¿Qué es lo que te hace más feliz de tu vida sacerdotal?
Felicidad del sacerdote: descubrirse discípulo del Señor en sintonía con
su Palabra (Padre Germán Brusa)
Una de las cosas que me hace más
feliz de ser sacerdote es el acompañamiento espiritual. Siempre me lo he tomado
con mucha seriedad y también lo he disfrutado mucho. La dirección espiritual me
ha salvado muchas veces de caer en el mero funcionalismo sacerdotal ya que toca
todos los aspectos de mi persona: humano, espiritual, intelectual, psicológico,
afectivo, familiar, social, sacramental, pastoral, moral, etc.
Disfruto mucho el caminar con
otros, el aprender de otros y sorprenderme frente a lo que el otro suscita en
mí… la dirección espiritual es mi verdadera peregrinación personal, al mejor
estilo de los Discípulos de Emaús y los Relatos del peregrino ruso.
Como en mi experiencia personal ha
sido y sigue siendo clave tener a otros que me ayuden a discernir, del mismo
modo propongo ese camino a todos los que de algún modo quieren seguir a Jesús.
Sin duda que la dirección espiritual no es el único modo de profundizar la vida
espiritual, pero doy fe que a mí y a muchos otros le ha resultado.
Adjunto a continuación el
testimonio de alguien que acompaño espiritualmente y que recientemente ha hecho
ejercicios espirituales ignacianos:
“Estos días le pedí al Señor que me diera la gracia de un corazón
abierto, sin estructura y sin intervención de mi egoísmo para poder escucharlo.
Dios escuchó mi petición y pude experimentar esa extraña sensación de contar
con el corazón dispuesto (es algo muy raro, que nunca antes había
experimentado. Sé con certeza que lo que siento es la apertura del corazón,
porque mi guía espiritual me lo afirmó). Esta apertura me permitió y me permite
reconocer mi historia abrazada por Él y sentirme hija amada. La apertura del
corazón, sumada a los videos de esta semana me permitieron descubrir que la
angustia, la soledad, la insatisfacción y la inquietud que experimenté durante
mi vida, fue por intentar llenar mi deseo de infinito con infinitas cosas
finitas, que solo se llenaría cuando experimentara la corriente de amar y de
sentirme amada. Ahora que experimenté el Amor, comprendo la importancia del silencio
y la oración de cada día (el silencio es un trabajo que requiere de constancia,
y esta constancia solo se puede lograr con la ayuda de Dios), para encontrar a
Dios y ajustándome a Él, hallar equilibrio, orden, estabilidad emocional y paz,
para así poder transmitir y acercar a las personas la alegría, la paz y el amor
de Dios, silencioso e invisible”.
Este testimonio, como el de muchos
otros, me hace muy feliz. Descubrirme como instrumento de Dios para el
crecimiento espiritual de otros me llena enormemente el corazón. Me descubro
como sacramento haciendo presente a Cristo en el camino de otros. También me
hace muy feliz el descubrir a Jesús que me habla a través de otros
Una vez vino un matrimonio a hablar
conmigo. En realidad el que andaba muy mal era el hombre y la mujer lo
acompañaba. Carlos tenía muchos problemas de salud que le impedían hacer una
vida normal. Incluso había tenido que pedir licencia en el trabajo. Lo que más
le preocupaba era su diabetes y el deterioro que esta le estaba produciendo.
–Padre, yo ando mal... ¡muy mal!
–me decía llorando–. No sé qué me pasa... tengo tantos problemas... soy una
carga para mi familia.
Mientras él sollozaba a su esposa
se le caían las lágrimas. Yo no sabía qué decir, ni cómo manejar la situación.
Simplemente me limitaba a decir interiormente “ven Espíritu Santo…”.
En un momento se calmó y me miró
fijamente. Tenía los ojos rojos y brillosos. Quizás hacía días que venía así. Y
luego me dijo estas palabras que quedaron grabadas en mi corazón:
–Me aconsejaron que fuera a un
psicólogo pero no quiero... Yo no soy de venir a Misa, ni a la Iglesia, pero
tengo fe. Y antes de ir a contar mi problema a un psicólogo, prefiero venir a
hablar con un cura para que me dé una palabra de aliento.
En ese momento quedé perplejo,
seguí en silencio…
Luego de un buen rato empezamos a
hablar de la familia, el barrio y tantas otras cosas que lo hicieron cambiar el
semblante.
A mí también me hizo cambiar el
semblante y de repente las ganas de huir de esa situación se me fueron. Descubrí
que el Señor me había visitado en ese momento y luego, durante varios días, me
venía a la mente la palabra de Isaías: “El mismo Señor me ha dado una lengua de
discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento.
Cada mañana, Él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo. El
Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás...” (Is 50, 4-5).
Ese hombre sabía mejor que yo lo
que buscaba. Buscaba una Palabra de aliento. No sé si alguna vez habrá
escuchado o prestado atención a este pasaje de Isaías, pero lo cierto es que la
fe, la poca o mucha fe que este hombre tenía le había dado una certeza
indescriptible; la certeza de que iba a encontrar una palabra de aliento en un
sacerdote.
Esas son las cosas que hacen feliz
a un sacerdote: descubrirse discípulo del Señor en sintonía con su Palabra.
Vivir aferrado a una única certeza: el Señor me eligió para que lleve su
Palabra de aliento a los que sufren. Me eligió para que lo haga presente en
medio de aquellos que están afligidos y agobiados, para que en Él encuentren
alivio (cf. Mt. 11, 28).
“Alégrense siempre en el Señor” (
Flp. 4,4) (Padre Sergio Hayy)
Si me preguntasen “¿Cuál es la
fuente de la alegría de mi sacerdocio?”, yo diría que es la misma vida, mi existencia,
mi ser profundo. Pero mi vida vivida como vocación,
es decir, como respuesta a un llamado a vivir en relación, en comunión con Dios
revelado en Cristo, con la creación, conmigo mismo y con los demás.
Cuando tomé conciencia del llamado
a la vida y que el mismo fue hecho desde la Primacía del Amor Divino que elige
inmerecidamente, comprendí que la alegría es posible, y que cada instante es
para ser vivido, lanzado decididamente a realizarla. En esto reside la fuente
de mi alegría.
El padre José Kentenich decía “sacerdotes amargados son personas peligrosas”.
Hoy más que nunca, el sacerdocio tiene que irradiar un vivo destello de la
alegría en el Señor, y esto aspiro para mí. Me viene a la memoria el Magníficat
de María. Ella en su cántico menciona claramente Quién es su gozo, dónde reside
la fuente de su alegría: “mi espíritu se
estremece de gozo en el Señor”.
El gozo de la Santísima Virgen es
Jesús, su Hijo, su Señor. Cristo es su ideal personal, su razón de vivir y por
este motivo la alegría tiene mucho que ver con la Vida en el Espíritu. Sé que
cuanto más profunda sea mi relación con Cristo, más firme será en mí la
auténtica alegría, la que nadie me podrá quitar.
La fuerza de la alegría procede
también de la búsqueda serena pero pronta de vivir en santidad. La posibilidad
de felicidad consiste en tener abierta la puerta hacia la santidad y santidad
sacerdotal.
La alegría es una vivencia
cotidiana, desde que uno se levanta y ora a Dios, disponiéndose para que Él
muestre el servicio a los hermanos. Ahí comienza la aventura de la vida como
alegría. Para mí este momento es fundamental: consiste en abrir la ventana de
la vida para que entre el “aire fresco” de la vida de Dios. Ese aire despierta
la alegría de que Él está presente en mí y me espera en los demás.
Como el Señor está presente en mi
prójimo, la alegría brota también en el trato con todas las personas; desde los
más cercanos a la vida parroquial hasta los más alejados, los que caminan en
las periferias existenciales, allí
también es posible la alegría. Sin embargo, como lo indica el Evangelio no hay
mayor alegría que poder ir hacia la oveja perdida y experimentar el encuentro
con ella.
La alegría la vivo cuando puedo dar
una palabra justa en el momento oportuno, que consuela y anima al hermano. La
vivo cuando soy testigo del paso liberador del Señor en los oprimidos, por un
gesto que alivia y aligera la carga al prójimo. ¡Hay tanta fecundidad en el
ministerio realizándolo con alegría! Qué hermoso es ver la comunidad que crece,
y cómo nuevos hermanos se incorporan a la vida de la Iglesia. Difundiendo la
alegría en los demás, veo que también crece la alegría en mí.
Una hermosa posibilidad de vivir la
alegría es cuando finalizo la Santa Misa dominical y salgo a saludar a los
fieles. Me produce un gran gozo el abrazo tierno y puro de los niños, el gesto
humilde de los adultos mayores que te saludan con el mismo amor de un padre o
una madre; ciertas veces, como verdaderos abuelos, han puesto en mis manos
golosinas de todas las clases posibles.
También es un gran gozo saludar a
las parejas de novios que insinúan su deseo de matrimonio, y a los jóvenes que
generalmente se ubican al final de los templos; a ellos los busco especialmente
al salir, para saludarlos y transmitirles la alegría de vivir cristianamente.
La alegría se despierta siempre que
me lanzo a recorrer las calles de la pequeña ciudad donde soy párroco; a cada
paso un saludo cordial y una sonrisa que es caricia cierta para el alma.
¡Cuanta fuerza irradia el don de la alegría!
Cierta vez, surgió la necesidad de
abrir un grupo de catequesis especial en la parroquia. Se formó el equipo de
catequistas y así empezó el camino de este grupo, que atrajo a varios hermanos
permitiéndoles hacer un verdadero “camino fraterno en la fe”. Ir a estos encuentros
fue siempre una fuente de alegría. Por eso quiero testimoniar que las personas
que llamamos comúnmente discapacitados, han sido para mí una inequívoca fuente de alegría.
Otro de los momentos donde
experimento la alegría es en el rezo del Rosario, por los senderos de la plaza
del pueblo, al atardecer, antes de la Misa. Contemplando los misterios del
Señor, de la mano de María, y dejando que el paisaje entre en el corazón,
disfruto los rayos del sol que suavemente vienen a poner luz en el camino.
Siento que la alegría no es un hecho del pasado o del futuro, sino que es aquí
y ahora. En cada instante tengo la posibilidad de vivir la alegría estable y
duradera.
También las fiestas de la Parroquia
–la fiesta Patronal, la Navidad, la Pascua, los cumpleaños, las despedidas, las
reuniones de la Comunidad Parroquial– son ámbitos de gran alegría. Expresan el
encuentro que supera toda discordia y división, el encuentro como hermanos en
el amor y, donde hay amor, hay paz y alegría.
Ciertamente, a veces experimento la
desilusión, la amargura, la tristeza, el miedo, la desesperación... Entonces me
digo: “yo no me he llamado a mí mismo, soy de Dios y puesto por Dios en la
Iglesia. Tú Señor eres mi alegría”. De este modo comienzo la lucha para
recuperar la alegría que por límites propios y otras veces de los demás, dejé
escapar. ¡Cuántas veces perdemos la alegría por no vivir en la confianza, por
no ceder en lo propio, por no ejercitar la paciencia hacia el prójimo! La
alegría hay que protegerla, hay que cuidarla, porque fácilmente se nos puede
escapar.
Hay padecimientos que Dios permite.
A veces tenemos que ser “sacudidos” para aprender a vivir la alegría espiritual
e interior solo desde el Señor y en Él. San Pablo a los cristianos de Filipos
les decía “no se angustien por nada,
recurran a la oración y a la súplica” ( Flp. 4,6). Así la Palabra de Dios
nos invita a la perfecta alegría, la que no pasa, la que permanece en el que
permanece en el Señor, la alegría que hay que buscar en la oración, en la
meditación, donde el Señor regala su presencia liberadora y sanadora.
Los niños siempre dicen la verdad...
En los niños el Señor siempre ha
regalado una renovada alegría a mi vida sacerdotal…
Pensé que mi retiro anual de 2008
había terminado el viernes al mediodía, después de compartir unas espléndidas
jornadas en Stella Maris. Las reflexiones de Mons. Ángel Rovai, la lectura en
la comida de unas preciosas homilías de Cantalamessa, los momentos de oración
silenciosa... todo fue de Dios.
Pero Jesús me tenía preparada la
“última charla” del retiro. Me la dio el lunes siguiente, a través de dos niños
de salita de cuatro años; parte por la mañana y parte por la siesta. Estábamos
sentados junto al sagrario de la parroquia –ellos en el suelo, yo en un
reclinatorio– y había bajado la imagen del Jesús Misericordioso. Yo intentaba
explicarles el significado de los rayos, y cómo teníamos que confiar en Jesús;
y no sé cómo ni por qué uno de los chiquitos –creo que era Leandro, mi pequeño
tocayo– me dijo, señalando la imagen: “Jesús es más grande que vos”.
Jesús es más grande... ¡Cuánto nos
cuesta confiar en Él y abandonarnos en su Providencia! Cuantas veces nosotros,
los sacerdotes, nos olvidamos de eso... Cuantas veces olvido que Él es el grande,
que Él hace la obra, que somos “siervos inútiles”, totalmente prescindibles.
Que la pastoral y el futuro de la Iglesia no están en mis manos, sino en las
Suyas... Que, como tantas veces he rezado, “es necesario que él crezca y que yo
disminuya”. ¡Qué verdad tan maravillosa, que certeza tan consoladora! ¡Cuántas
veces mi orgullo y falta de fe me impiden descansar en esa certidumbre!
Pero faltaba más, el “retiro” aún
no terminaba. Por la tarde, apenas levantado de la siesta para esperar a los
chicos del turno tarde, Candela me recibió con estas palabras: “¡Hola Jesús!”.
Y en esas palabras se me revelaba,
a pesar de mis incapacidades y miserias, mi ser más profundo y mi misión. Ese
es el misterio de nuestra frágil humanidad, revestida y “transustanciada” en el
ser del Hijo de Dios hecho hombre. Como aprendimos en el Seminario, el
sacramento nos cambió ontológicamente, nos cristificó.
¡Con qué frecuencia vivimos lejos de esa verdad luminosa! ¡Que “grande” nos
queda! Y sin embargo, ¡cómo no alegrarnos a la vez por esa arcana predilección
del Señor! ¡El sacerdote es Jesús!
Jesús: si alguna vez olvidara para
qué vivo, para qué fui ordenado sacerdote, mandame a Leandro y a Candela, que
me lo recuerden: Vos, que sos siempre el “más grande” me has tomado, me has bendecido,
y partiéndome me has dado: soy Jesús, debo ser Jesús.
Los voy a cuidar desde el Cielo
A principios de enero de 2008,
antes de irme a misionar con los jóvenes de la parroquia, estuve en la casa de
Claudia y Gustavo. Hacia el final de la agradable cena –amenizada por el
videojuego de los Transformers que
Joel, su hijo de cuatro años, manejaba con una pericia admirable– Claudia me
comentó, tímidamente, que tenía a su abuelo enfermo. Que hacía un tiempo que
estaba mal, que a veces se perdía y que temían que se fuera en cualquier
momento. Me pidió si podía ir a verlo, advirtiéndome que, cuando estaba bien,
“no quería mucho a los padres” –léase, a los curas–; que solía hablar mal de
ellos y para colmo de males, hacía mucho, mucho que no iba a la Iglesia. Me
recomendó que fuera a hacerle “una visita” casual, como que pasaba por ahí, no
fuera que se diera cuenta de que estaba enfermo.
Acostumbrado a estas situaciones
–me han hecho decenas de veces recomendaciones por el estilo– un par de días
más tarde caí a lo de don Hipólito. Me atendió su hija y su señora, ambas muy
agradecidas y a la vez con el mismo temor. La esposa me presentó a Hipólito de
la forma más disimulada posible: “es un amigo de Joel que te viene a visitar”.
Hipólito estaba acostado, tranquilo. “Soy el padre Leandro”, saludé. “Le vengo
a dar una bendición”. Don Hipólito me miraba entre asombrado y alegre. Les pedí
que nos dejaran solos. “Ahora le vamos a pedir perdón a Dios por todos los
pecados de la vida, y después le voy a dar la Santa Unción, para que Jesús esté
cerca de usted en este momento difícil”. Todo transcurrió con una fluidez
asombrosa, “divina”: la gracia estaba actuando de manera invisible, pero
eficiente, real. Don Hipólito sacó una frase del baúl de sus recuerdos, como
suelen hacer los ancianos: “cuando yo era chico siempre iba a Misa, y era
monaguillo...”.
Confesé y animé también a su
señora, que ya sabía de la proximidad de la muerte de su compañero y la
aceptaba, pero que necesitaba la fortaleza del Señor.
Un par de semanas después, me
llaman nuevamente. Hipólito había llamado a todos sus hijos para despedirse.
