¿Por qué la Iglesia no deja que los sacerdotes se casen?
La respuesta a un amor primero (Padre Sergio Hayy)
“No todos entienden, sino solo
aquellos a quienes se les ha concedido” ( Mt. 19,11). El celibato es para mí,
ante todo, un don misterioso de Dios,
una gracia especial; pero también es una tarea
para quien lo recibe. Es un don
singular, que está en relación a la “esponsalidad”
como forma de vida; es decir, en vivir en unión con Cristo, como Cristo vive en
unión con la Iglesia. La tarea que
supone a quien lo recibe, no es posible sin la gracia; y sin embargo, es una
tarea permanente.
En relación al celibato como tarea, pienso en mi vida sacerdotal y
los posibles apegos, por ejemplo, a las obras edilicias o espirituales
emprendidas en el ejercicio del ministerio. También apegos a familias, o personas,
cultivando un “vínculo especial”, vínculos legítimos, a los que llamamos amigo
o hermano, pero que ciertas veces no contribuyen a que vivamos preservados de
una relación particularista. Pienso en el horario de regreso de las reuniones o
las fiestas por más legítimas que sean. El célibe es un “esposo” que se debe a
su “esposa”, la Iglesia, en una fidelidad que es, ante todo, interior pero que
también se tiene que manifestar externamente.
A veces, hasta con la propia familia de sangre se sostiene un
vínculo que se prolonga y no debería prolongarse, en el cual los padres no
saben “soltar” al hijo, o el hijo no “suelta” a sus padres. Pienso en el
sacramento del matrimonio cuando los esposos intercambian el consentimiento y
como fruto del mismo dejan padre y madre. Algo similar sucede con el célibe en
el momento de realizar su promesa.
El regalo del celibato tiene que
ser acogido con todas las fuerzas del
amor hacia un Dios vivo y personal.
El celibato me llegó de un Dios que
lo da todo y que por tanto tiene el derecho de pedirlo todo. Pero cada cosa que
pide, lo pide en el tiempo debido, conforme a la gracia recibida. Cada
desprendimiento o despojo es fruto de experimentar ser llenado sobreabundantemente de un Amor Divino, incondicional,
que se convierte en el punto de partida de la entrega.
Así, el desprendimiento es
respuesta a un amor primero y fiel a Dios que en Cristo se brinda enteramente.
Mi “curriculum vitae”: Jesús y María
Recuerdo una experiencia que viví
como una forma de respuesta al llamado al celibato. En cierta ocasión estaba
descansando en mi habitación, fue durante el tiempo en que vivía el
discernimiento de la vocación a la vida consagrada. En las paredes de mi pieza
tenía dispuestos todos los títulos, certificados de cursos, constancias, etc,
que durante mucho tiempo fui adquiriendo en la carrera como oficial de Policía.
Un curriculum vitae abultado, con
capacitaciones en diversos temas de derecho administrativo, penal, procesal y
otros.
Estando en la búsqueda de la
voluntad de Dios, sentí que tenía que desprenderme de todos los honores
otorgados por los hombres; desprenderme de estar parado en títulos, todo muy
legítimo, pero no en orden al camino que se insinuaba para mi vida. Por esta
razón, me levanté, saqué todos los cuadros y los desarmé.
Al día siguiente pasó por la calle
un carrito de la basura, de los que transitaban habitualmente. Al oírlo, salí a
la calle, lo detuve y le regalé los vidrios y marcos para que los vendieran y
sacaran unos pesos. Recuerdo que el muchacho que conducía el carro tirado por
un caballo, sorprendido, inmediatamente tomó todos los marcos y vidrios, los
acomodó detrás de su asiento y agradecido siguió su camino.
Solo dejé, tras el respaldo de mi
cama, una cruz con la inscripción “Nueva Evangelización” y una imagen de la
Santísima Virgen bajo la advocación de la Madre Tres Veces Admirable: esos eran
mis tesoros. Desde ese momento ellos pasaron a ser mi curriculum vitae: era todo lo que necesitaba para vivir.
El alimento del célibe es Dios
mismo y su querer. En el camino vocacional ilumina mi vida célibe la vivencia
de la fe práctica en la Divina
Providencia. Siempre tuve conciencia de esta dimensión de la vida como
creyente. La providencia de Dios la puedo constatar en la vida diaria, y me ha
conducido a una forma de vida casi despreocupada –en un sentido espiritual por
supuesto–, dándome la lucidez de que Dios se ocupa de mí. Hay un pasaje en la
Escritura que me mueve en las horas en que siento las preocupaciones y es el
siguiente:“por eso les digo: no se
inquieten por la vida, pensando qué van a comer” (Mt.7, 25).
También me ayuda pensar el celibato
desde Jesús, para quien su comida es hacer la voluntad del Padre. Trato de
sostener el celibato permaneciendo en el
amor y esta forma de vida tiene características visibles: servicial con
todos; transparente, para no confundir a las personas; interiormente libre y por
eso exteriormente intacto, no es un intocable; simple y humilde; profundo, la
profundidad es la manifestación de hasta dónde está anclada o arraigada esta
forma de vida; orante y alegre. Todo a ejemplo de Cristo célibe.
El celibato es el lenguaje de un Dios
que se manifiesta como Amor Divino hacia alguien, que ha sido creado por amor y
para ser amado y amar. Ahora este amor asume todo lo humano, pero también tiene
la fuerza de sobrepasar todo alcance humano, todos los deseos humanos. El
celibato vivido lúcidamente te hace capaz de un amor sobreabundante.
El celibato es ese signo de nuestra condición de peregrinos marchando hacia el Padre, pero esta peregrinación
pasa por el corazón de los hombres y también por el corazón del mundo. El
célibe vive como vive para vivir para Dios y para los hermanos.
¿Alguna vez te enamoraste? (Padre
Leandro Bonnin)
En casa, desde pequeño, tuve
oportunidad de conocer bastante de cerca a varios sacerdotes; a veces los
recibíamos a comer, a veces éramos nosotros los que íbamos a comer con ellos, o
a compartir un ensayo de cantos, o un viaje.
En mi adolescencia, siendo miembro
de un grupo misionero, pude estar todavía más cerca de varios sacerdotes.
Desde entonces, jamás vi el
celibato de los sacerdotes como algo que “la Iglesia” imponía a los candidatos,
casi como una prohibición arbitraria.
Para mí siempre fue algo
completamente natural, algo que se asociaba “indisolublemente” con el llamado
de Jesús a “dejar casa, esposa, madre, padre, hijos y campo…”. Es cierto que en
algunas Iglesias orientales son ordenados sacerdotes hombres casados –esto lo
supe después–. Pero en el modo concreto en que se ha desarrollado la identidad
sacerdotal y el ministerio en la Iglesia latina, y que yo conocía de primera
mano, el celibato es prácticamente indispensable.
No es el espacio de dar largas
fundamentaciones que pueden encontrarse en los documentos de la Iglesia, y cuya
verdad compruebo cada vez más. Simplemente quiero compartir que para mí la
certeza de la vocación sacerdotal vino unida a la certeza de que Jesús quería todo. De que mi servicio y mi entrega a
la Iglesia –a la que Él amó como a una esposa– debía ser total, sin límites,
sin horarios. Mi disponibilidad para servir a esa Iglesia, así como mi
disponibilidad para la misión universal, tenía que ser completa. Y no es que
uno se ponga a “evaluar”: “che, me conviene o no me conviene… tengo que dejar
esto, y esto, y esto…”. No. Al menos, yo no lo viví así.
La fuerza arrasadora del llamado me
atrajo de tal manera y provocó en mi interior una polarización tal hacia el
sacerdocio que ni siquiera me di cuenta de lo que dejaba. Para mí nunca tuvo
nada de heroico sino que me resultaba lógico vender todas mis posesiones y
comprar el campo, el campo en que había encontrado el tesoro escondido. Es tal
la alegría y el entusiasmo –en su sentido etimológico, es decir, el estar
llenos de Dios– que uno experimenta que todo lo demás pierde brillo ante los
ojos. Todo lo que antes del llamado parecía fascinante, de pronto se desdibuja
para dar paso a una sola certeza.
Claro que con los años el Señor me
permitió percibir mejor la entrega, y pude valorar mejor las renuncias. Porque
uno no deja las cosas –familia, proyectos personales, etc.– porque sean malas,
sino porque el Señor pasa y te dice: “Ven y sígueme”. Personalmente, vivo mi
celibato con alegría y con mucha paz. No siento que me “quite” nada, no siento
que me empobrezca o me limite. Mucho menos lo vivo como una ley exterior que
debo cumplir. Al contrario. Siento que mi celibato expresa en el plano exterior
lo que quiere vivir mi corazón: ser todo de Jesús y todo para la Iglesia.
El celibato me permite de modo
concreto, disponer y ordenar mi vida cotidiana pensando únicamente en el Reino,
en el servicio de la comunidad, en la disponibilidad permanente para escuchar,
visitar, aconsejar, absolver, guiar…
Esto supone que el celibato no es
una privación, sino una actitud positiva. Yo podría no tener esposa y no ser,
verdaderamente, célibe, si me encierro en mis egoísmos, en una vida cómoda, en
mis planes y proyectos personales.
Por eso el celibato tiene que ver
con el amor y con la obediencia a los planes del Señor. “¿Me amas?”, dijo Jesús
a Pedro; “apacienta mis ovejas”. Ser célibes significa dejarse fascinar por el
amor de Jesús, y vivir solo para Él y para servir a las ovejas.
Por eso cuando alguien me pregunta:
“¿Alguna vez te enamoraste?”, suelo responder: “¡Claro! Estoy enamorado, por
eso soy sacerdote”.
El Celibato: un don que se descubre y se acrecienta en relación con otros
(Padre Germán Brusa)
No se puede entender el celibato si
no es en la dinámica del don. Primero el don del Padre en el Hijo y luego la
entrega total del Hijo a la Voluntad del Padre. El vínculo singular y eterno
que el Hijo tiene con el Padre hace que el Hijo se mantenga siempre en la
relación de Hijo con respecto al Padre.
Así también, de modo análogo, los
que quieren configurarse a Cristo por medio del sacerdocio quieren
transparentar esta realidad. El célibe, con su opción de entrega total a Dios,
nos recuerda que, en Cristo siempre seremos hijos del Padre y nunca al revés.
Aunque en verdad el que nos recuerda esto es Dios mismo a través del don del
celibato que da a algunas personas. Sin este don no se puede dar semejante
respuesta.
Hoy mucha gente no cuestiona tanto
al sacerdocio como sí al celibato. ¿Por qué? Porque en cierta mundanidad espiritual[1] y moral es
más fácil de entender el sacerdocio a partir de la categoría de poder que
entender el celibato a partir de la dinámica del don y del servicio.
Me ha tocado escuchar decir a un
fiel: “sabemos que ese sacerdote de la parroquia ‘tal’ tiene una mujer y que
lleva doble vida, pero lo importante es que ha hecho muchas cosas por su
comunidad”. Por el contrario, yo pienso que un sacerdote que hace mucho por su
comunidad, pero que no le muestra el camino a la vida eterna simplemente ejerce
su poder sacerdotal como al mundo le gusta que lo haga.
Hoy, con todos los ataques y
desacreditaciones al celibato, resulta casi evidente descubrir que el don del
celibato es una clara luz contra la mundanidad moral.
Sin embargo, hay otro tipo de
mundanidad mucho más sutil y que incluso instrumentaliza al celibato. Es la mundanidad espiritual en la que muchos
célibes insensiblemente están cayendo. Y decimos que es sutil, porque para
entrar en esta onda de la “mundanidad espiritual” no hace falta llevar doble
vida, sino que basta con la diaria autosuficiencia. Esa autosuficiencia que nos
lleva al desprecio del don. Algunos creen que son célibes por propia elección y
se mantienen así hasta que se enamoran de alguien; otros asumen el celibato
como el precio que hay que pagar para ejercer el poder sacerdotal.
Muy distinto es ver al celibato en
clave de don y de misterio. Pero la pregunta ahora es: ¿Cómo descubrir, valorar
y hacer fructificar este Don?
Hace un poco más de un año me
reencontré con la que había sido mi novia en la adolescencia. Hacía más de 20
años que no la veía, ni sabía nada de su vida. Durante un par de encuentros que
tuvimos nos pusimos más o menos al día de los mayores acontecimientos
familiares: trabajo, estudio, nacimientos, defunciones, casamiento, ordenación,
etc.
Este reencuentro me ha ayudado a
pensar muchas cosas. Me llevó, por ejemplo, a retomar algunos temas con mi
director espiritual y a reconocer y agradecer el don del celibato y el
sacerdocio.
La verdad es que recordar la etapa
de mi noviazgo con esta chica me conmueve profundamente. Fue mi primer amor. Se
fue dando poco a poco. Lo que en un primer momento no me causó mucha impresión
con el tiempo adquirió un nivel de profundidad que me hizo madurar proyectos y
tomar decisiones impensables.
Nunca había tenido esta experiencia
antes: pasar en poco tiempo de una ligera indiferencia a una fuerte
dependencia. ¿Qué podía explicar esto? Hoy descubro que solo una belleza integral
puede entrar tan profundo en el corazón sin ser advertida, hasta que uno se
encuentra totalmente abarcado por ella. Belleza tal que, “puenteando” todo
razonamiento, escapa a todo juicio de valor y se presenta como tan verdadera,
buena y cierta, que uno jamás atinaría a cuestionar su evidente existencia.
Tema que he leído en Dostoievsky, pero que en esa época de mi adolescencia yo
ignoraba absolutamente.
La amistad que simple y
espontáneamente surgió a través de gestos, palabras y miradas a partir de un hecho
fortuito, fue tomando una intensidad inesperada a través de charlas, cartas y
salidas. Ya el hecho de que yo escribiera marcaba un cambio profundo en mis
motivaciones e intereses. Escribir me ayudó enormemente. Durante mucho tiempo
mis sentimientos me generaban una enorme ansiedad porque no sabía cómo
expresarlos. Pero esta vivencia indescriptible se convirtió en una nueva
experiencia llena de alegría y de paz cuando logré expresar por escrito, con
una palabra, lo que me pasaba: estaba “enamorado”. Este fue el segundo quiebre,
cuando descubrí que una persona, sin razones aparentemente “de peso”, podía
llenar de modo singular mi corazón. Esa fue la belleza que me salvó, la belleza
integral de una persona, la belleza de una mujer frente a la cual no podía
resistir ser atraído.
Fueron mis primeros escritos con un
contenido existencial. Entre las noticias aparecían preocupaciones, deseos,
reflexiones, poesía. Sí, sí… poesía. No propia, por supuesto, sino sacada de
libros y revistas románticas. Hoy lo pienso y digo “una locura”.
De repente empiezan a aparecer
ciertas temáticas inexploradas e inesperadas para esa edad: necesidad de la
dimensión religiosa en la vida común de todos los días, tener fe en los
ministros de la Iglesia, proyectar una familia “como Dios manda”, respetar el
deseo de mi novia de llegar virgen al matrimonio, no avergonzarse de los
pensamientos y sentimientos más profundos y nobles del corazón a pesar de que
van “a contrapelo” de una cultura adolescente hedonista hegemónicamente imperante,
etc.
Toda esta fuerte conmoción interior
y el mismo despertar de sentimientos nunca antes experimentados facilitaron la
apertura de corazón que sería luego el modo en que Dios entraría en él.
Mirando hacia atrás descubro que la
dinámica del don no es algo abstracto, sino que se concreta en personas. Y que
son las personas con las que entrás en una relación profunda y de cercanía las
que te ayudan a descubrir el don del celibato. Y no solo te ayudan a descubrir,
sino también a vivirlo y hacerlo fructificar.
Recuerdo que para ir a visitar a mi
novia tenía que hacer una gran travesía y asumir no pocos riesgos. Además, todo
esto tenía que hacerlo en absoluto secreto porque en mi familia no estaban muy
de acuerdo. Pero sin duda que solo un gran amor es capaz de asumir semejantes
riesgos. Aunque no era plenamente consciente del peligro que corría al
escaparme y “mandarme solo” por lugares desconocidos, sin embargo sabía que era
algo muy significativo. Poco caso hacía a estas consideraciones. Como quien
encuentra una perla de gran valor, entonces va y vende todo lo que tiene y la
compra, así yo arriesgaba sin medida todo lo que tenía con tal de estar un
momento con la persona que daba un sentido más pleno a mi vida. La cuestión del
sentido empezaba a entrar en mi vida. Aprendí con esto que cualquier renuncia
tiene sentido si se hace por un gran amor.
En la novela de Bernanos, “Diario
de un cura rural”, recuerdo el diálogo que el cura tiene con su amigo que había
dejado el ministerio. Este justificaba su abandono del ministerio diciendo que
había tenido un progreso en sus ideas y que eso lo llevó hacer esta opción. A
lo que el cura le responde: “Si tuviera que abandonar todo nunca lo haría por
una progresión de ideas… lo haría por un gran amor”.
Y el celibato está en este orden,
es un don que nos prepara y nos capacita para dejar todo por un gran y único
Amor. Un don que no es puramente espiritual, sino que también va generando las
condiciones humanas. Un don que no cae “de la nada” desde el cielo, sino que
nos llega a través de otras personas.
Así hoy, mirando hacia atrás, desde
la fe y en clave de misterio, tengo que reconocer que el Señor me fue
preparando para vivir el celibato a través de muchas situaciones y personas. Y
una de estas personas ha sido mi novia adolescente. ¡Doy Gracias a Dios por
eso!
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