¿Qué lugar ocupa la Santísima Virgen en tu vida sacerdotal?
Totus tuus (Padre Leandro Bonnin)
María ha estado en cada paso de mi
vida espiritual con un protagonismo creciente. Y subrayo en primer lugar Su
iniciativa, que nunca ha faltado, aun cuando yo no responda siempre bien.
Mi primer recuerdo nítido
relacionado con la fe tiene que ver con María. Desde el jardín de infantes fui
alumno de un colegio católico, y la congregación de las hermanas estaba
consagrada a María, así que su presencia llenaba todos los espacios físicos y espirituales
del colegio.
Pues bien, mirando hacia atrás me
recuerdo caminando por la calle Juan Perón hacia el lado del puerto, con una
flor en la mano para entregar a la Virgen un 13 de Mayo, mientras la señorita
nos hacía cantar –y nosotros cantábamos– “Venid y vamos todos con flores a
María”.
Desde entonces siempre su presencia
ha sido importante. Disfrutaba muchísimo cantando sus cantos en las misas y
celebraciones en la primaria. En el colegio salesiano, María Auxiliadora era
protagonista excluyente; incluso en ese período de mi adolescencia en el cual
no estuve tan cerca del Señor, ella no me soltó nunca.
Recuerdo a un gran profesor de
catequesis que nos habló con pasión sobre María, y nos dijo que si rezábamos al
menos un misterio del Rosario cada día, ella no iba a permitir que nos
condenáramos y nos iba a dar la perseverancia final. Yo rezaba un misterio a
escondidas en mi casa –tenía terror de que mi hermano y mi mamá supieran–
confiando en la palabra de aquél testigo.
En mi adolescencia, la Virgen del
Rosario –así, con ese nombre entrañable– se metió de lleno en mi vida
espiritual, sobre todo desde el ingreso al grupo misionero. Después de mis
primeros ejercicios espirituales, comencé a rezar el Rosario cada día. Solo
unos días después de Su fiesta, recibí el llamado al Sacerdocio. También mi
primera Comunión, mi Confirmación y mi nacimiento sucedieron en el mes del
Rosario.
Y al finalizar mi primera misión,
junto con muchos otros jóvenes –aunque apenas tenía 15 años y poco tiempo–,
pedí a los sacerdotes poder hacer mi primera consagración a Ella.
Pero sin duda que mi vínculo con
María tiene una etapa áurea en el Seminario Menor. Gracias a nuestros
formadores, enamorados de María, pude aprender a vivir en una verdadera
relación de hijo. Cada mañana, luego de la oración primera, invariablemente
subíamos los escalones del presbiterio y besábamos la mano de la imagen de
María, la de manto verde... Imaginen: una cincuentena de adolescentes que
realizaban ese rito, no una sino varias veces por día. La mano de la imagen
vivía rota y sucia, pero ahí, en ese beso infantil, le confiábamos nuestra
vida.
El 7 de octubre de 1998 realicé mi
Consagración total a María, ya con una conciencia mucho más profunda. Para
entonces, había tenido la posibilidad de leer un impactante escrito de Monseñor
Tortolo, en el cual él cerraba una homilía diciendo que si le dieran un minuto
para hablar a sus sacerdotes antes de ser ejecutado, él les diría: “Orad y
marianizad vuestro sacerdocio”. Por eso en unas vacaciones se me ocurrió pintar
esa frase luminosa, la cual me acompañó en los últimos años de formación.
El Seminario era para mí –con todas
sus imperfecciones, entre ellas las mías– el Cenáculo y Nazareth. Y entonces,
Ella era una presencia real y concreta.
Por aquel entonces yo rezaba los
quince misterios del Rosario, casi siempre caminando, de tal manera que me
recorrí cientos, miles de veces las galerías y los caminos de ingreso de
nuestra casa de formación. Con el único anhelo de dejarme formar y pidiéndole a
María que me purificara, que me hiciera fuerte, que me hiciera fiel.
El día de mi ordenación sacerdotal
tuve la certeza de que Ella estaba ahí. Al lado mío, o dentro de mí, o yo
dentro de Ella, o todo junto. “No temas... yo soy tu Madre”.
Y así sigue María, fiel a la misión
que el Hijo le dio en la Cruz, recibiéndome como hijo, a pesar de mis miserias.
Muchas veces le he sido infiel, he sido poco cariñoso con ella. Casi nunca
puedo obrar –según me lo propuse en mi consagración– como María. Ella, como
toda Madre, no deja de recibirme una y otra vez.