Pasé entonces por su casa cuando pude. Cuando le pregunté cómo estaba me dijo:
“estoy contento, muy contento”. Le pregunté si se acordaba de mí, y de la otra
vez que lo había visitado. Su respuesta me emocionó: “sí, Padre, fue
maravilloso”.
Así transcurrieron sus últimos
días. Claudia, su nieta, me contaba sorprendida que en los días posteriores a
la Santa Unción había hablado con cada uno como nunca antes, dándoles consejos
inéditos en él. “A mí me dijo que fuera todos los domingos a Misa”. Y a su
esposa le decía que él “iba a estar bien, que no se preocupara por nada, que él
desde el Cielo la iba a cuidar...”. La gracia de la Unción y de la Comunión que
estaba recibiendo había obrado una verdadera transformación en su corazón.
Hipólito falleció unos días
después, con la certeza de haber experimentado la misericordia del Señor. Dejó
a su familia en paz, con la paz de haberlo cuidado hasta el final, y con la
profunda serenidad de saber que había recibido los sacramentos de la fe
cristiana. Dejó a su familia más cerca de Dios. Y dejó a un sacerdote con una
inmensa alegría en el corazón.
¡Benditos niños!
Me costó levantarme de la siesta…
fueron unos minutos de vacilación, ya que venía de dos días de terminar tarde
con reuniones y demás. Después de que lo logré, y de un rápido baño, me
encaminé a la Escuela. La temperatura era mucho más agradable que esa mañana.
Iba sin un plan demasiado preciso,
pero no era necesario: en el día del Patrono de los sacerdotes –era el día del
Cura de Ars–, Dios ya tenía un plan…
Llegué justo en el recreo, a las
15:10 horas. Siempre hay una docena de chicos frente a la capilla y algún otro
dentro, a veces rezando, otras… explorando el lugar. Primero, la rutina de
siempre –hermosa rutina– de saludar a unos cuantos.
Pero este 4 de agosto había algo
diferente preparado por Jesús. Una de las alumnas me dijo: “¿querés rezar con
nosotros?”. ¿Cómo negarme? Ella y varias más –y hasta algunos varoncitos– me
llevaron adelante. Cantamos la canción a la Virgen de Lourdes y rezamos un
Avemaría. Para ese momento éramos como veinte. Me paré para darle un beso a la
imagen y entonces una de las chicas –una petaca
de 1,10 metros como mucho– me miró y me dijo: ¿“Padre, me bendecís”?
Con el pulgar le hice la señal de
la cruz en la frente, diciendo: “Que te bendiga el Señor Dios, Todopoderoso:
Padre, Hijo y Espíritu Santo…”. Los demás miraban atentos, hasta que la segunda
se animó: “a mí también”. Y luego, una tercera y la cuarta, y el quinto… Y
escuché a algunos que salían al patio gritando: “¡el Padre está bendiciendo!”.
En total, fueron como 10 minutos de
bendiciones, unos 70 u 80 chicos, tal vez. Hasta se organizaron entre ellos en
dos filas: las mujeres y los varones, ordenadamente y en silencio. Fue el
recreo más tranquilo de los últimos meses.
10 minutos de bendiciones; más para
quien supuestamente la daba, que para quienes –inocentemente y con alegría– la
recibían. ¡Benditos niños!
En San Nicolás no se puede rezar...
Desde hacía un par de semanas venía
pensando en peregrinar al Santuario donde la Virgen del Rosario derrama
misericordia para toda la Argentina.
Preparé el auto –gomas, agua,
aceite; solo olvidé lavarlo...–, busqué compañeros de ruta, y listo. Partimos
con un frío realmente polar, el 9 de julio, a las 6:10. Todo estaba preparado
para que fuera un día de intimidad con María, de renovación de alianzas y
propósitos. Me puse la sotana nueva porque era día de fiesta espiritual.
Alrededor de las 10 divisamos la
cúpula que año tras año cobija a millones –sí, millones– de peregrinos. Y a las
10:10 ingresamos al Santuario. ¡María estaba coronada! Su hermosa diadema era
un símbolo del amor de sus hijos de Argentina.
Me puse bien cerquita de la imagen,
recé hora intermedia y el oficio de lectura; y cuando quería disponerme a hacer
mi oración mental...
Padre, ¿me puede bendecir estas
medallas?
Sí, como no, ¿de dónde vienen?
De San Miguel, provincia de Buenos
Aires...
Tracé la señal de la cruz pidiendo
bendiciones para objetos y personas. Me disponía a volver a rezar, pero ya era
tarde... Uno tras otro, solos o en grupo, familias con niños –y hasta con un
gato en la campera– comenzaron a pedirme su bendición. En un momento se formó
una larga fila, y me dio mucha gracia cuando uno de los solicitantes me
comentó: “Padre, me dijeron que usted es sanador… ¿puede darme la bendición?”.
Así, con alguna confesión incluida,
llegamos a la Santa Misa con la emoción de ver el templo con muchos fieles, con
la alegría infantil de celebrar con ornamentos celestes, siempre sintiendo la
presencia de la Madre. Y luego nuevamente: bendiciones de medallas, rosarios,
llaves de autos y casas, niños en brazos, familias completas. De Ballester, de
Rosario, de Río Cuarto, de Belgrano... Dentro del Templo y fuera de él, en la
santería, en el atrio del Santuario, en la calle antes de subir al auto...
En el camino de regreso sentía y
renovaba interiormente mi fe en el misterio del Sacerdocio. ¿Qué otra
explicación puede tener esa avalancha de fieles en torno a alguien a quien
nunca han visto, sino la fe, todavía arraigada en el sacerdote, en el poder
sagrado del sacerdocio cristiano?
La suave fragancia de Cristo
Cada año, al acercarse la fecha del
aniversario de mi ordenación, reaparecen un montón de imágenes, de sonidos y de
olores. Un año, cerca de esa fecha, tuve que realizar las confirmaciones en una
Capilla porque el sacerdote designado se enfermó.
Me encanta, en cada sacramento,
realzar los signos lo más posible –dentro de la sobriedad–, y entonces traté de
ponerle la mayor cantidad de crisma a cada pequeñín al trazar la señal de la
cruz en su frente.
Claro, al finalizar, tenía la mano ¡totalmente
empapada en crisma! Casi como el día en que Monseñor Mario, también poniendo
crisma en abundancia, consagró nuestras manos para que sean las de Cristo. Pero
bueno, me las tenía que lavar para no correr el riesgo de inutilizar –aún más–
el ritual, ya bastante cargado con óleo de los enfermos. Me sequé bien las
manos con el manutergio generoso que había en la credencia y seguí.
Pues bien, al día siguiente fui a
celebrar la Eucaristía a esa capilla y después de la presentación de los dones,
me voy a lavar las manos; al secarlas, ¡era el mismo manutergio del día
anterior! Que esparcía por todas partes la fragancia del crisma, y que dejó mis
manos así también.
Durante la consagración, al
inclinarme un poco, podía ver bien de cerca el signo del Pan, y simultáneamente
percibir con mucha intensidad la Unción. Mis manos tomaron ese día ante mis
ojos nuevamente un profundísimo significado, que no siempre me es fácil
recordar. La palia, el purificador, creo que hasta el mismo cáliz, quedaron
como “impregnados” de ese suave aroma, como significando que allí, sobre el
altar, había vuelto a descender la nube del Espíritu.
Yo sé que el papa Francisco pidió
que los sacerdotes tengamos “olor a ovejas”. Pero yo completaría la simbólica
descripción diciendo que también es bueno que nuestras manos no pierdan nunca
el olor a crisma... que nunca dejen de esparcir la suave fragancia de Cristo...
y que no dejen de impregnar todo con la presencia saturante del Espíritu.
Llegaron ya los reyes y eran cien…
El trabajo pastoral con los jóvenes
implica muchas actividades distintas: confesiones, clases, charlas formativas,
momentos de recreación, partidos de fútbol, misiones, campamentos,
peregrinaciones, encuentros… Suele requerir de parte del sacerdote mucha
apertura, disponibilidad y estar preparados para todo. Los jóvenes son siempre
un motivo para “desinstalarnos” de nuestras comodidades.
En este sentido, las misiones de
verano han sido siempre para mí momentos de mucha intensidad apostólica y
espiritual. En ellas fue madurando mi vocación y en ellas pude concretar muchas
veces mi anhelo de servir a los jóvenes.
Preparando una misión de verano,
había convocado un 5 de enero a los chicos para clasificar juguetes en la
parroquia. La idea era separarlos por sexo y por edad, y al día siguiente, con
dos o tres varones, iríamos a un barrio carenciado para repartirlos.
Unos 20 respondieron al llamado.
Hacía mucho calor, por lo cual sacamos unos tablones al patio, y mientras
escuchábamos música y tomábamos tererés, fuimos armando las bolsas. Nos
divertimos mucho recordando la infancia –más cercana la de unos, más lejana la
de otros– a medida que mirábamos los juguetes.
De a poco se fue modificando la
idea original. Recordamos que teníamos todavía a mano la vestimenta de los
Reyes Magos del reciente pesebre viviente, e inmediatamente aparecieron tres
voluntarios para disfrazarse. “¿Y por qué no vamos ahora a la noche a llevar
los juguetes?”. La idea era genial. El barrio era peligroso, pero yendo con “el
cura”, no iba a haber problemas.
“¿Y por qué van a ir sólo los
varones? Yo también quiero ir…”. El grupo se fue agrandando de a poco, a medida
que el calor aumentaba y la tormenta se hacía inminente. Unos 16 jóvenes
estaban preparados para ir a repartir juguetes. El problema era que solo teníamos
dos autos y una moto. En la moto podían ir tres. En el otro auto seis; quedaban
ocho chicos. De alguna manera teníamos que ir, ninguno se lo quería perder. Mi
pobre Volkswagen 1500 estaba habituado a que se aprovechen de su generosidad,
así que subimos los ocho en el auto: seis adentro y dos… ¡arriba del techo! Uno
de ellos, con corona y todo, era Baltasar.
Así fuimos, lentamente hacia el
barrio, cada vez con la tormenta más “arriba” de nosotros. Una rara comitiva,
venida de Oriente, guiada no por la luminosa Estrella sino por el impulso
misionero y una pizca de inconsciencia. Los Reyes Magos llegaron no en
dromedarios sino en dos autos –de los cuales no terminaba nunca de salir gente–
y una moto.
Si eran varios los Reyes Magos que
descendían de sus camellos, muchos más eran los destinatarios de su visita. De
todas las casas comenzaron a salir decenas y decenas de niños, de todas las
edades, ansiosos y entusiasmados.
El reparto de juguetes no fue fácil
y sucedió lo que esperábamos: comenzó a soplar un fortísimo viento, que llenaba
nuestros ojos de arena y tierra. Rápidamente volvimos a los “camellos” y
emprendimos el regreso, ya con una torrencial lluvia cayendo sobre nosotros, y
empapando a Baltasar que, sobre el techo del 1500, seguía desafiando la tormenta.
La Vigilia de la Epifanía terminó
con el grupo empapado, compartiendo unas pizzas y con el corazón rebosante de
alegría. Y pensando que si el Señor hace locuras de Amor por nosotros, ¿cómo no
vamos a hacer locuras por Él?
Me estaba esperando
Hacía unos meses que me había
ordenado. Comenzaba mi ministerio en Paraná, y me tocó el Servicio sacerdotal
de Urgencias. Así que con Ramón, uno de los guardias, salimos para el Hospital
Militar.
La señora formaba parte de una
tradicional familia católica de Paraná. Cuando entramos en Terapia, nos dijo la
enfermera que hacía varios días que estaba inconsciente. Nos acercamos a su
cama, saqué el ritual, la estola, los óleos y el agua bendita del maletincito,
y me dispuse a celebrar la Unción. Siempre con la idea de que ella estaba
inconsciente.
Cuando luego del saludo, la rocié
con el agua bendita, de pronto abrió los ojos. Me miraba fijamente. Había
retornado a la consciencia luego de varios días. Su mirada me decía dos cosas
claramente: “Gracias. Te estaba esperando”.
Me acerqué más a ella, y empecé a
hablarle más detenidamente. La invité a pedir perdón por todos los pecados de
su vida, para recibir la absolución. Con sus ojos y sus párpados, y un leve
movimiento de labios, ella asentía.
Recé el pésame en voz alta. Ella
mantenía los ojos bien abiertos: yo tenía la seguridad de que, en todo, me
seguía. Pronuncié la fórmula de la absolución. En el preciso momento en que
dije “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo…”, volvió a cerrar los ojos; esta vez, para siempre. Continué
con el rito, le di la indulgencia plenaria y luego nos fuimos. Al otro día
temprano, supe que había partido al encuentro del Padre Celestial.
Me había estado esperando. Había
estado esperando el perdón y la Unción. La sola certeza de haber ayudado a esta
alma a llegar al Cielo es suficiente para dar sentido a mi sacerdocio.
Nosotros lo respetamos mucho Padre
Cuando uno es muy joven comete
muchas imprudencias. Yo las hice, claro, y creo que Dios las permitió porque de
todas aprendí algo.
Estábamos construyendo un salón, y
teníamos que techarlo. Era muchísimo material el que debíamos descargar en el
lugar, porque no había ningún depósito cerca. Era material caro y ya nos habían
robado varias veces. Así que decidí ir a dormir al lugar. “No me va a pasar
nada”, pensé. Tres o cuatro personas intentaron disuadirme, hasta que se
convencieron de que era gastar “pólvora en chimango”; mi testarudez era
indoblegable.
Armé la carpa, equipado solo con mi
celular todoterreno. Recé el breviario con su linternita, y me dispuse a
dormir. A los pocos minutos, tres siluetas se dibujaron en la ventana del
salón. “Cómo anda Padre”. “Bien…”. “Venimos a charlar con usted, Padre. ¿No
tiene nada para comer?”.
Así comenzaron a acercarse,
intentando disimular al principio sus intenciones. Hasta que se pusieron en la
puerta de mi carpa iglú, y me dijeron, mostrándome un cuchillo Tramontina:
“nosotros lo respetamos mucho Padre, pero denos su celular”. No sabía si era
una broma o era de verdad.
Lo cierto es que luego de intentar
convencerlos de lo injusto de su robo, de lo mal que estaban haciendo, y de que
yo nunca les había hecho nada malo… les di el celular. Apenado no tanto por el
valor material del mismo, cuanto por los valiosos contactos que perdía.
Por eso, en un último intento de
conmoverlos, les dije: “por lo menos dejame el chip, así no pierdo los
contactos”. Siguieron alejándose. Estuve un rato en silencio, viendo cómo irme
de nuevo a la parroquia antes de que vinieran a robarme el auto, hasta que
sentí pasos de nuevo. “Padre, acá tiene el chip”, dijo el líder de la
improvisada banda mientras dejaba el diminuto componente en la ventana. “Y no
se le ocurra llamar a la cana”.
¡Era verdad! Me robaron porque la
droga los enajenaba. Pero en el fondo, algo me respetaban.
“No, no te puedo dar la bendición”
La percepción del misterio del
sacerdocio y su eficacia trascienden los límites de la Iglesia católica. Tuve
oportunidad de comprobarlo hace unos meses.
Yo había celebrado la Misa del
sábado por la tarde como otras tantas. Me había llamado la atención un grupo de
personas que estaban sentadas en el primer banco, con visibles señales de haber
perdido un familiar y venir a rezar por él.
Cuando, terminada la celebración,
salgo al atrio a saludar, ellos se acercan, acompañados por una persona que sí
frecuentaba esa Misa. Ella me dijo: “padre, ¿les puede dar una bendición?
Porque acaban de perder un hermano.”
Me disponía a hacerlo, cuando una
señora con un niño en brazos me apartó del grupo. Casi susurrando, extendió su
brazo, y manteniendo el puño cerrado, me preguntó: “Padre, ¿me puede bendecir
esto?”. Antes de bendecir, tengo que
saber qué es, pensé, no vaya a ser
una medallita del Gauchito Gil o de San La Muerte.
“A ver qué es”, le dije. Y cuando
abrió la mano, me mostró ¡una bala!.
“¿Por qué querés que te la bendiga?” le pregunté. Ella musitó algo del hermano
que les habían matado, y entrecortado dijo algo sobre un pacto…
Yo pensé en ese momento: debe ser la bala con la que mataron al
hermano. Y alguien les debe haber
dicho que para que no les pase nada a ellos deben bendecirla. Conclusión:
le dije que no, que no podía bendecirla, que si ella quería me la podía dar y
yo la cuidaba en la parroquia, y que ya no se tenía que preocupar más por el
proyectil. Ella guardó la bala y regresó al grupo.
Les dí la bendición, terminé de
saludar a la gente, ingresé a la capilla, y había dos o tres personas
esperándome para confesarse o consultarme cosas.
Entré al confesionario, y luego de
acabar la primera confesión, ingresó un joven, con remera negra y mirada
intranquila. Me saludó y su presentación fue: “yo no le voy a mentir, padre, yo
soy cumbandero”. Yo sabía que se
había extendido bastante el umbandismo en la ciudad, pero nunca me había
encontrado cara a cara con alguien que lo practicara. Sabía que era una
expresión religiosa muy oscura, relacionada con los excesos y con la muerte,
pero no pensaba que era para tanto, hasta que el joven me dijo: “Nosotros
queríamos pedirle que bendijera la bala, porque el otro día mataron a nuestro
hermano. El tipo que lo mató a mi hermano tiene un pacto con el demonio, y
nuestro pai nos dijo que la única
forma de matarlo es con una bala bendecida por un cura”
Yo intentaba disimular y seguir el
diálogo con serenidad, pero por dentro estaba indignado. ¡El pai umbanda apoyaba los propósitos homicidas de
esta familia!.
Pero lo que más me impresionaba era
su creencia en que sólo una bala bendecida por un cura –que esta vez era yo-
podía matar a alguien en pacto con Satanás.
Le expliqué, con serenidad pero con
firmeza, que yo no podía bendecir algo que iba a ser un medio para la muerte.
Que debían procurar que este sujeto sea llevado preso, pero no podían hacer
justicia por mano propia. Que Jesús nos invitaba al perdón, que la violencia
trae más violencia, que nada lo haría recuperar a su hermano. El joven insistía
en que la única forma de hacer que este hombre no hiciera más daño era matarlo,
porque era responsable de muchos crímenes y violaciones, pero el Demonio lo
protegía…
Sin haber logrado su cometido, el
joven se marchó. Intenté hablarle al corazón, le dije que Jesús lo esperaba
siempre, que tenía que confiar en Él, pero era difícil. El dolor y el odio,
mezclados con sus convicciones religiosas, le impedían ver.
Más allá de las evidentes desviaciones
en sus creencias, ese joven, sin proponérselo, me ayudó a tomar nuevamente
conciencia del poder del sacerdote. Del valor de sus manos ungidas, y la
eficacia de bendición, reconocida incluso oscuramente por quienes no aceptan la
fe de la Iglesia.
Navidad embarrada
En Argentina solemos utilizar la
expresión: “la embarraste” cuando alguien arruina algo.
Pero para mí, la Navidad embarrada fue la mejor de todas.
Estuvo marcada por un suceso triste, y por una experiencia muy fuerte del amor.
Aquél año estábamos trabajando duro
con un grupo de personas en un barrio marginal, de pésima fama en todo Paraná.
Su nombre era sinónimo de pobreza, drogas y violencia. Incluso algunos laicos
comprometidos, viendo nuestros infructuosos esfuerzos, nos miraban compasivos,
y nos comentaban: “no vale la pena tanto trabajo… esa gente no va a
cambiar”
Sin embargo, sabíamos que los
pequeños pasos que pudiéramos dar, orientándolos a una vida más digna y al
encuentro con Jesús, eran valiosos en sí mismos. No importaba que los frutos no
abundaran: la Fe y el Amor –no los resultados visibles- nos impulsaban a
seguir.
Realizamos ese año diferentes
actividades: talleres, apoyo escolar, visitas frecuentes a las casas,
catequesis, escuelas de deportes… Había varias situaciones de extrema pobreza
material, y muchas más de indigencia afectiva y espiritual.
Particularmente me “tocaba” la
situación de una familia muy numerosa, que vivía en uno de esos ranchitos donde
llueve “más adentro que afuera”, y donde cualquier rincón basurero. Eran 11
hermanitos -la mayor, 15 años-, que solían estar casi siempre en la calle.
Marginados de tantos lugares, solían reaccionar con conductas que hacían
difícil su cuidado y atención. Pero aceptamos el desafío, y decidimos no claudicar, extremando hasta el límite
la paciencia y la comprensión.
En la tarde del 22 de diciembre,
una catequista del barrio me avisó, con un mensaje de texto: “falleció la mamá
de los chicos. la velan en el salón del barrio”.
Los velorios en situaciones así son
difíciles, por varios motivos. Difíciles porque el dolor es muy grande,
incluso para criaturas que casi no saben llorar, hechos duros por las
situaciones extremas que han vivido desde pequeños. Difíciles además porque en las barriadas así las “salas velatorias”
no son los salones impecables con aire acondicionado a los que solemos ir. En
medio de muchas moscas, del olor de la pobreza y del alcohol, con un calor
extremo: como había vivido, así la velaron.
Difíciles, por último, porque en estas situaciones –como cada
vez que me ha tocado despedir un niño o una persona joven- muchos miran al
sacerdote casi como si fuera el culpable de la muerte de esa persona. O al
menos, eso siento yo. ¡Claro!. El sacerdote es el representante de Dios, y
entonces vos tenés que explicar: “¿por qué Dios lo permitió?… ¿por qué Dios no
lo impidió?”
Pero gracias a Dios pude estar. Y
pude acompañarla, y acompañar a los chicos, y a esa cantidad de gente que, en
camionetas e incluso algún camión, acompañó los restos mortales de esta mujer,
madre, consumida por la miseria. Que fue sepultada bien “al fondo” del
cementerio, al borde del arroyo, en una tumba apenas excavada. Cuando terminé
de bendecir el sepulcro, el empleado del cementerio que me miraba impaciente,
cubrió con un poco de tierra el féretro, clavó la cruz de madera y dijo “es el
número 54”. Y se fue.
Con esas imágenes me disponía a
celebrar la Nochebuena en la parroquia. La mañana del 24 llovió bastante, y por
la tarde siguió amenazante, por lo cual la Misa que se proyectaba afuera se
realizó en el templo parroquial. Mientras disfrutaba de la hermosa celebración,
pensaba también cómo estarían viviendo esa Nochebuena los niños y su papá.
Y en el momento de los avisos,
antes de la bendición, le conté a la gente cómo sería la Navidad esos 11
huerfanitos. Les dije que en las celebraciones navideñas solemos comer mucho, e
incluso a veces, derrochar. Y que tal vez algunos podían compartir algo de lo
que tenían preparado con esta familia. Que ellos eran también hermanos
nuestros. Que no les solucionábamos la vida, pero que era un gesto importante.
La respuesta no se hizo esperar.
Una media hora después de la celebración, tenía el asiento trasero de mi auto
lleno de comida e incluso algunos juguetes nuevos y ropa para los niños.
Así que unos tres cuartos de hora
antes de la medianoche, enfilé por las oscuras callecitas, hacia abajo. Al
llegar golpeé las manos frente a su precaria y oscura casa… todo embarrado y
esquivando charcos, porque la calle y el acceso a la vivienda estaban casi
inundados. Y comencé a bajar las cosas que mis fieles trajeron. Algunos de los
niños ya dormían, otros no estaban. Pero sí el papá y algunos de ellos, que me
recibieron con sorpresa y satisfacción.
No fue fácil regresar: mi WV 1500
estaba bastante enterrado, pero “peludeando” y dando volantazos, logré
retornar. Llevándome como mi propio regalo de Navidad, la sonrisa y la gratitud
de los niños.
Ese día aprendí una nueva imagen
para iluminar el misterio de la Encarnación: el Hijo de Dios, de una manera
mucho más real y más profunda, había descendido, había abrazado nuestra miseria
y nuestra oscuridad, se había “embarrado” para traernos de regalo la vida
eterna.
La Navidad embarrada
permanece también en mi corazón como una espléndida metáfora de lo que
significa el sacerdocio: ser portador de los regalos que Otro me da para que yo
los distribuya a todos, en primer lugar, a los que viven en el dolor y la
oscuridad.
Consumirme para dar luz y calor
Un domingo de febrero, en que mi
párroco estaba de vacaciones, me ocurrió durante los bautismos algo gracioso,
en lo cual percibí luego un profundo misterio.
Cuando preparaba lo necesario, con
las familias esperando en el Templo, caí en la cuenta de que ¡no tenía velas de
bautismo! Así que me puse a hurgar en cuanta caja encontré en la sacristía y
justo había cuatro velitas lápiz, de
esas finitas que se usan en la Vigilia Pascual; dos de ellas quebradas y dos
sin quebrar, una de ellas usada y manchada y la otra sin siquiera encender,
intacta. “Zafamos”, pensé. Y comenzamos los bautismos.
La celebración transcurrió con
normalidad, casi olvidé las velas. En el momento de entregar el cirio a los
padrinos, les dije a los dos primeros que disculpen, que nos quedamos sin
velas, que esas ya estaban usadas pero que servían igual.
Pero cuando entregué la tercera, la
que estaba intacta, me di cuenta de que ¡no tenía mecha! La quebré un poco para
ver si más al medio la encontraba, pero tampoco.
Era una vela sin mecha. Era pura “facha”, pura apariencia. Estaba
intacta pero si se le acercaba el fuego se derretía, se deshacía, estéril, sin
brindar nada, sin ofrecer ni una pequeña chispa de luz y de calor, porque
estaba vacía, porque no tenía nada adentro.
“Ahora, ¿qué hago?”. Tomé la última
vela que me quedaba, la que estaba manchada y pensé: “ya sé, la quiebro y
obtengo dos”. Se lo comenté a los padrinos y mientras nos sonreíamos intenté
hacer el procedimiento, pero, como lo había sospechado, no fue tan fácil: la
cera se quebró pero el robusto cordel que había en su interior no cedía.
Quedaba muy mal ir a buscar un
cuchillo así que se me ocurrió una idea: coloqué la vela sobre la llama del
cirio pascual, justo en el punto en que la había quebrado.
El fuego del Cirio –Cristo
resucitado– derritió la cera y el cordel comenzó a arder, se encendió y el
calor del fuego lo cortó, dejando como resultado dos pequeñas velitas, una para
Eliseo y otra para Ernestina.
La vela manchada tenía alma, tenía
algo adentro, y por eso fue capaz de recibir el fuego y no solo eso: fue capaz
de multiplicarlo. De su “muerte”, surgieron dos ágiles llamas, imágenes de la
fe de esos cristianitos.
El hecho me impresionó y me hizo
rezar. Porque siempre he tenido como una imagen muy elocuente de mi propio
sacerdocio la del cirio; yo también quiero consumirme para dar luz y calor.
Pero ese día redescubrí lo que siempre nos enseñaron, lo que los santos no se
cansan de repetirnos: sólo si tenemos una profunda vida interior podemos
arder... Solo ilumina aquél que tiene una sólida vida espiritual.
De nada valen las apariencias
solas; de nada valdría andar impecable por fuera, vestirme de sacerdote,
mostrar un aspecto sacerdotal en la liturgia y fuera de ella, si por dentro
estoy vacío.
Ese día, redescubrí que es
necesario preservar a “capa y espada” los espacios de intimidad con el Señor,
para evitar el activismo y para que en esos momentos el fuego del Espíritu
encienda siempre en mí la fe y la caridad, que lleven claridad y consuelo a la
Iglesia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario