¿Qué es en realidad la Iglesia?
En el Espíritu Santo (Padre Sergio Hayy)
Mirando el camino recorrido desde
el llamado hasta la consagración de
mi vida en el sacerdocio, veo como una actitud importante acoger siempre la
misión que la Iglesia me confiere como presbítero. Me parece luminosa la
expresión del Magisterio que nos trae el Concilio Vaticano II en la
Constitución Apostólica Lumen Gentium
sobre la Iglesia: “El Presbítero conduce
a la familia de Dios, al Padre, por medio del Hijo en el Espíritu” (LG 28).
Precisamente, la conducción al
Padre por el Hijo se realiza en el
Espíritu Santo. De hecho, mi primera experiencia fuerte de Dios fue una
profunda vivencia de Pentecostés en el año 1987. Fue un verdadero comienzo de
la vida en el Espíritu. No solo la viví como experiencia personal; fue también una experiencia hondamente comunitaria; eclesial.
El equipo de jóvenes que se formó
como Acción Católica, Renovación Carismática, Movimiento Apostólico de Retiro,
provenía de diversos movimientos e instituciones de la Iglesia, Schoenstatt,
Movimiento de los Focolares, Grupos Misioneros y otros. Fue una verdadera
experiencia de Iglesia comunión, que me marcó y me dio un sello, una identidad
eclesial. Desde ese momento amo a la Iglesia.
Por tratarse de una experiencia
fundante para mí, trato –como sacerdote– de animar la comunidad poniendo empeño
en el acompañamiento de todos los carismas en su diversidad. Busco involucrarme
con cada carisma, leyendo a los fundadores y realizando experiencias que me
permitan un conocimiento de cada movimiento o institución desde adentro.
Asimismo, promuevo que cada grupo
ofrezca a las personas un camino de crecimiento en todas las dimensiones,
fundamentalmente un camino espiritual, para que cada uno busque la santidad en
la Iglesia desde el carisma al que se siente llamado. Considero que cada vez
más nuestras acciones pastorales, tienen que ser acciones eclesiales.
Uno de los signos concretos que
expresa esta dimensión eclesial en una parroquia es la constitución y
funcionamiento del Consejo Pastoral. Es un ámbito fecundo donde la diversidad
de carismas se viven en una comunión real. Esta comunión hace posible realizar
de modo simple acciones pastorales que, de otro modo, sería muy difícil llevar
adelante; además, ofrece una imagen creíble y testimonial de la Iglesia como
una Iglesia comunión.
Es muy gratificante para un
sacerdote ver la unidad dentro de los grupos y la unidad de los grupos entre
sí. Pero esta Iglesia comunión está llamada a ser Iglesia servidora: la
comunión es para la misión. Para servir a la vida, servir a la humanidad
anunciando el Reino; es decir, que Cristo vive.
Mi anhelo es poder concretar –en el
lugar que Dios disponga para mi vida sacerdotal– un rostro de Iglesia-Familia.
Una Iglesia evangelizada y con fuerzas siempre renovadas y dispuestas para la
evangelización. Una Iglesia consciente de estar animada y conducida por el
Espíritu; una Iglesia que no tenga miedo de expresar la belleza y frescura de
un Anuncio que se apoye, fundamentalmente, en el testimonio simple y profundo
de personas que realizan su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo.
Que resplandezca la Caridad (Padre Leandro Bonnin)
Siempre me impresionó hondamente
que Monseñor Karlic nos hablara continuamente del mundo. Nos solía decir que
nosotros nos estábamos preparando para ser “sacerdotes para el mundo entero”.
Compartir muchos momentos con él me aportó una nueva visión, más universal, más
católica, más eclesial. Él nos transmitía lo que vivía: la Iglesia, en un
sentido, es Madre y Maestra. Pero visto desde otro ángulo, la Iglesia es una
gran familia, extendida en todo el planeta y por eso siempre, estemos donde
estemos, estamos en casa.
Para ilustrar esto, me vienen a la
mente dos anécdotas muy concretas. Pueden parecer un poco banales pero para mí
son muy profundas y expresan no solo el misterio de la Iglesia, sino también el
cumplimiento de la promesa del Maestro: “recibirán el ciento por uno…”.
Cuando estábamos en el tercer año
de Teología, hicimos un espléndido viaje por las reducciones jesuíticas de
Argentina, Paraguay y Brasil. Fueron días hermosos en contacto con los grandes
ideales de los jesuitas, con la belleza de la Creación y con la realidad
multiforme de la Iglesia. En todo el viaje y en cada parada –concertadas por
teléfono en muchos casos– pudimos ver la Providencia y sentir la generosidad de
la Iglesia. No nos conocían pero nos atendían como hijos, como hermanos, o
–aunque no estuviéramos ordenados– como padres.
En una casa de religiosas en
Asunción, Paraguay, nos habían atendido con extremada delicadeza, tanto en lo
material como en lo afectivo y espiritual. Como era el ecónomo del grupo, le
pregunté al padre Luis, que guiaba la excursión: “Padre, ¿tenemos que dejarle
algo a las hermanas?”. A lo que él nos respondió con una frase que se hizo
célebre en el Seminario: “no, no, no es necesario… dejémoslo así; para que
resplandezca la caridad”. Efectivamente, la caridad –que además de ser la
esencia de Dios, es uno de los nombres que recibía la Iglesia en los primeros
siglos– resplandecía fulgurante.
Unos años más tarde, a inicios de
2007, decidimos reeditar con el entonces acólito Ariel Folonier una
peregrinación en bicicleta a San Nicolás de los Arroyos. Diez años antes
habíamos hecho la primera, de una forma tan improvisada como apasionante y
gozosa. Entre otras precariedades del viaje, nos había tocado dormir en una
comisaría, en el calabozo.
Pero esta vez quisimos prever mejor
las cosas. De tal manera que aprovechando la mediación de Monseñor Maulión
–anterior ordinario de esa sede– pedimos alojamiento en San Nicolás. Allí nos
esperaban el rector del Santuario y los dos sacerdotes que lo ayudaban. Nos
recibieron en su casa, como hermanos, como viejos conocidos, robando tiempo a
su ministerio o su descanso para atendernos.
Pero el detalle estuvo en la señora
que trabajaba en la casa parroquial. Cuando nos levantamos al día siguiente,
nos preguntó: “¿quieren comer algo en especial?”. Sin que ella lo supiera, su
rostro y su voz fueron para nosotros, en ese momento, era el rostro de la
Iglesia Madre que nos cuidaba con delicada ternura. Ella también estaba
haciendo su parte “para que resplandezca la caridad”.
La Iglesia: una experiencia comunitaria de Resurrección (Padre Germán
Brusa)
Una de las experiencias más
significativas que como Iglesia he vivido fue la Jornada Mundial de la Juventud
(JMJ) en Río 2013.
Gracias a este encuentro viví
distintos acontecimientos, empezando por el día en que un grupo de jóvenes de
la Parroquia Cristo Peregrino, de Paraná, Entre Ríos, me manifestó su deseo de
estar allí presentes.
Me llenó de alegría ver el
entusiasmo de esos jóvenes. Yo tenía decidido no participar de la Jornada;
nunca lo había hecho y menos pensaba hacerlo ahora… no hace falta aclarar que
con 42 años uno ya no es tan joven. Pero me conmovió profundamente que este
pequeño grupo de jóvenes tuviera ese interés.
La Parroquia Cristo Peregrino es
una de las comunidades más pequeñas y más pobres de la Arquidiócesis. Pequeña
en número de fieles y pobre económicamente. Para estos muchachos era un
verdadero desafío ir a Río; pero estaba claro que –al menos por cercanía– no
existiría otra oportunidad como esta de participar de una JMJ.
Fue con mi “sí” a la propuesta que
comencé la peregrinación: “Te aseguro que
cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas
viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras”
(Jn. 21, 18). Pero este peregrinar con los brazos atados me ha hecho descubrir
y agradecer muchas cosas.
Se consolidó un hermoso grupo de
siete personas. Cinco jóvenes de Cristo Peregrino, mi hermana Romina y yo. Doy
Gracias a Dios por esta gente; de no haber sido por esa pequeña comunidad
hubiera sido difícil sostenerse durante todo este camino. Continuamente nos
animábamos entre nosotros y nos llenábamos de esperanza. Además, la profundidad
del vínculo que creció a partir de ese acontecimiento es algo invalorable.
Para recaudar fondos se hizo de
todo. Se pidieron donaciones, se vendió pan dulce en Navidad, empanadas de
pescado en Cuaresma, roscas de pascua en Semana Santa, pastafrola en las
fiestas de san Expedito... No desaprovechamos fecha del calendario Litúrgico.
Este prepararnos para la JMJ
produjo un milagro. Con el paso de los días, la comunidad empezó a asumir el
acontecimiento como propio, a entusiasmarse y a apoyar a sus jóvenes
representantes en Río. Hubo despedida y bienvenida. Hubo un antes y un después
de la Jornada de la Juventud.
Otro punto de apertura
significativa para estos jóvenes fue el viajar junto con toda la delegación de
la Pastoral de Juventud Arquidiocesana. Un viaje que desde el punto de vista
humano podríamos definirlo como “insufrible” –dos días dentro de un colectivo
que se llovía–, se transformó en una oportunidad de autoconocimiento en una
relación muy cercana con los demás.
Algo parecido sucedió una vez que
llegamos a Río y a lo largo de toda la JMJ. Cada día que pasaba, cada paso que
dábamos era salir de una estación del Vía Crucis y entrar en otra.
Paradójicamente, esos días en Río fueron de intensa lluvia y frío. Nos mojamos,
nos enfermamos y llegábamos tarde a todos los acontecimientos. Pero esto nos
enseñó muchas cosas…
El día más formativo de todos fue
un jueves. De buenas a primeras el papa Francisco decidió tener un encuentro
con los jóvenes de Argentina. Todo el mundo conmocionado por esto. La cita iba
a ser al mediodía en la Catedral de Río. Se hablaba de que por entonces había
alrededor de 5.104 jóvenes en Río y que en la catedral solo entrarían 5.103.
Solo un 10%.
Nos organizamos con la delegación
de Paraná para estar a las 6 de la mañana en la fila que se formaba para entrar
a la Catedral. Para eso nos levantamos a las 3:30 y tomamos el tren de las
4:00; nuestra estación de tren era la última, a 70 km de Copacabana. Salimos
con lluvia y así transcurrió todo el día.
Una vez allí alguien nos informó
que, por seguridad, a la Catedral no se podía entrar con mochilas. Fue así que
nos agrupamos entre varios y alquilamos un departamento cerca para dejar
nuestras pertenencias.
En un momento se abren las puertas
laterales de la Catedral y comienza el ingreso. Tras seis horas parados bajo la
lluvia comenzamos a movernos. ¡Qué alegría! Se escuchaban risas, cantos y todo
tipo de expresiones jubilosas que manifestaban la proximidad de un
acontecimiento único.
Muy cerca de la reja de entrada a
la Catedral, a tres metros de la puerta y con tan solo 10 o 12 personas delante
de nosotros, aparece un señor grande y corpulento con una gruesa cadena y un
enorme candado; detiene la entrada de personas y cierra fuertemente la reja.
El bullicio se apagó abruptamente
en un unánime ¡Uhhhh! La risa y la fiesta se tornaron en llanto en más de uno
de los que quedamos afuera. Luego empezaron los reclamos, que a pesar de la
gran desilusión y el trato poco amigable de los guardias de seguridad, se hizo
con mucho respeto.
Pero en ese contexto recibimos la
mejor enseñanza. Porque ninguno de los del grupo se desesperó. Porque nos movía
una certeza; la certeza de estar ahí, cerca de Cristo. Solo por la fe se
explica semejante “irracionalidad”. Desde las 4 de la madrugada hasta las 12
del mediodía a la intemperie, de pie bajo la lluvia para tan solo ver al Papa
pasar a unos 20 metros. ¡Qué locura!
Sin embargo estábamos ahí,
sostenidos por el Espíritu Santo, agradeciendo la gracia de estar cerca del
Vicario de Cristo. Durante esos días y después, todos nos preguntaban: “¿Viste
al Papa?”, y nuestra respuesta era: “No, pero estuvimos cerca”. Lo importante
era estar ahí. Porque de algún modo Cristo estaba presente, como está presente
en todo hecho o acontecimiento eclesial. Esa era la única certeza que teníamos,
con esa certeza nos sostuvimos todo ese tiempo y con esa certeza nos marchamos
ese día.
Recuerdo que cuando cerraron la
reja delante de nuestros ojos no dijimos nada, nos miramos y sacamos nuestros
auriculares para escuchar por radio lo que el papa Francisco iba a decir a los
jóvenes dentro de la Catedral. Ese mensaje del Papa me quedó grabado, pero no
tanto por la originalidad de las palabras de Francisco: “Hagan lío”, sino
porque estuvimos varias horas preparando ese momento. “Lean las
bienaventuranzas y Mt. 25”, nos decía. Así con el mensaje del Papa y la
experiencia de ese día descubrimos de modo muy concreto que para llegar al
núcleo de las bienaventuranzas hay que transitar el Vía Crucis.
Ese fue el recuerdo más
significativo pero no el único. En general, todo lo vivido en Río nos enseñó a
mirar las cosas de otro modo. A entender que detrás de todo acontecimiento
existe una razón que nosotros no siempre llegamos a comprender completamente,
pero que evidencia que ciertamente Dios está ahí; siempre educándonos en el
sentido religioso. Porque sin duda, luego de cada Vía Crucis hay Resurrección.
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