Diaconado

3. El diaconado
¿Cómo viviste el tiempo previo a tu  ordenación sacerdotal?



Aprender a descubrir a Dios: el toque con la realidad (Padre Germán Brusa)

Comparto ahora una carta a un amigo misionero, que escribí justamente durante el tiempo de diaconado.
Hola Hermano:
Te cuento que, por ahora y hasta nuevo aviso, estoy ejerciendo el ministerio diaconal en la parroquia San José. A pesar de ser un pueblo tranquilo y con cierta religiosidad, hay mucho por hacer.
En la parroquia hay mucha gente trabajando, pero muy pocos son jóvenes; adolescentes no hay y niños solamente mientras dura la catequesis.
Por otro lado, en Hasenkamp hay como “submundos”; no hace mucho, visitando los barrios más periféricos descubrí que hay gente viviendo en preocupante situación de marginalidad.
Hay una notoria promiscuidad en los adolescentes; “dos por tres” cae una adolescente a bautizar su bebe. En esta línea, te cuento que de los 10 bautismos que llevo hechos, solo uno viene de papás casados por Iglesia. El resto... alguno que otro casado por civil. En la misma comunidad parroquial tenés parejas trabajando que conviven de hace años y que pudiendo casarse no lo hacen, sencillamente porque no quieren (a veces postergan el casamiento hasta tener el dinero suficiente para la fiesta).
Por otro lado, está el tema de los carnavales… ¡Ni se te ocurra hablar en contra! Mucha gente de aquí defiende a muerte los carnavales como algo cultural distintivo del pueblo. Incluso tengo que reconocer que algunas cosas me llenaron de espanto… Ya desde chiquitos los van entrenando para participar de las comparsas. Una vez se me ocurrió decir (a gente de la parroquia) que parte de la promiscuidad en los adolescentes es producto de la estimulación temprana que reciben los niños haciéndolos participar del carnaval, exhibiendo a las nenas con biquinis y bailes sensuales... la respuesta fue inmediata y casi lapidaria: “Yo bailé en los carnavales y no me parece que sea así... usted debería opinar de las cosas que sabe”.
A esta compleja ecuación difícil de resolver (por su no linealidad y comportamiento caótico), hay que sumarle un término implícito no despreciable. Como se dice habitualmente, “pueblo chico, infierno grande”. Hay gente que sabe vida y obra de los demás y se encarga de hacerle gratuitamente su difusión. Además, todo el actuar de las personas es visto en términos dialécticos: te movés como radical o peronista; sos del club Atlético o de Sarmiento; hinchás para la comparsa de los pobres o para la de los conchetos; etc, etc. Esto mismo llevalo al ámbito de la parroquia, donde es difícil que un grupo o movimiento perdure muchos años: ya sea por las “internas” entre la gente que trabaja en la parroquia (existen verdaderas situaciones de odio), ya sea porque cada cambio de cura es un momento propicio para los cambios de poder y sometimiento entre ellos.
A esto hay que sumarle muchas otras situaciones propias y típicas de la atención pastoral: la indisciplina de los niños en la catequesis, la pobreza de expresión en las celebraciones litúrgicas, la cuestión económica en la parroquia, etc.
Por eso, aunque la gente es “creyente”, sin embargo hay mucho por hacer. Esto, más que tirarme atrás me lleva a plantearme la pastoral ordinaria como un desafío misionero. Así, lentamente, he aprendido y voy aprendiendo a descubrir la voluntad de Dios a partir del encuentro con personas concretas.
Visto desde esta perspectiva uno va encontrando caminos, ya que hay mucha gente que quiere crecer en su vida de fe y muchos buscan un cambio en sus vidas. Hay personas de Misa diaria, que rezan la liturgia de las horas y te piden que les enseñes a hacerlo mejor. Hay quienes hacen apostolado y te piden que los acompañes. En el fondo... toda esta situación, un tanto frenética, propia del ritmo de la cultura contemporánea, lo que ha hecho es dejar a las personas con una profunda insatisfacción. Por eso, en muchas de ellas hay una verdadera búsqueda de algo más profundo. Algo que dé sentido a sus vidas. Esto ha sido lo que me ha dado profundas satisfacciones; primero, compartir con varias personas de este lugar una verdadera amistad fundada en Cristo, y luego, el gran deseo de infinito que nos mueve a buscar a Dios en todo.
En la próxima vez que nos veamos o que me escribas contame un poco como es la vida en una comunidad religiosa misionera.
Desde ya te deseo y le deseo a toda la comunidad de Padres una muy Feliz Navidad.
Que el Señor los colme con su gracia y bendición. Con fraternal afecto.

Germán



El servicio de “dar a Dios” (Padre Sergio Hayy)

 Mediante el Orden del Diaconado, la Iglesia nos llama a vivir en actitud de siervo, en el sentido bíblico de la palabra.
Como diácono, pude celebrar los primeros casamientos y bautismos, y comencé a predicar en las misas. Las primeras homilías fueron todo un desafío; era consciente de que la predicación tenía que estar sustentada por la santidad de vida, por el deseo constante de transmitir la vida de Dios a la vida de los hermanos.
Durante el diaconado me focalicé en la promesa de llevar una vida célibe. La vida como célibe tenía que ser en mí una profunda comunión de amor con Cristo y por ello puse empeño en cuidar la integridad del alma. Porque el celibato es una gracia, pero al don le respondía con la búsqueda de un corazón puro y humilde, para así entregarme y brindarme enteramente. Durante el diaconado me reencontré con el origen del llamado pero de una forma nueva. Me sentía desafiado por el hecho de ejercer un ministerio del espíritu, consciente de que no asumía una posición “entre otras” –por ejemplo ideológica, política o social–, sino un servicio singular; nada más ni nada menos que el ministerio de “dar a Dios” en los sacramentos, en la Palabra, en la caridad.

Fue una etapa de abundantes dones y crecimiento en el servicio a Dios en los hermanos. Quisiera compartir algunas anécdotas de ese tiempo que dejaron “huella” y que han sido experiencias de aprendizaje en mi condición de diácono de la Iglesia:

La mano del niño en el Bautismo
Como en todos los sacramentos de la Iglesia, en el Bautismo hay gestos y palabras. En cierta ocasión, estaba bautizando niños y cuando llegó el momento de realizar el rito de ungirlos con el óleo de catecúmenos, uno de ellos me tomó la mano donde sostenía el recipiente. Yo miré a la mamá del niño y le hice un comentario sobre el hecho, celebrando la ocurrencia de su hijo, pero cuando quise proseguir con el siguiente bautizando, este niño no me soltaba y así estuvo unos diez segundos hasta que finalmente me soltó.
Continué con la celebración y después de terminar de administrar el sacramento a todos, tradicionalmente solemos tomarnos fotos. Cuando levanté en brazos a este chico para la foto, repitió la acción de tomarme la mano con fuerza, “era la mano de un niño, pero con la fuerza de un grande”.
Así pasé esta celebración. Luego de la actividad del domingo en la parroquia, por la noche, antes del descanso, me encontré con esta huella en la conciencia: cómo durante el Bautismo me había tomado la mano un niño con una fuerza especial. A los niños los asociamos con la ternura y la delicadeza, pero esta criatura me enseñó que la ternura también está asociada a la firmeza y que la firmeza debe ser transmitida con ternura.

El matrimonio de un solo anillo
Un sábado por la noche, me aprestaba a celebrar uno de mis primeros casamientos. Esperábamos la llegada de la novia; el novio ya había llegado, estaba adelante con su mamá y muy nervioso. Yo también estaba un poco nervioso por la inexperiencia y porque ya habían pasado casi veinticinco minutos del horario estipulado (en general, la novia suele demorarse, esto es costumbre). Durante el diaconado aprendí que tengo que aceptar esto sin perder la paz y la alegría ya que cuando celebramos transmitimos todo. A las celebraciones matrimoniales van muchas personas que no son de una fe asidua a los sacramentos y si ven al diácono o cura “chinchudo” no vinculan esto con la demora de la novia y puede llegar a ser un antitestimonio.
Al fin llegó la novia. Enseguida se ajustaron todos los detalles y comenzó a entrar; sonó la marcha nupcial e inicié la celebración. Al momento de los anillos, se los pedí a una niña que los tenía en una canasta. La sorpresa fue grande cuando me encontré con ¡un solo anillo! Miré al novio para indicar la situación; extrañado, no sabía qué decir. La novia lo miraba a él y a la madrina… Fue un instante difícil, en el que no sabía qué hacer o decir.
Pero el novio extendió la mano, tomó el “único” anillo y al levantarlo descubrió que dentro del anillo más grande estaba como “pegado” el otro de menor tamaño que correspondía a la novia. Todos suspiramos, y sonreímos aliviados. Después del casamiento, me encontré con los novios y nos reíamos de esta boda especial que me tocó vivir, el matrimonio de un solo anillo.
Por el sacramento del matrimonio, los esposos reciben su propio anillo, pero los dos anillos representan una “sola Alianza”. Siempre aconsejo a los esposos que recuerden que es el signo de su amor y fidelidad.

“El viento” que inspira las homilías
La homilía es uno de los primeros servicios que un diácono tiene que realizar. Si bien puede haber condiciones naturales para hablar públicamente, la homilía es más que esto: es anunciar la Palabra de Dios meditada, reflexionada y sobre todo encarnada, para que ilumine la vida cotidiana del pueblo de Dios. En una ocasión, había preparado en un pequeño papel los puntos que meditaría sobre el Evangelio del domingo y lo dejé en el ambón. Comenzó la Misa, y en un momento dado una persona abrió la puerta de la capilla lateral de la Iglesia y entró una ráfaga de viento que provocó que se volara el papel que contenía la homilía.
Cuando me dirigí al ambón para proclamar el Evangelio, busqué por todos lados la hoja con los puntos de reflexión y no la encontré. Se imaginan cómo “entré a transpirar” y a causa de ello, cómo habré proclamado ese Evangelio. Pero en un instante hice un alto y le dije al Espíritu Santo: “¡si me sacaste el papel de la homilía decime dónde lo metiste, y si no lo encuentro soplá tu viento en mis labios y en mi corazón para poder predicar la Palabra de Dios!”.
El Espíritu Santo sopla realmente en nuestras prédicas, cuando con humildad nos abrimos a sus mociones y preparamos desde la oración nuestro corazón y nuestra mente para dejarnos conducir por Él.
Al finalizar la Misa, se acercó una señora y me entregó el papel que contenía los puntos de la homilía. Ella me dijo: “Padre creo que esto es suyo, pues yo observé cuando un viento se la sacó del ambón”. 




La “luna de miel” (Padre Leandro Bonnin)
Mi diaconado fue genial. Un tiempo de inmensas sorpresas, un zambullirme de cuerpo entero en la vida pastoral, un “ya sí, pero todavía no”.
Bendecir por primera vez a mi familia, bendecir a venerables sacerdotes al finalizar la ordenación, fue una experiencia increíble. Entre atónito y asustado, percibía cómo la fuerza del misterio de la Redención “pasaba” a través de esas manos de niño, recién salidas de entre las del Obispo.
Una prueba de fuego en este nuevo camino fue la primera homilía en la capilla del Seminario Mayor. Los compañeros suelen ser muy observadores y tener una gran habilidad para captar –y recordar in saecula saeculorum– cualquier error o imprecisión. Nosotros, en broma, decíamos que era predicarle al Sanedrín. De tal manera que tenía que prepararme bien, y así lo hice.
Prediqué sobre la primera lectura, que estaba tomada de una de las cartas de san Pablo, donde dice que nosotros “debemos reflejar en nuestro rostro la gloria del Señor”. La homilía fue… aceptable, y creo que nadie percibió el persistente temblor de mis rodillas, afortunadamente escondidas por el amplio alba... Pero cuando me senté junto a la sede del sacerdote que presidía, satisfecho de mi opera prima, inexplicablemente el tornillo de uno de los cristales de mis anteojos se salió, y el cristal derecho voló, con la capilla en total silencio... La gente no, pero el tornillo de mis anteojos parecía que sí había percibido mi temblor. Fue así que terminé la celebración con un solo cristal, afortunadamente ya no tenía que leer.
Los fines de semana comencé a ir a mi destino pastoral, mientras preparaba el último examen. El párroco de mi apostolado de ese año estaba feliz de que yo fuera ordenado; le resultaba difícil predicar a los niños, y ahora tenía quien lo hiciera en la Misa matutina del domingo. Preparaba con ilusión cada una de las homilías e intentaba “meter” en ellas todos los años de filosofía y teología... Claro, me llevó un tiempo darme cuenta de que no podía en 10 minutos decirlo todo. La corrección de los sacerdotes y las apreciaciones de juiciosos fieles me fueron ayudando a “aterrizar” un poco mejor.
Posteriormente fui enviado a un nuevo destino. Una pequeña ciudad en los confines de la Arquidiócesis. Allí mi ministerio se fue ampliando en las tareas encomendadas y en el espacio abarcado.
En mi bicicleta de media carrera, con la sotana arremangada y aprovechando el todavía óptimo estado físico que supe tener en el Seminario, recorría una y otra vez el pueblo e incluso llegaba a ciertos puntos del ejido, para visitar a los chicos de las escuelas estatales, misionar en los barrios más alejados, acompañar una convivencia de un grupo de la parroquia o ir a almorzar un buen pescado al horno.
Los meses de diaconado fueron para mí una verdadera luna de miel. Pude palpar la presencia de Dios en tantas almas que, con gran sencillez, me llamaban “Padre”; desde los niños del jardín de infantes hasta nonagenarios.
Pero también el Señor me fue haciendo ingresar en la “noche oscura” en que viven tantas almas, para las cuales la única luz valiosa es Cristo. En mi primer destino, estaba recorriendo el Hospital un domingo por la tarde, saludando al personal, cuando me avisaron que en la sala había una joven que había intentado suicidarse, y que si yo podía ir a estar con ella. “¡Ajá!”, pensé. “¿Y ahora qué hago?”. “¿Qué le digo?”. En ninguna materia del Seminario me habían hablado de estas situaciones, o bien, yo había estado desatento...
Lo cierto es que cuando entré en la sala me senté al lado de la joven, y tímidamente le pregunté: “¿Querés que charlemos un poco?”; ella, dándome una gran lección que todavía conservo, me respondió: “Ahora no: vamos a rezar”.
En mi segundo destino, la sala de velatorio quedaba a la vuelta de la parroquia. Cada vez que había un difunto católico, el empleado de la funeraria nos llamaba y nos decía: “esta tarde, a tal hora llevamos un muerto... se llama…”. Algunas veces nosotros conocíamos a la persona, pero yo era recién llegado.
A la hora indicada, abrí la Iglesia, puse los micrófonos, llevé el ritual al altar, puse el cirio pascual y lo encendí. Tenía preparadas tres o cuatro homilías standard que utilizaba según la ocasión. Todo preparado... eso creía.
Cuando bajaron el ataúd del auto del servicio fúnebre, era un ataúd pequeñísimo, de apenas unos 60 cm. El difunto era un pequeño bebé, no recuerdo ahora si bautizado o no. El dolor de su mamá, de su papá y de todos –que lloraban desconsolados– era impactante. Ninguna de mis cuatro homilías se adaptaba a esta situación. Había que empezar de nuevo; solo pude decirles que miraran la Cruz, que creyeran y confiaran en el Resucitado, y que pidieran a María que los consolara.
Ahí comprendí mejor que con diez charlas que mi formación recién había comenzado, y que solo terminaría cuando partiera a la eternidad.
En la luna de miel, el Padre me seguía formando.




No hay comentarios:

Publicar un comentario