De alguna manera ella sigue siendo
protagonista de mi proceso de formación, que continúa hasta la muerte. Y la
siento como mi Socia en cada apostolado que emprendo. Trato de no dejar nunca
de mencionarla en cualquier acción ministerial que realizo. Intento vivir de
acuerdo a esa consigna: “marianizad vuestro sacerdocio”. Lo he intentado hacer
de varias maneras: construyendo pequeñas grutas de María en los barrios para
luego celebrar allí misas mensuales, incentivando el rezo del Santo Rosario,
difundiendo la espiritualidad de San Luis Grignon de Montfort. Mi homenaje más
sentido ha sido escribir para ella –junto con un gran amigo compositor– la Misa
en honor de la Virgen del Rosario.
Hoy, en mi sacerdocio, en el día a
día, le pido que supla mis deficiencias; que me dé un corazón puro; que no
permita que se desdibuje en mí la identidad sacerdotal. Le pido también a
veces, como Don Bosco: “Da animas mihi,
coetera tolle” (Dame almas, y quítame todo lo demás). Siempre me acompaña una
anécdota que este santo cuenta en su autobiografía: cuando llegó el primer niño
al que luego sería el oratorio, él lo invitó a rezar un Avemaría. Don Bosco
asegura que el fervor con que rezó esa oración fue lo que trajo todo el fruto
que, en lo sucesivo, daría su obra.
Inspirado en esta anécdota, cientos
de veces he estado en situaciones en las cuales no sabía “para qué lado
disparar”, y ha sido un Avemaría, rezado en el corazón, el que me ha serenado y
traído luz.
También recuerdo que al finalizar
sus días, en la última Misa que da con sus hijos espirituales, Don Bosco, entre
lágrimas, exclamó: “Todo lo hizo María Auxiliadora”.
Salvando las distancias, tengo la
certeza de que todo el bien que el Señor me permita realizar, llegado a mi fin,
será solo de la Virgen del Rosario. A Ella le ofrezco mi homenaje de amor, y mi
sacerdocio entero.
María es la maestra de la fe que nos hace reconocer la presencia de su
Hijo en lo cotidiano (Padre Germán Brusa)
Debo reconocer que la devoción
mariana es una gran deuda que tengo con la Madre de Dios.
A pesar de las miles de
demostraciones de afecto de Ella, a mí me cuesta mucho demostrarle el mío.
Basta con pensar solamente que mi ordenación presbiteral fue un 8 de mayo (día
de Nuestra Madre de Luján).
A lo largo de mi formación y aún
hoy sigo buscando distintas formas para darle un lugar destacado en mi vida y
en mi vocación. En una época fue con el rezo del Rosario, casi como una cita
obligatoria todos los días. O con el rezo del Ángelus o del Regina Coeli,
tratando de vincular a María a los misterios centrales de la fe. También desde
la predicación en las fiestas de la Virgen, resaltando su singular colaboración
en la obra de la redención.
Otro momento importante fue el
estudio de la iconografía oriental, donde la Madre de Dios (Theotokos) ocupa un lugar teológico
destacado. Igualmente hice un camino durante la profundización de la
eclesiología, tratando de ver a María como modelo y anticipo de nuestra gloria,
maravillándome de los modos que Dios tiene para salvarnos. Y lo mismo desde la
devoción popular, viendo el cariño y la confianza que la gente sencilla le
tiene.
Sin embargo, nada de esto alcanza
para encenderme en una verdadera devoción. Es evidente que así como María es un
don para la Iglesia y para la humanidad, la verdadera devoción mariana también
es un don.
Recuerdo que cuando hice los
ejercicios de mes, al contemplar el nacimiento, tuve la gracia especial de
estar frente a Ella. Esa impresión me sigue acompañando hasta hoy. Tan
jovencita, tan niña pero tan serena contemplaba al niño en sus brazos y como
dice el Evangelio: “Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba
en su corazón” (Lc. 2, 19).
María me enseñó ahí una actitud
vital: contemplar los acontecimientos cotidianos, guardarlos en el corazón,
meditarlos una y otra vez para saber descubrir a Dios presente en ellos. Y esta
actitud vital no depende de la madurez humana, ni intelectual. De hecho no
depende de ningún esfuerzo humano, sino primeramente de la gracia. Y como Ella
es la llena de gracia puede
contemplar con serena naturalidad el plan de Dios y decirle que sí a su Voluntad.
Desde luego que la gracia no
sustituye los límites humanos de la incomprensión, la angustia, el dolor; pero
sin duda nos ayuda a transitar a través de ellos porque no vamos solos sino con
el Señor.
Pido al Señor que me dé la gracia
de profundizar mi amor a su Madre, de aprender a contemplarlo como ella lo hizo
y de poder imitarla en su docilidad a la Voluntad de Dios.
Inspirado por María (Padre Sergio Hayy)
“Pase lo que pase, el Padre del
cielo ha trazado el plan de mi vida. La Santísima Virgen guarda ese plan en su
Santuario, Ella une sus manos en oración por mí, solo tengo que decir sí”, escribe el padre José Kentenich.
Estas palabras expresan el importante lugar que ocupa la Santísima Virgen en mi
vida y misión como sacerdote. Ella está presente en todos y cada uno de los
momentos: los ordinarios y los extraordinarios. No puedo hablar sobre Ella solo
en este punto que trata particularmente de María, ya que creo que Ella está en
todos los temas tratados. Es mi Madre, también es la que inspiró mi sí al Padre Dios.
Es la primera y más perfecta
Discípula del Señor y me descubro totalmente cobijado en su corazón, donde está
guardada mi vocación. Ella siempre me acompañó y colaboró en cada paso, cada
prueba, cada desafío.
Quisiera mencionar el momento en
que me consagré públicamente a Ella: fue el 21 de abril de 2002, en el primer
aniversario de mi ordenación sacerdotal. Después de haberme preparado durante
un tiempo, sellé Alianza en el Santuario de La Loma, de Schoenstatt.
La Alianza de Amor es un pacto
recíproco por el cual intercambiamos corazones, bienes e intereses. Por tanto,
mi corazón le pertenece totalmente a Ella, y en Ella descansa mi vocación:
tengo la certeza de que guarda mi vocación en su corazón desde donde lo cobija,
lo transforma y lo envía con su amor. Yo, desde ese día, confío ciegamente en
Ella toda mi vida y misión.
El óleo de la virgen
En ese mismo sentido, recordaba
algunas experiencias vividas junto a mi Madre.
El año 2010 fue proclamado por el
Papa Benedicto XVI, como “año sacerdotal” bajo el lema “fidelidad de Cristo, fidelidad del Sacerdote”. Por esta razón nos
reunimos los miembros del Consejo Pastoral de la parroquia a fin de discernir
comunitariamente los pasos para celebrarlo. Entre otras iniciativas, surgió la
de concluir las obras del oratorio de la casa de los sacerdotes.
En ese marco, de las acciones más
importantes era poder contar con el altar y retablos para la Virgen y el Sagrario,
además de la necesidad de contar con la sede y un ámbito que hiciera las veces
de sacristía.
En las misas dominicales
participaba un matrimonio oriundo de la provincia de Buenos Aires. El esposo,
Héctor, era carpintero y tenía el taller detrás de su casa. Por lo tanto, le
encomendé los trabajos necesarios. Cuando le expresé que su tarea consistía en
el mobiliario del oratorio, quedó encantado porque, como él decía, iba a
“trabajar para Dios”.
Al entrar al lugar del oratorio, se
conmovió porque la imagen que preside la capillita es Nuestra Señora de Luján,
patrona de la Argentina. Esta advocación mariana era su devoción predilecta,
recuerdo que estaba feliz por la tarea, pero su mayor alegría era que ya había
decidido para quien la iba a hacer.
Una mañana me acerqué hasta su casa
y cuando vi la manera de trabajar en su taller, era todo un san José de nuestro
tiempo; por su silencio, su profundidad y su servicio. Al finalizar, le dije:
“usted es el carpintero de Dios”, a
lo que sonrió pero también se sonrojó.
Aproximadamente a los quince días
había culminado su trabajo, la rapidez se debía a la seriedad y al empeño que
puso en realizarlo. Al poco tiempo se enfermó seriamente. En esos días llegó
Monseñor Juan Alberto Puíggari a la parroquia a celebrar la Santa Misa y, una
vez finalizada, fuimos a la sacristía. Allí el Obispo tomó un pequeño sobre de
su maletín y me lo dió: era un algodón con aceite de la lámpara que permanece
junto a la Virgen de Luján en su Santuario, y me dijo “tomá Sergio, te lo regalo”.
Acepté el regalo con un alto valor espiritual y me sentí impulsado a dejarlo
sobre el altar del oratorio de la casa junto a “las manos de la Madre” ya que en varias oportunidades experimenté
cómo Ella indica el camino, el destino de las cosas. Este gesto de dejar en sus
manos las situaciones, las personas o en este caso el regalo especial,
significa para mí descubrirme siempre un “instrumento”
en sus manos, ya que Ella nos utiliza para sus planes.
Al día siguiente, por la noche,
celebré la Misa dominical y al salir a saludar a las familias, se acercó la
esposa del “carpintero de Dios” y me
dijo que su esposo estaba muy grave, en terapia intensiva en el hospital. En
ese momento pude comprender el destino del “aceite
de la Virgen”. Inmediatamente me dirigí hasta la capillita de la casa
parroquial y le alcancé el algodón empapado en aceite, contándole cómo llegó a
mis manos este valioso óleo.
La señora, muy emocionada, recibió
el signo de consuelo de María y se lo llevó inmediatamente a su esposo, quien
alcanzó a recibirlo y colocarlo en su pecho, junto a su corazón.
Al poco tiempo, el “carpintero de
Dios” partió hacia la Casa del Padre, llevando en su corazón el amor de la
Virgencita de Luján, su amada Madre, manifestado en este providencial regalo.
En acontecimientos como éste,
comprendo que hay una real acción providente de Dios Padre, hasta en los más
mínimos detalles. Si nos atreviéramos a seguir las mociones del Espíritu y
dejarnos conducir por Él, alcanzaríamos a contemplar mucho mejor las maravillas
que el Señor, por medio de María, obra en nuestras vidas.
Ella, ciertamente, guarda en su
corazón el plan del Padre para cada uno de nosotros, y sigue uniendo sus manos
en oración por mí: solo tengo que decir sí.
Las manos de mi Madre
A los pocos meses de ser nombrado
párroco de la Parroquia Santa Ana de la ciudad de Viale, sucedió un hecho muy
triste. En la intersección del acceso a la ciudad y la Ruta provincial 32, se
alzaba una ermita dedicada a Nuestra Señora de Fátima. Un domingo de madrugada,
alguien o algunas personas destruyeron la imagen a golpes, con algún elemento
que me imagino podría ser un martillo.
Ese día, cerca de las ocho de la
mañana, golpearon la puerta de la secretaría y al abrir vi a dos policías; uno
de ellos llevaba entre sus brazos la imagen rota de la Virgen. Me llamó la
atención su rostro acongojado y de dolor, entregando a la Virgen como si
entregara a un difunto.
En ese momento me pregunté: “¿qué
hago?”. A los pocos minutos llegó la secretaria, Norma, y decidimos en
principio dejarla sobre una mesita blanca que teníamos en el lugar. En unas
horas se corrió la noticia y espontáneamente comenzó a acercarse el pueblo
fiel: niños, jóvenes, abuelos, familias y espontáneamente comenzaron a pedir “pedacitos” de la Madre. Accedí a su pedido,
y en poco tiempo se llevaron la totalidad de los pedazos provenientes de su
vestido, de su rostro, etc.
Le pregunté a una señora por qué se
llevaba un pedazo de la imagen y me respondió “para pedirle perdón a Ella por
lo que le hicieron y para rezar por quienes ofendieron a la Virgen”.
Así, muchos pedacitos fueron
formando una nueva imagen: la imagen
de un pueblo cargado de amor y consuelo para brindarlo ante el dolor. Así
también me uní al gesto y tomé para mí las
manos de mi Madre.
Antes de media mañana ya no quedaba
nada de la imagen rota pero, simultáneamente, fue apareciendo una fuerza
renovadora: la fuerza de la oración y una nueva presencia de la Virgen, en las
personas y hogares que se llevaron un pedazo de su imagen.
Nos reunimos los miembros de la
comunidad y nos pusimos en la campaña de restituir la imagen en el lugar, para
lo cual comenzó una colecta especial con este fin, y surgió el propósito de
realizar una peregrinación y Misa en su honor.
Al mes del acontecimiento,
celebramos con gozo la colocación de una nueva imagen más grande y más digna en
la intersección de rutas. Un gesto que fue coronado con una peregrinación
multitudinaria de niños con globos amarillos y blancos, jóvenes del colegio
parroquial, familias y pueblo fiel que ama con todo su corazón a la Virgen, con
la fiesta de la Iglesia que ama a su Madre.
Mientras tanto, después de varios
años, permanecen “las manos de la Madre”,
en el altar del oratorio de la casa parroquial.
Allí, entre sus dedos, coloco
habitualmente los pedidos de salud para enfermos, los pedidos de las madres por
sus hijos que sufren el flagelo del alcohol, la droga, el sin sentido de la
vida, etc. Pongo en su manos la comunidad parroquial para que seamos fieles al
Evangelio de la Vida y tengamos la gracia del anuncio de la Buena Noticia; todo
en la certeza de que sus manos permanecen unidas en oración constante, por todo
el mundo y también por mí.
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