Ordenación

4. La Ordenación


¿Qué se siente el día en que comenzás  a ser sacerdote?



Dios es audaz (Padre Leandro Bonnin)
Al regresar desde la Catedral al Seminario junto a los padres Jorge, Leandro y Walter, el día en que fuimos ordenados diáconos, les comenté con plena convicción: “realmente, Dios es audaz”.
Esa audacia divina de elegir a hombres de barro para ser sus ministros la pude percibir todavía de forma más nítida en la ordenación sacerdotal.
Viví mi consagración con una gran intensidad. La Iglesia, en su sabiduría, nos pide a los que seremos sacerdotes que nos preparemos con un retiro de varios días, para poder tomar la mayor conciencia posible de lo que va a suceder. Así nos preparamos con mis otros compañeros.
Mi primer recuerdo es en la puerta de la Catedral. El inciensario, los cirios, la cruz procesional, todo era semejante a cada año. Con nuestras albas y dalmáticas, traspasamos el umbral y se escuchaba el órgano de tubos, dando majestuoso los primeros acordes del Pueblo de Reyes. Uno de mis compañeros me miró, me hizo señas de que me acerque y dijo: “¿vos caíste que somos nosotros esta vez?”. Nueve años antes había asistido a mi primera ordenación sacerdotal, y la había soñado y anhelado cada vez más: el momento al fin había llegado.
En ese instante, como en un rápido pantallazo, pude visualizar los años de formación: las competencias del Menor, el propedéutico, los exámenes, las misiones de verano, los apostolados, el bedelato...
El segundo momento que recuerdo bien es el de la postración. Lo había vivido hondamente en mi ordenación diaconal, pero esta vez fue aún más fuerte. La grandeza del sacerdocio y la fragilidad que uno siente en ese momento ante el misterio que se avecina hacen que “postrarse” sea casi espontáneo, natural. No lo hacés porque te lo diga el maestro de ceremonias: sentís la necesidad. La percepción aguda de mis pecados y de mi ineptitud se combinaba en ese momento con la certeza del llamado: “no son ustedes los que me eligieron... yo los elegí”.
Y se combina, sobre todo, con otra consoladora certeza: ¡no están solos! La Catedral puesta de rodillas invocando a los santos es una imagen que me acompaña siempre. Me sentí –y me siento todavía hoy– “arropado” por la oración de toda la Iglesia, tanto la de la tierra como la del Cielo. Sé que mi ministerio no es una empresa personal, que no soy un soldado solitario que pelea sus propias batallas, sino que mi servicio se enmarca en la Iglesia de todos los siglos. Pedro, Pablo, Ireneo, Agustín, Francisco, Tomás, Ignacio, Teresita... todos estaban allí y están siempre conmigo.
La imposición de manos del Obispo y de todos los presbíteros es un momento crucial. En ese Obispo concreto estaba la sucesión apostólica. A través de sus manos y de la ininterrumpida cadena histórica, tenía la certeza de ser alcanzado por las manos de Cristo... En las manos de los presbíteros reconocí las de una nueva familia espiritual, cuyos lazos son tanto o más fuertes que los de la sangre.
No quiero dejar de mencionar el momento en que fui revestido con mis ornamentos. Momento en que se fusionan lo divino y humano, en una armoniosa síntesis. Porque los nuevos vestidos simbolizan una realidad más profunda: la nueva identidad, la configuración ontológica (en el ser) con Jesucristo, cabeza y esposo de la Iglesia. Pero quienes me ayudaban a revestirme tenían un rostro concreto: el rostro sacerdotal de hombres entregados a Dios, sufridos, en cuyo ministerio pude identificarme desde pequeño. Porque así actúa Dios: algunas veces en lo íntimo del alma, directamente, pero muchas otras a través de sus instrumentos, de personas dóciles que lo visibilizan. El abrazo simple pero efusivo en su sobriedad fue como el abrazo del Padre Dios que me decía “Tú eres mi Hijo... Tú eres sacerdote para siempre... mediador entre Dios y los hombres”.
Al finalizar la celebración, los fieles se acercaban a nosotros con una emoción inocultable. Esta vez no nos pedían solo la bendición, nos tomaban las manos y, reverentes, las besaban. Sus ojos veían a nosotros, los mismos de antes. Pero su fe les decía, y con su gesto generoso nos enseñaban: “estas manos son las manos de Cristo”.
Esa es la audacia de Dios, la locura del sacerdocio: mis manos son Sus manos.




Aprender a vivir con intensidad la vocación: el servicio (Padre Leandro Bonnin)
Si bien viví con mucha intensidad la ordenación, no puedo dejar de reconocer que esa intensidad sigue creciendo. En mi ordenación y mis primeras misas, alcanzaba a percibir la grandeza del ministerio, pero esa intuición es poca cosa comparada con la realidad. Hoy estoy viviendo situaciones que jamás hubiera pensado iba a vivir.
Por eso, a pocos años de esa gran emoción, descubro con más fuerza la grandeza de este don del sacerdocio. Ya desde mis primeros pasos en la parroquia Santa Rosa fui entrando gozosamente en esta dinámica del don.
Una de las primeras impresiones fuertes fue el acompañamiento en situaciones de pobreza, sufrimiento y dolor. “Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. (Mt. 25, 35-36). Este ha sido uno de los textos del Evangelio que más me ayudó a vivir con serenidad y paciencia el ministerio sacerdotal. Frente a las continuas situaciones de dolor con las que a diario me iba encontrando, meditar sobre el misterio de la Encarnación a partir de este texto me ha ayudado mucho. No siempre supe descubrir esto de modo inmediato, pero es evidente que Jesús se me ha hecho presente en ellos. Tomarme en serio el sufrimiento del otro (en cada responso, en cada visita a enfermos, escuchando a los presos, etc.) me ha llevado a reconocerme como un verdadero instrumento en las manos del Señor: ser otro Cristo, ser el mismo Cristo. En este sentido solo el Señor nos puede hacer uno con el otro. De no ser así, mi lema sacerdotal sería un fingimiento, una mera propaganda: “Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio” (1Cor. 9, 22).
También me ha ayudado el compartir con las familias. La gracia particular que en ese primer año de sacerdocio he tenido fue el compartir muchos y distintos momentos con varias familias de Villaguay. Evidentemente Villaguay vive un clima “familiero” donde al sacerdote le dan una calurosa acogida. Este ha sido un verdadero regalo del Señor y por el cual le estoy enormemente agradecido. Son varias las familias que me descubrieron como un hombre llamado por Dios. Que percibieron la profundidad del llamado. Que descubrieron que yo llevaba “un tesoro en vasija de barro” y por eso me ayudaron a cuidarlo. Familias que día a día crecen en su vocación han sido un fuerte estímulo humano para crecer en la mía.
También ha sido muy fuerte la Experiencia misionera. De las tres situaciones de misión que señala la carta de Juan Pablo II Redemptoris Missio he tenido la experiencia completa.
Atención pastoral: fundamentalmente la he vivido en la pastoral ordinaria de la parroquia, donde día a día mucha gente solicita el servicio de algún sacerdote: celebración de la Eucaristía y Sacramentos en general, bendiciones, responsos, dirección espiritual, etc.
Nueva evangelización: tratando de recuperar la fe de los que por distintas razones se alejaron de la Iglesia. Es el caso del acompañamiento que me tocó hacer en las escuelas especiales y en los barrios más periféricos de la ciudad. También con algunos intentos de diálogo fe-razón con docentes y profesionales.
Misión Ad Gentes: esto lo viví en el apostolado en el basural y la jefatura, donde hay mucha gente que aún no conoce a Cristo y están deseosos de recibirlo.
En esas situaciones recordaba esta idea de Mons. Casaretto en una reunión de Clero: “vivimos un tiempo existencial y nuestra mejor respuesta en tiempo existencial es la caridad”. Lo primero a plantearse es nuestra respuesta a todas las situaciones de dolor y angustia que toda nuestra gente vive (especialmente los que están más alejados de Dios).
En este sentido creo que hay que seguir abriendo “frentes”. Es bien sabido que cada vez son más los jóvenes que sufren el flagelo de la droga. Algunos se plantean salir de ella pero no hay muchas instituciones o grupos profesionales que se hagan cargo de ellos. Por otro lado, cuantas parejas han fracasado en su matrimonio y forman otro (incluso gente de Iglesia); muchos de ellos buscan ayuda en la parroquia pero no solo no hay nada pensado para ellos que los contenga, sino que muchas veces no son bien acogidos.
Estas dos situaciones son bastante comunes en los ámbitos parroquiales y surgen en charlas o consultas personales. Uno intenta dar una respuesta desde la fe (y ya es mucho), pero aun así soy consciente de que hay que hacer algo más. En las parroquias hay muchos profesionales que viven coherentemente su fe y siento que están siendo desaprovechados. Algunos porque prefieren quedarse cómodos, pero otros porque aún no han sido convocados.
Por otro lado, yendo a visitar a los enfermos al hospital aprendí que no basta con darles los sacramentos a ellos, también hay que trabajar con todos los agentes, trabajadores y profesionales de la salud. Desde la fe tenemos mucho que aportar a este sector. Además, estoy convencido de que tenemos que apoyar más a nuestros profesionales católicos. Muchos buenos médicos y enfermeros se sienten verdaderamente como ovejas en medio de lobos trabajando en los hospitales y en las clínicas, sin que desde la Iglesia les demos un apoyo o al menos la posibilidad de ser escuchados.
El otro tema sobre el que empecé a incursionar fue el de la “religiosidad popular”. Sin duda, en cuestiones de atención pastoral hay que seguir haciendo un gran esfuerzo por reeducar a las personas. La devoción o religiosidad popular son el origen y oportunidad de llegar con el Evangelio a mucha gente. Era increíble la cantidad de agua y de estampas que se bendecían por día, pero el uso que se hacía de ellas muchas veces rayaba la superstición: cadenas de favores con la estampa de san Expedito, agua bendita para la “Nely Fani” (una curandera del pueblo), medallas con cintas rojas contra la envidia, etc. La cuestión es que muchos se quedan solo con este tipo de prácticas y no requieren nada más del sacerdote. Mucha gente encargaba misas… muchas misas: por difuntos, pidiendo a los santos, etc. Pero eran muy pocos los que asistían a estas.
Desde aquel entonces hasta hoy todas estas situaciones siguen siendo para mí un constante desafío. Porque no estamos hablando de un simple paso “del mito al logos”, sino de ayudar a muchas personas que buscan a Dios a que tengan un verdadero encuentro con Jesucristo.
Para eso... fui ordenado sacerdote




Padre, me pongo en tus manos (Padre Sergio Hayy)

El camino inmediato hacia la ordenación presbiteral está rodeado de cuestiones que dispersan un poco, como tratar de llegar a todas las personas que acompañaron en el camino: los compañeros de la secundaria, familiares, amigos de diversos ámbitos donde transcurrió tu vida; a todos los que uno espera que participen de un acontecimiento tan decisivo.
Pero más allá de esto, pasan sobre todo muchas cosas dentro y la oración es el lugar donde el buen Dios sigue ultimando los detalles para ofrecer la gracia especial de configurar a un hombre en un sacerdote, un pastor forjado en el corazón del Buen Pastor.
En esos días previos centré la lectura espiritual en dos personas portadoras de gran carisma, a los cuales conocí a partir de sus escritos. En primer lugar, el hermano Carlos de Foucauld, francés, fundador de los “Hermanitos de Jesús”. Fue una referencia fecunda, una invitación a vivir simple y veraz, profundo y cautivado por el Dios vivo; un llamado a un estilo de vida radicalmente evangélico. Él decía: “ahora que estoy convencido de que Dios existe, no me queda más que vivir para Él”.
Éstos eran los sentimientos que me rodeaban. Como sacerdote, puso el Evangelio y la Eucaristía en el centro de su espiritualidad y existencia, fuente de su vida y misión. En él encontré una personalidad que irradia la locura del abandono y su vida estaba rodeada siempre de una atmósfera sobrenatural. Naturalmente, vivía la confianza filial que está descrita en su ya clásica oración “Padre, me pongo en tus manos”.
También llegué animado por un escrito de Hugo Wast, contenido en un pequeño libro color celeste que en la tapa tenía una barca española color azul. Era un escrito vocacional que contenía frases sobre el sacerdocio; entre ellas, la siguiente: “Cuando se piensa que un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un banquero, más que un médico, más que un maestro; es porque él puede reemplazarlos a todos y ninguno puede reemplazarlo a él”.
Los dos me ayudaron a mantener viva la llama de la vocación sacerdotal, y especialmente a compartir el amor por la Palabra de Dios, por la Eucaristía y por la vocación sacerdotal, que posibilitaría servir las dos mesas para el pueblo de Dios, la mesa de la Palabra y la mesa de la Comunión.
Así, llegó el día de la ordenación presbiteral en la Catedral de Paraná el 21 de abril de 2001. Era una mañana otoñal fresca y radiante. Una semana antes había hecho el retiro en el Monasterio Benedictino Nuestra Señora del Paraná, predicado por Monseñor Puiggari y pasé la noche previa en el Seminario con el fin de llegar con toda la vida dispuesta para ser ordenado e integrar el presbiterio de la diócesis de Paraná.
Al entrar en la Catedral sentía que iba a ser ordenado en un lugar que quería mucho y sentía esa presencia luminosa del Espíritu Santo guiándolo todo.
Entre los ritos más impactantes está el de la postración, con la que significamos nuestra nada. Se me vino la imagen de Cristo Crucificado: con Él moría y unido a Él, nacía un Ser Nuevo. Como decía nuestro patrono san Juan María Vianney: “Me postré consciente de mi nada, me levanté sacerdote para siempre”.
Luego vino la Imposición de manos y la Oración consecratoria: al fin era sacerdote, ¡que alegría honda! ¡¡¡Cuán pleno me sentía!!!
Después de que el Obispo impone las manos, van pasando todos los sacerdotes concelebrantes e imponen también ellos las manos sobre el ordenando para significar la comunión nueva que se establece entre el presbiterio y el neo sacerdote que se incorpora. Cada mano sacerdotal que se detenía en mi cabeza, era un hermano nuevo que me recibía en su corazón de sacerdote.
Un momento especial fue cuando, por primera vez, pronuncié las palabras de la consagración, indicando con la mano derecha el pan transformándose en Su Cuerpo y el vino transformándose en Su Sangre. Aquellas mismas palabras que fueron el vehículo a través del cual, casi ocho años antes, el Señor me llamó al ministerio presbiteral: “hagan esto en conmemoración mía”. Hoy, cada vez que pronuncio la consagración, se me hace vivo y presente el importantísimo momento de gracia que acontece en la liturgia.
Al finalizar la celebración, los aplausos de la asamblea expresan la alegría del pueblo de Dios por contar con un nuevo pastor de almas. El gozo parece interminable.
Al día siguiente llegó el momento de la primera Misa que celebré en el Cementerio Municipal de Paraná. ¿Por qué allí? En parte porque era mi lugar de referencia desde la niñez; pero la razón eclesial es por estar dentro la pequeña Capilla Santísima Trinidad, a la que yo pertenecía. La Misa la hice en la Cruz Mayor; era el lugar más apropiado, a poca distancia estaba en construcción el Santuario a “Jesús Misericordioso”.
Providencialmente, fue el domingo establecido por el entonces beato Juan Pablo II, como Domingo de la Divina Misericordia. Estas dos notas marcaron mi primera Misa: celebrarla en el Cementerio y el día de la Misericordia Divina manifestada en Cristo. Al principio, Monseñor Karlic se sorprendió por el lugar escogido, pero como buen teólogo y gran pastor no tardó en encontrar razones para autorizar que presidiera en ese lugar.
Así, mi primera Misa tenía un entorno especial: entre nichos y tumbas antiquísimas estaban las sillas y canteros donde se sentaban las personas. Así se armó la Iglesia cuyo techo era el cielo, en la cual el espacio sagrado era suficiente para todos aquellos que quisieran entrar. No tenía paredes que la delimitaran, ni ventanas para abrir con el fin de que entre el aire puro.
Participaron varios sacerdotes, amigos, mi familia, mi padre y mi madre, hermanos y sobrinos; mis abuelos desde el cielo, tíos muy queridos... todos estuvieron presentes. Especialmente quiero mencionar a tía Dora, quien era sacristana del Santuario de San Antonio de Padua en Parque Patricios, ciudad autónoma de Buenos Aires, por su profunda vida de fe.
Ella me acompañó día a día con su oración continua. Cada mes la tía me escribía –con una metodicidad envidiable– una carta donde me recordaba su oración. Era muy humilde pero muy rica a los ojos de Dios; se había casado a una edad madura con el sacristán de ese Santuario que se llamaba Antonio, de nacionalidad portuguesa. Se conocieron en la Iglesia y contrajeron matrimonio; no tuvieron hijos y compartieron pocos años juntos. Al quedar viuda, vivió toda su vida para Dios y para la Iglesia. Tenía la sabiduría de los pobres y por eso supo elegir el regalo de ordenación, ella me regaló el cáliz. Un cáliz muy simple pero para adquirirlo gastó todo lo que tenía. Tía Dora me traía a la memoria a la viuda del Evangelio que dio dos monedas como ofrenda que era todo lo que tenía para vivir.
También estaba presente la Mater (Madre Tres Veces Admirable) por medio de un cuadro que acercaron los coordinadores del Movimiento de Schöenstatt en Paraná. La Mater y su Santuario, fueron durante muchos años el refugio seguro de mi vocación, cuando todavía estaba oculta a los ojos de los hombres, pero vigilada bajo Su mirada amorosa. Ella la cobijó y me preservó del maligno en múltiples formas y situaciones.

El día de la ordenación presbiteral y el de mi primera Misa fueron jornadas llenas de luz, llenas de Dios y llena de hermanos.

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