¿Qué se
siente el día en que comenzás a ser
sacerdote?
Dios es audaz (Padre Leandro Bonnin)
Al regresar desde la Catedral al
Seminario junto a los padres Jorge, Leandro y Walter, el día en que fuimos
ordenados diáconos, les comenté con plena convicción: “realmente, Dios es
audaz”.
Esa audacia divina de elegir a
hombres de barro para ser sus ministros la pude percibir todavía de forma más
nítida en la ordenación sacerdotal.
Viví mi consagración con una gran
intensidad. La Iglesia, en su sabiduría, nos pide a los que seremos sacerdotes
que nos preparemos con un retiro de varios días, para poder tomar la mayor
conciencia posible de lo que va a suceder. Así nos preparamos con mis otros
compañeros.
Mi primer recuerdo es en la puerta
de la Catedral. El inciensario, los cirios, la cruz procesional, todo era
semejante a cada año. Con nuestras albas y dalmáticas, traspasamos el umbral y
se escuchaba el órgano de tubos, dando majestuoso los primeros acordes del
Pueblo de Reyes. Uno de mis compañeros me miró, me hizo señas de que me acerque
y dijo: “¿vos caíste que somos nosotros esta vez?”. Nueve años antes había
asistido a mi primera ordenación sacerdotal, y la había soñado y anhelado cada
vez más: el momento al fin había llegado.
En ese instante, como en un rápido
pantallazo, pude visualizar los años de formación: las competencias del Menor,
el propedéutico, los exámenes, las misiones de verano, los apostolados, el
bedelato...
El segundo momento que recuerdo
bien es el de la postración. Lo había
vivido hondamente en mi ordenación diaconal, pero esta vez fue aún más fuerte.
La grandeza del sacerdocio y la fragilidad que uno siente en ese momento ante
el misterio que se avecina hacen que “postrarse” sea casi espontáneo, natural.
No lo hacés porque te lo diga el maestro de ceremonias: sentís la necesidad. La
percepción aguda de mis pecados y de mi ineptitud se combinaba en ese momento
con la certeza del llamado: “no son ustedes los que me eligieron... yo los
elegí”.
Y se combina, sobre todo, con otra
consoladora certeza: ¡no están solos! La Catedral puesta de rodillas invocando
a los santos es una imagen que me acompaña siempre. Me sentí –y me siento
todavía hoy– “arropado” por la oración de toda la Iglesia, tanto la de la
tierra como la del Cielo. Sé que mi ministerio no es una empresa personal, que
no soy un soldado solitario que pelea sus propias batallas, sino que mi
servicio se enmarca en la Iglesia de todos los siglos. Pedro, Pablo, Ireneo,
Agustín, Francisco, Tomás, Ignacio, Teresita... todos estaban allí y están
siempre conmigo.
La imposición de manos del Obispo y de todos los presbíteros es un
momento crucial. En ese Obispo concreto estaba la sucesión apostólica. A través
de sus manos y de la ininterrumpida cadena histórica, tenía la certeza de ser
alcanzado por las manos de Cristo... En las manos de los presbíteros reconocí
las de una nueva familia espiritual, cuyos lazos son tanto o más fuertes que
los de la sangre.
No quiero dejar de mencionar el
momento en que fui revestido con mis ornamentos. Momento en que se fusionan lo
divino y humano, en una armoniosa síntesis. Porque los nuevos vestidos
simbolizan una realidad más profunda: la nueva identidad, la configuración ontológica
(en el ser) con Jesucristo, cabeza y esposo de la Iglesia. Pero quienes me
ayudaban a revestirme tenían un rostro concreto: el rostro sacerdotal de
hombres entregados a Dios, sufridos, en cuyo ministerio pude identificarme
desde pequeño. Porque así actúa Dios: algunas veces en lo íntimo del alma,
directamente, pero muchas otras a través de sus instrumentos, de personas
dóciles que lo visibilizan. El abrazo simple pero efusivo en su sobriedad fue
como el abrazo del Padre Dios que me decía “Tú eres mi Hijo... Tú eres
sacerdote para siempre... mediador entre Dios y los hombres”.
Al finalizar la celebración, los
fieles se acercaban a nosotros con una emoción inocultable. Esta vez no nos
pedían solo la bendición, nos tomaban las manos y, reverentes, las besaban. Sus
ojos veían a nosotros, los mismos de antes. Pero su fe les decía, y con su
gesto generoso nos enseñaban: “estas manos son las manos de Cristo”.
Esa es la audacia de Dios, la
locura del sacerdocio: mis manos son Sus manos.
Aprender a vivir con intensidad la vocación: el servicio (Padre Leandro
Bonnin)
Si bien viví con mucha intensidad
la ordenación, no puedo dejar de reconocer que esa intensidad sigue creciendo.
En mi ordenación y mis primeras misas, alcanzaba a percibir la grandeza del
ministerio, pero esa intuición es poca cosa comparada con la realidad. Hoy
estoy viviendo situaciones que jamás hubiera pensado iba a vivir.
Por eso, a pocos años de esa gran
emoción, descubro con más fuerza la grandeza de este don del sacerdocio. Ya
desde mis primeros pasos en la parroquia Santa Rosa fui entrando gozosamente en
esta dinámica del don.
Una de las primeras impresiones
fuertes fue el acompañamiento en situaciones de pobreza, sufrimiento y dolor. “Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de
comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo,
y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. (Mt.
25, 35-36). Este ha sido uno de los textos del Evangelio que más me ayudó a
vivir con serenidad y paciencia el ministerio sacerdotal. Frente a las
continuas situaciones de dolor con las que a diario me iba encontrando, meditar
sobre el misterio de la Encarnación a partir de este texto me ha ayudado mucho.
No siempre supe descubrir esto de modo inmediato, pero es evidente que Jesús se
me ha hecho presente en ellos. Tomarme en serio el sufrimiento del otro (en
cada responso, en cada visita a enfermos, escuchando a los presos, etc.) me ha
llevado a reconocerme como un verdadero instrumento en las manos del Señor: ser
otro Cristo, ser el mismo Cristo. En este sentido solo el Señor nos puede hacer uno con el otro. De no ser así, mi lema
sacerdotal sería un fingimiento, una mera propaganda: “Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a
cualquier precio” (1Cor. 9, 22).
También me ha ayudado el compartir
con las familias. La gracia particular que en ese primer año de sacerdocio he
tenido fue el compartir muchos y distintos momentos con varias familias de
Villaguay. Evidentemente Villaguay vive un clima “familiero” donde al sacerdote
le dan una calurosa acogida. Este ha sido un verdadero regalo del Señor y por
el cual le estoy enormemente agradecido. Son varias las familias que me
descubrieron como un hombre llamado por Dios. Que percibieron la profundidad del
llamado. Que descubrieron que yo llevaba “un tesoro en vasija de barro” y por
eso me ayudaron a cuidarlo. Familias que día a día crecen en su vocación han
sido un fuerte estímulo humano para crecer en la mía.
También ha sido muy fuerte la
Experiencia misionera. De las tres situaciones de misión que señala la carta de
Juan Pablo II Redemptoris Missio he
tenido la experiencia completa.
Atención pastoral: fundamentalmente la he vivido en la pastoral
ordinaria de la parroquia, donde día a día mucha gente solicita el servicio de
algún sacerdote: celebración de la Eucaristía y Sacramentos en general,
bendiciones, responsos, dirección espiritual, etc.
Nueva evangelización: tratando de recuperar la fe de los que por distintas
razones se alejaron de la Iglesia. Es el caso del acompañamiento que me tocó
hacer en las escuelas especiales y en los barrios más periféricos de la ciudad.
También con algunos intentos de diálogo fe-razón con docentes y profesionales.
Misión Ad Gentes: esto lo viví en el apostolado en el basural y la
jefatura, donde hay mucha gente que aún no conoce a Cristo y están deseosos de
recibirlo.
En esas situaciones recordaba esta
idea de Mons. Casaretto en una reunión de Clero: “vivimos un tiempo existencial
y nuestra mejor respuesta en tiempo existencial es la caridad”. Lo primero a
plantearse es nuestra respuesta a todas las situaciones de dolor y angustia que
toda nuestra gente vive (especialmente los que están más alejados de Dios).
En este sentido creo que hay que
seguir abriendo “frentes”. Es bien sabido que cada vez son más los jóvenes que
sufren el flagelo de la droga. Algunos se plantean salir de ella pero no hay
muchas instituciones o grupos profesionales que se hagan cargo de ellos. Por
otro lado, cuantas parejas han fracasado en su matrimonio y forman otro
(incluso gente de Iglesia); muchos de ellos buscan ayuda en la parroquia pero
no solo no hay nada pensado para ellos que los contenga, sino que muchas veces
no son bien acogidos.
Estas dos situaciones son bastante
comunes en los ámbitos parroquiales y surgen en charlas o consultas personales.
Uno intenta dar una respuesta desde la fe (y ya es mucho), pero aun así soy
consciente de que hay que hacer algo más. En las parroquias hay muchos
profesionales que viven coherentemente su fe y siento que están siendo
desaprovechados. Algunos porque prefieren quedarse cómodos, pero otros porque
aún no han sido convocados.
Por otro lado, yendo a visitar a
los enfermos al hospital aprendí que no basta con darles los sacramentos a
ellos, también hay que trabajar con todos los agentes, trabajadores y
profesionales de la salud. Desde la fe tenemos mucho que aportar a este sector.
Además, estoy convencido de que tenemos que apoyar más a nuestros profesionales
católicos. Muchos buenos médicos y enfermeros se sienten verdaderamente como
ovejas en medio de lobos trabajando en los hospitales y en las clínicas, sin
que desde la Iglesia les demos un apoyo o al menos la posibilidad de ser
escuchados.
El otro tema sobre el que empecé a
incursionar fue el de la “religiosidad popular”. Sin duda, en cuestiones de
atención pastoral hay que seguir haciendo un gran esfuerzo por reeducar a las
personas. La devoción o religiosidad popular son el origen y oportunidad de
llegar con el Evangelio a mucha gente. Era increíble la cantidad de agua y de
estampas que se bendecían por día, pero el uso que se hacía de ellas muchas
veces rayaba la superstición: cadenas de favores con la estampa de san
Expedito, agua bendita para la “Nely Fani” (una curandera del pueblo), medallas
con cintas rojas contra la envidia, etc. La cuestión es que muchos se quedan
solo con este tipo de prácticas y no requieren nada más del sacerdote. Mucha
gente encargaba misas… muchas misas: por difuntos, pidiendo a los santos, etc.
Pero eran muy pocos los que asistían a estas.
Desde aquel entonces hasta hoy
todas estas situaciones siguen siendo para mí un constante desafío. Porque no
estamos hablando de un simple paso “del mito al logos”, sino de ayudar a muchas
personas que buscan a Dios a que tengan un verdadero encuentro con Jesucristo.
Para eso... fui ordenado sacerdote
Padre, me pongo en tus manos (Padre Sergio Hayy)
El camino inmediato hacia la
ordenación presbiteral está rodeado de cuestiones que dispersan un poco, como
tratar de llegar a todas las personas que acompañaron en el camino: los
compañeros de la secundaria, familiares, amigos de diversos ámbitos donde
transcurrió tu vida; a todos los que uno espera que participen de un
acontecimiento tan decisivo.
Pero más allá de esto, pasan sobre
todo muchas cosas dentro y la oración
es el lugar donde el buen Dios sigue ultimando los detalles para ofrecer la
gracia especial de configurar a un hombre en un sacerdote, un pastor forjado en
el corazón del Buen Pastor.
En esos días previos centré la
lectura espiritual en dos personas portadoras de gran carisma, a los cuales
conocí a partir de sus escritos. En primer lugar, el hermano Carlos de
Foucauld, francés, fundador de los “Hermanitos de Jesús”. Fue una referencia
fecunda, una invitación a vivir simple y veraz, profundo y cautivado por el
Dios vivo; un llamado a un estilo de vida radicalmente evangélico. Él decía: “ahora que estoy convencido de que Dios
existe, no me queda más que vivir para Él”.
Éstos eran los sentimientos que me
rodeaban. Como sacerdote, puso el Evangelio
y la Eucaristía en el centro de su
espiritualidad y existencia, fuente de su vida y misión. En él encontré una
personalidad que irradia la locura del
abandono y su vida estaba rodeada siempre de una atmósfera sobrenatural. Naturalmente, vivía la confianza filial que
está descrita en su ya clásica oración “Padre, me pongo en tus manos”.
También llegué animado por un
escrito de Hugo Wast, contenido en un pequeño libro color celeste que en la
tapa tenía una barca española color azul. Era un escrito vocacional que
contenía frases sobre el sacerdocio; entre ellas, la siguiente: “Cuando se piensa que un sacerdote hace más
falta que un rey, más que un militar, más que un banquero, más que un médico, más que un maestro; es porque él puede
reemplazarlos a todos y ninguno puede
reemplazarlo a él”.
Los dos me ayudaron a mantener viva
la llama de la vocación sacerdotal, y especialmente a compartir el amor por la
Palabra de Dios, por la Eucaristía y por la vocación sacerdotal, que
posibilitaría servir las dos mesas para el pueblo de Dios, la mesa de la
Palabra y la mesa de la Comunión.
Así, llegó el día de la ordenación
presbiteral en la Catedral de Paraná el 21 de abril de 2001. Era una mañana
otoñal fresca y radiante. Una semana antes había hecho el retiro en el
Monasterio Benedictino Nuestra Señora del Paraná, predicado por Monseñor
Puiggari y pasé la noche previa en el Seminario con el fin de llegar con toda
la vida dispuesta para ser ordenado e integrar el presbiterio de la diócesis de
Paraná.
Al entrar en la Catedral sentía que
iba a ser ordenado en un lugar que quería mucho y sentía esa presencia luminosa
del Espíritu Santo guiándolo todo.
Entre los ritos más impactantes
está el de la postración, con la que significamos nuestra nada. Se me vino la
imagen de Cristo Crucificado: con Él moría y unido a Él, nacía un Ser Nuevo.
Como decía nuestro patrono san Juan María Vianney: “Me postré consciente de mi nada, me levanté sacerdote para siempre”.
Luego vino la Imposición de manos y
la Oración consecratoria: al fin era sacerdote, ¡que alegría honda! ¡¡¡Cuán
pleno me sentía!!!
Después de que el Obispo impone las
manos, van pasando todos los sacerdotes concelebrantes e imponen también ellos
las manos sobre el ordenando para significar la comunión nueva que se establece
entre el presbiterio y el neo sacerdote que se incorpora. Cada mano sacerdotal
que se detenía en mi cabeza, era un hermano nuevo que me recibía en su corazón
de sacerdote.
Un momento especial fue cuando, por
primera vez, pronuncié las palabras de la consagración, indicando con la mano
derecha el pan transformándose en Su Cuerpo y el vino transformándose en Su
Sangre. Aquellas mismas palabras que fueron el vehículo a través del cual, casi
ocho años antes, el Señor me llamó al ministerio presbiteral: “hagan esto en conmemoración mía”. Hoy,
cada vez que pronuncio la consagración, se me hace vivo y presente el
importantísimo momento de gracia que acontece en la liturgia.
Al finalizar la celebración, los
aplausos de la asamblea expresan la alegría del pueblo de Dios por contar con
un nuevo pastor de almas. El gozo parece interminable.
Al día siguiente llegó el momento
de la primera Misa que celebré en el Cementerio Municipal de Paraná. ¿Por qué
allí? En parte porque era mi lugar de referencia desde la niñez; pero la razón
eclesial es por estar dentro la pequeña Capilla Santísima Trinidad, a la que yo
pertenecía. La Misa la hice en la Cruz Mayor; era el lugar más apropiado, a
poca distancia estaba en construcción el Santuario a “Jesús Misericordioso”.
Providencialmente, fue el domingo
establecido por el entonces beato Juan Pablo II, como Domingo de la Divina
Misericordia. Estas dos notas marcaron mi primera Misa: celebrarla en el
Cementerio y el día de la Misericordia Divina manifestada en Cristo. Al principio,
Monseñor Karlic se sorprendió por el lugar escogido, pero como buen teólogo y
gran pastor no tardó en encontrar razones para autorizar que presidiera en ese
lugar.
Así, mi primera Misa tenía un
entorno especial: entre nichos y tumbas antiquísimas estaban las sillas y
canteros donde se sentaban las personas. Así se armó la Iglesia cuyo techo era el cielo, en la cual el espacio sagrado era
suficiente para todos aquellos que quisieran entrar. No tenía paredes que la
delimitaran, ni ventanas para abrir con el fin de que entre el aire puro.
Participaron varios sacerdotes,
amigos, mi familia, mi padre y mi madre, hermanos y sobrinos; mis abuelos desde
el cielo, tíos muy queridos... todos estuvieron presentes. Especialmente quiero
mencionar a tía Dora, quien era sacristana del Santuario de San Antonio de
Padua en Parque Patricios, ciudad autónoma de Buenos Aires, por su profunda
vida de fe.
Ella me acompañó día a día con su
oración continua. Cada mes la tía me escribía –con una metodicidad envidiable–
una carta donde me recordaba su oración. Era muy humilde pero muy rica a los
ojos de Dios; se había casado a una edad madura con el sacristán de ese
Santuario que se llamaba Antonio, de nacionalidad portuguesa. Se conocieron en
la Iglesia y contrajeron matrimonio; no tuvieron hijos y compartieron pocos
años juntos. Al quedar viuda, vivió toda su vida para Dios y para la Iglesia.
Tenía la sabiduría de los pobres y por eso supo elegir el regalo de ordenación,
ella me regaló el cáliz. Un cáliz muy simple pero para adquirirlo gastó todo lo
que tenía. Tía Dora me traía a la memoria a la viuda del Evangelio que dio dos
monedas como ofrenda que era todo lo que tenía para vivir.
También estaba presente la Mater
(Madre Tres Veces Admirable) por medio de un cuadro que acercaron los
coordinadores del Movimiento de Schöenstatt en Paraná. La Mater y su Santuario,
fueron durante muchos años el refugio seguro de mi vocación, cuando todavía
estaba oculta a los ojos de los hombres, pero vigilada bajo Su mirada amorosa.
Ella la cobijó y me preservó del maligno en múltiples formas y situaciones.
El día de la ordenación presbiteral
y el de mi primera Misa fueron jornadas llenas de luz, llenas de Dios y llena
de hermanos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario