¿Cómo
viviste el tiempo previo a tu ordenación
sacerdotal?
Aprender a descubrir a Dios: el toque con la realidad (Padre Germán Brusa)
Comparto ahora una carta a un amigo misionero, que escribí justamente durante el tiempo de diaconado.
Hola Hermano:
Te cuento que, por ahora y hasta nuevo aviso, estoy ejerciendo el ministerio diaconal en la parroquia San José. A pesar de ser un pueblo tranquilo y con cierta religiosidad, hay mucho por hacer.
En la parroquia hay mucha gente trabajando, pero muy pocos son jóvenes; adolescentes no hay y niños solamente mientras dura la catequesis.
Por otro lado, en Hasenkamp hay como “submundos”; no hace mucho, visitando los barrios más periféricos descubrí que hay gente viviendo en preocupante situación de marginalidad.
Hay una notoria promiscuidad en los adolescentes; “dos por tres” cae una adolescente a bautizar su bebe. En esta línea, te cuento que de los 10 bautismos que llevo hechos, solo uno viene de papás casados por Iglesia. El resto... alguno que otro casado por civil. En la misma comunidad parroquial tenés parejas trabajando que conviven de hace años y que pudiendo casarse no lo hacen, sencillamente porque no quieren (a veces postergan el casamiento hasta tener el dinero suficiente para la fiesta).
Por otro lado, está el tema de los carnavales… ¡Ni se te ocurra hablar en contra! Mucha gente de aquí defiende a muerte los carnavales como algo cultural distintivo del pueblo. Incluso tengo que reconocer que algunas cosas me llenaron de espanto… Ya desde chiquitos los van entrenando para participar de las comparsas. Una vez se me ocurrió decir (a gente de la parroquia) que parte de la promiscuidad en los adolescentes es producto de la estimulación temprana que reciben los niños haciéndolos participar del carnaval, exhibiendo a las nenas con biquinis y bailes sensuales... la respuesta fue inmediata y casi lapidaria: “Yo bailé en los carnavales y no me parece que sea así... usted debería opinar de las cosas que sabe”.
A esta compleja ecuación difícil de resolver (por su no linealidad y comportamiento caótico), hay que sumarle un término implícito no despreciable. Como se dice habitualmente, “pueblo chico, infierno grande”. Hay gente que sabe vida y obra de los demás y se encarga de hacerle gratuitamente su difusión. Además, todo el actuar de las personas es visto en términos dialécticos: te movés como radical o peronista; sos del club Atlético o de Sarmiento; hinchás para la comparsa de los pobres o para la de los conchetos; etc, etc. Esto mismo llevalo al ámbito de la parroquia, donde es difícil que un grupo o movimiento perdure muchos años: ya sea por las “internas” entre la gente que trabaja en la parroquia (existen verdaderas situaciones de odio), ya sea porque cada cambio de cura es un momento propicio para los cambios de poder y sometimiento entre ellos.
A esto hay que sumarle muchas otras situaciones propias y típicas de la atención pastoral: la indisciplina de los niños en la catequesis, la pobreza de expresión en las celebraciones litúrgicas, la cuestión económica en la parroquia, etc.
Por eso, aunque la gente es “creyente”, sin embargo hay mucho por hacer. Esto, más que tirarme atrás me lleva a plantearme la pastoral ordinaria como un desafío misionero. Así, lentamente, he aprendido y voy aprendiendo a descubrir la voluntad de Dios a partir del encuentro con personas concretas.
Visto desde esta perspectiva uno va encontrando caminos, ya que hay mucha gente que quiere crecer en su vida de fe y muchos buscan un cambio en sus vidas. Hay personas de Misa diaria, que rezan la liturgia de las horas y te piden que les enseñes a hacerlo mejor. Hay quienes hacen apostolado y te piden que los acompañes. En el fondo... toda esta situación, un tanto frenética, propia del ritmo de la cultura contemporánea, lo que ha hecho es dejar a las personas con una profunda insatisfacción. Por eso, en muchas de ellas hay una verdadera búsqueda de algo más profundo. Algo que dé sentido a sus vidas. Esto ha sido lo que me ha dado profundas satisfacciones; primero, compartir con varias personas de este lugar una verdadera amistad fundada en Cristo, y luego, el gran deseo de infinito que nos mueve a buscar a Dios en todo.
En la próxima vez que nos veamos o que me escribas contame un poco como es la vida en una comunidad religiosa misionera.
Desde ya te deseo y le deseo a toda la comunidad de Padres una muy Feliz Navidad.
Que el Señor los colme con su gracia y bendición. Con fraternal afecto.
Germán
El servicio de “dar a Dios” (Padre Sergio Hayy)
Mediante el Orden del Diaconado, la Iglesia
nos llama a vivir en actitud de siervo,
en el sentido bíblico de la palabra.
Como diácono, pude celebrar los
primeros casamientos y bautismos, y comencé a predicar en las misas. Las
primeras homilías fueron todo un desafío; era consciente de que la predicación
tenía que estar sustentada por la santidad de vida, por el deseo constante de
transmitir la vida de Dios a la vida de los hermanos.
Durante el diaconado me focalicé en
la promesa de llevar una vida célibe. La vida como célibe tenía que ser en mí
una profunda comunión de amor con Cristo y por ello puse empeño en cuidar la
integridad del alma. Porque el celibato es una gracia, pero al don le respondía
con la búsqueda de un corazón puro y humilde, para así entregarme y brindarme
enteramente. Durante el diaconado me reencontré con el origen del llamado pero de una forma nueva. Me sentía desafiado por
el hecho de ejercer un ministerio del
espíritu, consciente de que no asumía una posición “entre otras” –por
ejemplo ideológica, política o social–, sino un servicio singular; nada más ni
nada menos que el ministerio de “dar a
Dios” en los sacramentos, en la Palabra, en la caridad.
Fue una etapa de abundantes dones y
crecimiento en el servicio a Dios en los hermanos. Quisiera compartir algunas
anécdotas de ese tiempo que dejaron “huella” y que han sido experiencias de
aprendizaje en mi condición de diácono de la Iglesia:
La mano del niño en el Bautismo
Como en todos los sacramentos de la
Iglesia, en el Bautismo hay gestos y palabras. En cierta ocasión, estaba
bautizando niños y cuando llegó el momento de realizar el rito de ungirlos con
el óleo de catecúmenos, uno de ellos me tomó la mano donde sostenía el
recipiente. Yo miré a la mamá del niño y le hice un comentario sobre el hecho,
celebrando la ocurrencia de su hijo, pero cuando quise proseguir con el
siguiente bautizando, este niño no me soltaba y así estuvo unos diez segundos
hasta que finalmente me soltó.
Continué con la celebración y
después de terminar de administrar el sacramento a todos, tradicionalmente
solemos tomarnos fotos. Cuando levanté en brazos a este chico para la foto,
repitió la acción de tomarme la mano con fuerza, “era la mano de un niño, pero con la fuerza de un grande”.
Así pasé esta celebración. Luego de
la actividad del domingo en la parroquia, por la noche, antes del descanso, me
encontré con esta huella en la conciencia: cómo durante el Bautismo me había
tomado la mano un niño con una fuerza especial. A los niños los asociamos con
la ternura y la delicadeza, pero esta criatura me enseñó que la ternura también está asociada a la
firmeza y que la firmeza debe ser
transmitida con ternura.
El matrimonio de un solo anillo
Un sábado por la noche, me
aprestaba a celebrar uno de mis primeros casamientos. Esperábamos la llegada de
la novia; el novio ya había llegado, estaba adelante con su mamá y muy
nervioso. Yo también estaba un poco nervioso por la inexperiencia y porque ya
habían pasado casi veinticinco minutos del horario estipulado (en general, la
novia suele demorarse, esto es costumbre). Durante el diaconado aprendí que
tengo que aceptar esto sin perder la paz y la alegría ya que cuando celebramos
transmitimos todo. A las celebraciones matrimoniales van muchas personas que no
son de una fe asidua a los sacramentos y si ven al diácono o cura “chinchudo”
no vinculan esto con la demora de la novia y puede llegar a ser un
antitestimonio.
