor de sus manos ungidas, y la eficacia de bendición, reconocida incluso oscuramente por quienes no aceptan la fe de la Iglesia.


Navidad embarrada
En Argentina solemos utilizar la expresión: “la embarraste” cuando alguien arruina algo.
Pero para mí, la Navidad embarrada fue la mejor de todas. Estuvo marcada por un suceso triste, y por una experiencia muy fuerte del amor.

Aquél año estábamos trabajando duro con un grupo de personas en un barrio marginal, de pésima fama en todo Paraná. Su nombre era sinónimo de pobreza, drogas y violencia. Incluso algunos laicos comprometidos, viendo nuestros infructuosos esfuerzos, nos miraban compasivos, y nos comentaban: “no vale la pena tanto trabajo… esa gente no va a cambiar”
Sin embargo, sabíamos que los pequeños pasos que pudiéramos dar, orientándolos a una vida más digna y al encuentro con Jesús, eran valiosos en sí mismos. No importaba que los frutos no abundaran: la Fe y el Amor –no los resultados visibles- nos impulsaban a seguir.
Realizamos ese año diferentes actividades: talleres, apoyo escolar, visitas frecuentes a las casas, catequesis, escuelas de deportes… Había varias situaciones de extrema pobreza material, y muchas más de indigencia afectiva y espiritual.
Particularmente me “tocaba” la situación de una familia muy numerosa, que vivía en uno de esos ranchitos donde llueve “más adentro que afuera”, y donde cualquier rincón basurero. Eran 11 hermanitos -la mayor, 15 años-, que solían estar casi siempre en la calle. Marginados de tantos lugares, solían reaccionar con conductas que hacían difícil su cuidado y atención. Pero aceptamos el desafío, y decidimos no claudicar, extremando hasta el límite la paciencia y la comprensión.

En la tarde del 22 de diciembre, una catequista del barrio me avisó, con un mensaje de texto: “falleció la mamá de los chicos. la velan en el salón del barrio”.
Los velorios en situaciones así son difíciles, por varios motivos. Difíciles porque el dolor es muy grande, incluso para criaturas que casi no saben llorar, hechos duros por las situaciones extremas que han vivido desde pequeños. Difíciles además porque en las barriadas así las “salas velatorias” no son los salones impecables con aire acondicionado a los que solemos ir. En medio de muchas moscas, del olor de la pobreza y del alcohol, con un calor extremo: como había vivido, así la velaron.
Difíciles, por último, porque en estas situaciones –como cada vez que me ha tocado despedir un niño o una persona joven- muchos miran al sacerdote casi como si fuera el culpable de la muerte de esa persona. O al menos, eso siento yo. ¡Claro!. El sacerdote es el representante de Dios, y entonces vos tenés que explicar: “¿por qué Dios lo permitió?… ¿por qué Dios no lo impidió?”
Pero gracias a Dios pude estar. Y pude acompañarla, y acompañar a los chicos, y a esa cantidad de gente que, en camionetas e incluso algún camión, acompañó los restos mortales de esta mujer, madre, consumida por la miseria. Que fue sepultada bien “al fondo” del cementerio, al borde del arroyo, en una tumba apenas excavada. Cuando terminé de bendecir el sepulcro, el empleado del cementerio que me miraba impaciente, cubrió con un poco de tierra el féretro, clavó la cruz de madera y dijo “es el número 54”. Y se fue.

Con esas imágenes me disponía a celebrar la Nochebuena en la parroquia. La mañana del 24 llovió bastante, y por la tarde siguió amenazante, por lo cual la Misa que se proyectaba afuera se realizó en el templo parroquial. Mientras disfrutaba de la hermosa celebración, pensaba también cómo estarían viviendo esa Nochebuena los niños y su papá.
Y en el momento de los avisos, antes de la bendición, le conté a la gente cómo sería la Navidad esos 11 huerfanitos. Les dije que en las celebraciones navideñas solemos comer mucho, e incluso a veces, derrochar. Y que tal vez algunos podían compartir algo de lo que tenían preparado con esta familia. Que ellos eran también hermanos nuestros. Que no les solucionábamos la vida, pero que era un gesto importante.
La respuesta no se hizo esperar. Una media hora después de la celebración, tenía el asiento trasero de mi auto lleno de comida e incluso algunos juguetes nuevos y ropa para los niños.
Así que unos tres cuartos de hora antes de la medianoche, enfilé por las oscuras callecitas, hacia abajo. Al llegar golpeé las manos frente a su precaria y oscura casa… todo embarrado y esquivando charcos, porque la calle y el acceso a la vivienda estaban casi inundados. Y comencé a bajar las cosas que mis fieles trajeron. Algunos de los niños ya dormían, otros no estaban. Pero sí el papá y algunos de ellos, que me recibieron con sorpresa y satisfacción.
No fue fácil regresar: mi WV 1500 estaba bastante enterrado, pero “peludeando” y dando volantazos, logré retornar. Llevándome como mi propio regalo de Navidad, la sonrisa y la gratitud de los niños.
Ese día aprendí una nueva imagen para iluminar el misterio de la Encarnación: el Hijo de Dios, de una manera mucho más real y más profunda, había descendido, había abrazado nuestra miseria y nuestra oscuridad, se había “embarrado” para traernos de regalo la vida eterna.
La Navidad embarrada permanece también en mi corazón como una espléndida metáfora de lo que significa el sacerdocio: ser portador de los regalos que Otro me da para que yo los distribuya a todos, en primer lugar, a los que viven en el dolor y la oscuridad.

Consumirme para dar luz y calor
Un domingo de febrero, en que mi párroco estaba de vacaciones, me ocurrió durante los bautismos algo gracioso, en lo cual percibí luego un profundo misterio.
Cuando preparaba lo necesario, con las familias esperando en el Templo, caí en la cuenta de que ¡no tenía velas de bautismo! Así que me puse a hurgar en cuanta caja encontré en la sacristía y justo había cuatro velitas lápiz, de esas finitas que se usan en la Vigilia Pascual; dos de ellas quebradas y dos sin quebrar, una de ellas usada y manchada y la otra sin siquiera encender, intacta. “Zafamos”, pensé. Y comenzamos los bautismos.
La celebración transcurrió con normalidad, casi olvidé las velas. En el momento de entregar el cirio a los padrinos, les dije a los dos primeros que disculpen, que nos quedamos sin velas, que esas ya estaban usadas pero que servían igual.
Pero cuando entregué la tercera, la que estaba intacta, me di cuenta de que ¡no tenía mecha! La quebré un poco para ver si más al medio la encontraba, pero tampoco.
Era una vela sin mecha. Era pura “facha”, pura apariencia. Estaba intacta pero si se le acercaba el fuego se derretía, se deshacía, estéril, sin brindar nada, sin ofrecer ni una pequeña chispa de luz y de calor, porque estaba vacía, porque no tenía nada adentro.
“Ahora, ¿qué hago?”. Tomé la última vela que me quedaba, la que estaba manchada y pensé: “ya sé, la quiebro y obtengo dos”. Se lo comenté a los padrinos y mientras nos sonreíamos intenté hacer el procedimiento, pero, como lo había sospechado, no fue tan fácil: la cera se quebró pero el robusto cordel que había en su interior no cedía.
Quedaba muy mal ir a buscar un cuchillo así que se me ocurrió una idea: coloqué la vela sobre la llama del cirio pascual, justo en el punto en que la había quebrado.
El fuego del Cirio –Cristo resucitado– derritió la cera y el cordel comenzó a arder, se encendió y el calor del fuego lo cortó, dejando como resultado dos pequeñas velitas, una para Eliseo y otra para Ernestina.
La vela manchada tenía alma, tenía algo adentro, y por eso fue capaz de recibir el fuego y no solo eso: fue capaz de multiplicarlo. De su “muerte”, surgieron dos ágiles llamas, imágenes de la fe de esos cristianitos.
El hecho me impresionó y me hizo rezar. Porque siempre he tenido como una imagen muy elocuente de mi propio sacerdocio la del cirio; yo también quiero consumirme para dar luz y calor. Pero ese día redescubrí lo que siempre nos enseñaron, lo que los santos no se cansan de repetirnos: sólo si tenemos una profunda vida interior podemos arder... Solo ilumina aquél que tiene una sólida vida espiritual.
De nada valen las apariencias solas; de nada valdría andar impecable por fuera, vestirme de sacerdote, mostrar un aspecto sacerdotal en la liturgia y fuera de ella, si por dentro estoy vacío.

Ese día, redescubrí que es necesario preservar a “capa y espada” los espacios de intimidad con el Señor, para evitar el activismo y para que en esos momentos el fuego del Espíritu encienda siempre en mí la fe y la caridad, que lleven claridad y consuelo a la Iglesia.

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