Al fin llegó la novia. Enseguida se
ajustaron todos los detalles y comenzó a entrar; sonó la marcha nupcial e
inicié la celebración. Al momento de los anillos, se los pedí a una niña que
los tenía en una canasta. La sorpresa fue grande cuando me encontré con ¡un solo anillo! Miré al novio para
indicar la situación; extrañado, no sabía qué decir. La novia lo miraba a él y
a la madrina… Fue un instante difícil, en el que no sabía qué hacer o decir.
Pero el novio extendió la mano, tomó
el “único” anillo y al levantarlo descubrió que dentro del anillo más grande
estaba como “pegado” el otro de menor tamaño que correspondía a la novia. Todos
suspiramos, y sonreímos aliviados. Después del casamiento, me encontré con los
novios y nos reíamos de esta boda especial que me tocó vivir, el matrimonio de un solo anillo.
Por el sacramento del matrimonio,
los esposos reciben su propio anillo, pero los dos anillos representan una “sola Alianza”. Siempre aconsejo a los
esposos que recuerden que es el signo de su amor y fidelidad.
“El viento” que inspira las homilías
La homilía es uno de los primeros
servicios que un diácono tiene que realizar. Si bien puede haber condiciones
naturales para hablar públicamente, la homilía es más que esto: es anunciar la
Palabra de Dios meditada, reflexionada y sobre todo encarnada, para que ilumine
la vida cotidiana del pueblo de Dios. En una ocasión, había preparado en un
pequeño papel los puntos que meditaría sobre el Evangelio del domingo y lo dejé
en el ambón. Comenzó la Misa, y en un momento dado una persona abrió la puerta
de la capilla lateral de la Iglesia y entró una ráfaga de viento que provocó
que se volara el papel que contenía la homilía.
Cuando me dirigí al ambón para
proclamar el Evangelio, busqué por todos lados la hoja con los puntos de
reflexión y no la encontré. Se imaginan cómo “entré a transpirar” y a causa de
ello, cómo habré proclamado ese Evangelio. Pero en un instante hice un alto y
le dije al Espíritu Santo: “¡si me sacaste el papel de la homilía decime dónde
lo metiste, y si no lo encuentro soplá tu
viento en mis labios y en mi corazón para poder predicar la Palabra de
Dios!”.
El Espíritu Santo sopla realmente
en nuestras prédicas, cuando con humildad nos abrimos a sus mociones y
preparamos desde la oración nuestro corazón y nuestra mente para dejarnos
conducir por Él.
Al finalizar la Misa, se acercó una
señora y me entregó el papel que contenía los puntos de la homilía. Ella me
dijo: “Padre creo que esto es suyo, pues yo observé cuando un viento se la sacó del ambón”.
La “luna de miel” (Padre Leandro Bonnin)
Mi diaconado fue genial. Un tiempo
de inmensas sorpresas, un zambullirme de cuerpo entero en la vida pastoral, un
“ya sí, pero todavía no”.
Bendecir por primera vez a mi
familia, bendecir a venerables sacerdotes al finalizar la ordenación, fue una
experiencia increíble. Entre atónito y asustado, percibía cómo la fuerza del
misterio de la Redención “pasaba” a través de esas manos de niño, recién
salidas de entre las del Obispo.
Una prueba de fuego en este nuevo
camino fue la primera homilía en la capilla del Seminario Mayor. Los compañeros
suelen ser muy observadores y tener una gran habilidad para captar –y recordar in saecula saeculorum– cualquier error o
imprecisión. Nosotros, en broma, decíamos que era predicarle al Sanedrín. De
tal manera que tenía que prepararme bien, y así lo hice.
Prediqué sobre la primera lectura,
que estaba tomada de una de las cartas de san Pablo, donde dice que nosotros
“debemos reflejar en nuestro rostro la gloria del Señor”. La homilía fue…
aceptable, y creo que nadie percibió el persistente temblor de mis rodillas,
afortunadamente escondidas por el amplio alba... Pero cuando me senté junto a la
sede del sacerdote que presidía, satisfecho de mi opera prima, inexplicablemente el tornillo de uno de los cristales
de mis anteojos se salió, y el cristal derecho voló, con la capilla en total
silencio... La gente no, pero el tornillo de mis anteojos parecía que sí había
percibido mi temblor. Fue así que terminé la celebración con un solo cristal,
afortunadamente ya no tenía que leer.
Los fines de semana comencé a ir a
mi destino pastoral, mientras preparaba el último examen. El párroco de mi
apostolado de ese año estaba feliz de que yo fuera ordenado; le resultaba
difícil predicar a los niños, y ahora tenía quien lo hiciera en la Misa
matutina del domingo. Preparaba con ilusión cada una de las homilías e
intentaba “meter” en ellas todos los años de filosofía y teología... Claro, me
llevó un tiempo darme cuenta de que no podía en 10 minutos decirlo todo. La
corrección de los sacerdotes y las apreciaciones de juiciosos fieles me fueron
ayudando a “aterrizar” un poco mejor.
Posteriormente fui enviado a un nuevo
destino. Una pequeña ciudad en los confines de la Arquidiócesis. Allí mi
ministerio se fue ampliando en las tareas encomendadas y en el espacio
abarcado.
En mi bicicleta de media carrera,
con la sotana arremangada y aprovechando el todavía óptimo estado físico que
supe tener en el Seminario, recorría una y otra vez el pueblo e incluso llegaba
a ciertos puntos del ejido, para visitar a los chicos de las escuelas
estatales, misionar en los barrios más alejados, acompañar una convivencia de
un grupo de la parroquia o ir a almorzar un buen pescado al horno.
Los meses de diaconado fueron para
mí una verdadera luna de miel. Pude palpar la presencia de Dios en tantas almas
que, con gran sencillez, me llamaban “Padre”; desde los niños del jardín de
infantes hasta nonagenarios.
Pero también el Señor me fue
haciendo ingresar en la “noche oscura” en que viven tantas almas, para las
cuales la única luz valiosa es Cristo. En mi primer destino, estaba recorriendo
el Hospital un domingo por la tarde, saludando al personal, cuando me avisaron
que en la sala había una joven que había intentado suicidarse, y que si yo
podía ir a estar con ella. “¡Ajá!”, pensé. “¿Y ahora qué hago?”. “¿Qué le
digo?”. En ninguna materia del Seminario me habían hablado de estas situaciones,
o bien, yo había estado desatento...
Lo cierto es que cuando entré en la
sala me senté al lado de la joven, y tímidamente le pregunté: “¿Querés que
charlemos un poco?”; ella, dándome una gran lección que todavía conservo, me
respondió: “Ahora no: vamos a rezar”.
En mi segundo destino, la sala de
velatorio quedaba a la vuelta de la parroquia. Cada vez que había un difunto
católico, el empleado de la funeraria nos llamaba y nos decía: “esta tarde, a
tal hora llevamos un muerto... se llama…”. Algunas veces nosotros conocíamos a
la persona, pero yo era recién llegado.
A la hora indicada, abrí la
Iglesia, puse los micrófonos, llevé el ritual al altar, puse el cirio pascual y
lo encendí. Tenía preparadas tres o cuatro homilías standard que utilizaba según la ocasión. Todo preparado... eso
creía.
Cuando bajaron el ataúd del auto
del servicio fúnebre, era un ataúd pequeñísimo, de apenas unos 60 cm. El
difunto era un pequeño bebé, no recuerdo ahora si bautizado o no. El dolor de
su mamá, de su papá y de todos –que lloraban desconsolados– era impactante.
Ninguna de mis cuatro homilías se adaptaba a esta situación. Había que empezar
de nuevo; solo pude decirles que miraran la Cruz, que creyeran y confiaran en
el Resucitado, y que pidieran a María que los consolara.
Ahí comprendí mejor que con diez
charlas que mi formación recién había comenzado, y que solo terminaría cuando
partiera a la eternidad.
En la luna de miel, el Padre me
seguía formando.
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