Llamado

Al que madruga, Dios... lo llama (P. Leandro Bonnin)

Muchas veces siento que el relato de mi vocación no tiene mucha gracia: es una historia bastante lineal, clásica y previsible. Sin embargo, cada vez que me toca contarla me doy cuenta de que tiene mucha, mucha gracia...
La falta de “dramatismo” se debe a que supe que tenía que ser sacerdote de una manera enormemente clara. Hasta recuerdo el día preciso y la hora aproximada: domingo 9 de octubre de 1994, entre las 8:30 y las 9:30 horas. Yo tenía entonces 14 años. Fue durante una Misa en la que habremos sido, como mucho, unas diez personas, porque llovía a cántaros. Un rato antes de la celebración –luego de mil “casualidades” de esas que Dios permite y ordena– estuve tomando mate con Gustavo Orcellet, uno de los jóvenes más grandes del Grupo Misionero de mi pueblo, todo un referente para nosotros.
En esa extraña mateada –repito, ¡un domingo lluvioso a las 7:00 am!– Gustavo me contó que dejaba sus estudios terciarios e ingresaba en el Seminario Mayor para ser sacerdote. Él, sin demasiados rodeos, me tiró la pregunta: “¿Vos nunca pensaste en ser sacerdote?”.
Yo respondí que no. Estaba cerca de Jesús, vivía con mucho gozo e intensidad mi vocación cristiana; soñaba con ser santo y conquistar muchas almas para Jesús. Pero la idea de formar una familia era muy nítida en mi corazón, tanto como la decisión de esperar a tener 18 años para ponerme de novio y el deseo de tener muchos, muchos hijos.
Igual, la pregunta me quedó “picando”. Luego de algunos mates más, fuimos a la parroquia, rezamos el Rosario y nos metimos en la sacristía para ser monaguillos.
El Evangelio de ese domingo era especial: la historia del joven rico. Cada palabra que el padre Heraldo Reverdito fue leyendo, y cada reflexión de su homilía –cuyo contenido no recuerdo en detalle, pero sí su referencia al “ciento por uno”– fueron acrecentando paulatinamente la luz en mi alma.
De pronto, al promediar la Misa, sin que yo me diera cuenta, todo se había vuelto claro. Una imponente certeza y una misteriosa fuerza se habían apoderado de mi corazón: debía ser sacerdote. Jesús quería que fuera sacerdote. La frase: “ve, vende todo lo que tienes... luego ven y sígueme” atravesó los siglos y se me hizo indudablemente actual.
Esa certeza no me produjo miedo ni preocupación, ni entonces ni después. Tampoco me hice ni Le hice demasiadas preguntas. Al contrario, instalado en el centro de mi alma, el llamado inundaba de serenidad todas las dimensiones de mi ser juvenil. Repentinamente, todas mis preguntas encontraron respuesta. Me había encontrado con el sueño de Dios sobre mi vida, con el eterno plan del Padre.
Sentí algo muy difícil de describir. Era como si mi vida, pequeñita hasta entonces, perdiera sus límites. Mi horizonte se ensanchó más y más. Mis sueños y mis aspiraciones se volvieron infinitos, abrazando el mundo entero.
Al día siguiente, con mi deforme letra de niño de segundo año, escribí en una especie de diario que tenía: “durante la Misa, comprendí que el llamado era para mí también, que yo quizá era el destinatario de tan claras palabras. Y allí, no sé si durará, me decidí a ser sacerdote…”.
Lo que vino después tuvo para mí la misma sencillez que los primeros segundos. Mis papás se dieron cuenta de mi vocación antes de que yo les dijera, porque en realidad lo estaba diciendo de muchas maneras: más oración, más radicalidad en mis opciones, más entusiasmo en el apostolado, más formación. Y más alegría, una alegría que a la vez –paradójicamente– era muy seria.
A inicios de 1995, después de mi primera misión con el Grupo Nuestra Señora del Rosario –mi segunda familia, antes de la tercera que fue el Seminario– y de los segundos ejercicios espirituales, decidí que no quería, que no podía esperar más; iría al Seminario Menor. Pero mi párroco, con buen tino, me aconsejó esperar un año más. Me dijo: “viví desde ahora como seminarista, aunque todavía no entres, y será un año muy valioso”.
Así fue. Tuve ocasión de forjar amistades en Cristo que nunca se han roto. Fue un tiempo de conocerme mucho mejor, y de intentar vivir el llamado a la santidad a los 15 años, con todas mis miserias encima y a la vez con inmensos sueños.
En las vacaciones de invierno, Gustavo regresó a Primero de Mayo. Era el joven por cuyos mates y preguntas el Señor me predispuso al llamado. Como él había recibido la sotana y había traído dos, me saqué una foto junto a él en el living de su casa. El contraste entre la cara de niño y el solemne hábito talar era un poco gracioso. Pero guardo esa foto con cariño y la vuelvo a mirar cada tanto, como queriendo recuperar siempre la ilusión de esos primeros meses.
En agosto visité por primera vez el Seminario de Paraná, junto con mi párroco. Todo se me presentaba con una dimensión mística ineludible; palpaba la presencia de Dios guiando cada paso. Me recibió el que sería mi prefecto, pbro. Pedro Barzán, y el rector del Seminario, el padre Puiggari.
El 11 de marzo de 1996 ingresé al cuarto año del Seminario Menor. Comenzaba con intensa alegría una etapa decisiva. Me sentí en casa desde el primer momento: era como si el Seminario –tanto en sus dimensiones como en el estilo de vida que me proponía– estuviera hecho a mi medida.
Muchas veces me preguntaron si no extrañé al irme bastante chico de mi casa paterna. Es cierto, había dejado en la costa del Uruguay mis primeros 16 años de vida. Aunque quizá, en realidad, no los había dejado, sino que los traía conmigo. Porque con el tiempo me di cuenta de que el Señor me había ido formando para el sacerdocio desde mi más tierna infancia.
Lo cierto es que en ningún momento extrañé algo del pasado: el deseo de ser sacerdote era como un imán que atraía todas mis fuerzas vitales hacia el futuro.
Además, no extrañaba porque sabía que estaba allí no por una ocurrencia personal, sino porque el 9 de octubre viví un nuevo nacimiento. El ven y sígueme oído ese día había “dado a luz” un nuevo Leandro.



Por qué me hice cura

Mis inicios (Padre Germán Brusa)

Para que se comprenda el relato de mi llamado al sacerdocio, creo necesario contar algo más de mi vida desde sus inicios.
Nací el 15 de noviembre de 1971, en la localidad de San Martín de la Escobas, provincia de Santa Fe, Argentina. Fui bautizado el 4 de diciembre de ese mismo año en la Iglesia local –San Martín de Tours–, donde luego recibí también mi primera Comunión y mi Confirmación.
Soy el primero de tres hijos. Me sigue mi hermano, dos años menor, y mi hermana, diez años menor. Mis hermanos están casados y el mayor tiene una hija de ocho años. Todos ellos, al igual que mis padres, viven en la misma localidad de San Martín de la Escobas.
Los primeros ocho años de mi vida estuve en la zona rural y luego nos mudamos al pueblo. Es por ello que parte de mi escuela primaria la hice en el campo y parte en el pueblo. A los 13 años comencé mis estudios secundarios y cuatro años después egresé como Técnico Electrónico en la ciudad de San Francisco, Córdoba.
En 1989 se produce un acontecimiento clave en mi vida: el encuentro con el Señor. Esa mi “experiencia fundante” a partir del sacramento de la Misericordia y el Perdón. A partir de ese momento comienza mi participación en la Iglesia caracterizada por la proyección misionera. En 1991 ingresé a la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER), y diez años después egresé como Bioingeniero. Entretanto trabajé como docente, y entre 1994 y 2001 formé parte de la Acción Católica Argentina. En ese tiempo participé y coordiné varias misiones en el interior de la Arquidiócesis de Paraná. Una experiencia que me marcó enormemente en mi proyección misionera fue el participar –en 1999 y como congresista– en el COMLA–CAM (VIII Congreso Misionero Latinoamericano y I Congreso Americano Misionero). A partir de entonces se me presentó el deseo y el desafío de la misión en Asia.
En marzo de 2002, con 30 años, ingresé al Seminario Arquidiocesano de Paraná. Dos años después comencé un posgrado en Educación, también en la UNER, que concluí cuatro años más tarde.
El 31 de octubre de 2009, Monseñor Mario Maulión me ordenó diácono y fui destinado a la Parroquia San José en Hasenkamp, Entre Ríos. En mayo del año siguiente Mons.
Maulión me ordenó presbítero y tuve como primer destino la Parroquia Santa Rosa de Lima en la localidad de Villaguay, Entre Ríos. Unos meses después presenté al Obispo una carta de disponibilidad para la misión.
En 2011 asumió el nuevo arzobispo de Paraná, Mons. Juan Alberto Puiggari, y fui trasladado a la parroquia Cristo Peregrino en la ciudad de Paraná. Nuevamente presenté la carta de disponibilidad para la misión Ad Gentes. En marzo de 2013 fui trasladado a la parroquia San José Obrero, también en Paraná, donde permanezco hasta la actualidad.

Aprender a escuchar a Dios: discernimiento vocacional

Para contar cómo Dios me llamó al sacerdocio, permítanme valerme de una carta –dirigida a una amiga que vive en una comunidad religiosa–, escrita por mí en 2009.
Estimadísima Amiga:
Llegue a vos la gracia y la paz de parte de aquel que es, que era y que vendrá... (Cf. Ap. 1,4.).
Te escribo a máquina porque mi letra es horrible y si tengo que escribir mucho con buena letra demoraría demasiado.
La verdad es que me alegró muchísimo cuando me llamaste el día de mi ordenación diaconal. Aunque espacio-temporalmente hayamos compartido poco; no es poco, ni menor, que tengamos el mismo “formateo” profesional. En este sentido, uno se siente de algún modo acompañado y comprendido. Esperemos y recemos para que te dejen venir a la ordenación presbiteral.
La ordenación, aunque modesta (solo un sacerdote y un diácono) fue todo un hito. Fundamentalmente por ser el año sacerdotal. Un año especial de gracia. Además, estuvieron varios colegas de la facultad (y no precisamente los más católicos).
¿Cómo llegué a ese punto? Es una larga historia. Por ahora solo voy a contarte algo de mi proceso de discernimiento vocacional y si alguna vez nos encontramos charlaremos y entraremos en más detalles.
Dos años antes de terminar la carrera comencé a profundizar el tema vocacional con mi director espiritual (en ese momento era el padre Pedro Castagno, de los servidores de Jesús y María). En realidad lo que yo quería era orientarme hacia un laicado consagrado. Trabajar como profesional donde más se necesitara, pero sin una familia.
Al poco tiempo fui descubriendo (con la ayuda de Pedro) que en esta postura había no pocas motivaciones egoístas. Desde ahí comenzó un duro período de lucha interior. Me tomé mi tiempo. Hablé con algunas personas con autoridad en el tema e hice una tanda de ejercicios ignacianos de ocho días. Tuve una búsqueda muy intensa. Parecía absurdo haber hecho toda una carrera para nada...
Hablé también con Mons. Puiggari, quien en ese momento era obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Paraná. Él me comentó que muchas veces a los jóvenes que trabajan en las parroquias se les presenta esta duda, pero que suele ser una tentación. Que como están tanto tiempo en las cosas de Dios creen que Él los está llamando. En ese punto yo dije: “Ya está... tengo que dejar algunas actividades eclesiales”.
Así renuncié con convicción, pero también con mucho dolor a ser responsable del equipo de formación de la Acción Católica y me centré más en la facultad. Participé del Centro de Estudiantes de la Facultad de Ingeniería (CEFI) y fui consejero estudiantil en el Consejo Directivo (CCDD) de la Facultad de Ingeniería de la UNER.
Pero el Señor me fue llevando por caminos insospechados. Los chicos de la agrupación La Nueva Corriente (LNC) eran en general agnósticos, ateos, algunos creyentes, otros militantes del Partido Comunista, simpatizantes del Partido Justicialista y unos pocos anarquistas anticlericales. Sin embargo, en las cuestiones humanas, cuando “las papas quemaban” venían a charlar amigablemente. Y la mayoría, aunque no compartían mi creencia ni mis ideas, me respetaban y confiaban sus cosas.
Esto me llevó a pensar que la única forma para que esta gente se encontrara con un sacerdote era que yo fuera sacerdote. Esa fue una intuición muy fuerte. De ese modo salía a flote el planteo vocacional una y otra vez. El Señor me iba mostrando a través de distintos signos que Él hacía rato me estaba llamando...
En ese momento hice un retiro ignaciano de una semana y ahí definí el asunto... el Señor me quería sacerdote.
Ese último año universitario antes de entrar al Seminario, fue una tortura, una gozosa tortura... porque tenía que hacer y presentar con esmero el proyecto final sabiendo que jamás iba a dedicarme a eso.
Además, tenía que seguir discerniendo porque si bien era claro el tema de la consagración, no estaba claro dónde. A mí me “tiraba” mucho la misión... pero la cosa no se dio así. Entré al clero diocesano.
Lo cierto es que en ese momento no estaba muy convencido de entrar al Seminario de Paraná. Primero, porque veía que los sacerdotes diocesanos en las parroquias no estaban muy convencidos de la necesidad de la misión; y segundo, por malas experiencias que había tenido con algunos sacerdotes diocesanos un tanto autoritarios. Pero por sugerencia de mi director espiritual y de Mons. Karlic, entré al clero diocesano de Paraná. Decisión de la que no me arrepiento pero que de algún modo estoy sufriendo... Bueno, esto da para más pero lo dejamos para la próxima… Saludos a la Madre y a tus Hermanas de comunidad.
Que el Señor te bendiga y te guarde…
Germán





Caminando en la orilla (Padre Sergio Hayy)


“Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos, que echaban las redes al mar, entonces les dijo: Síganme” ( Mt. 4,18). Estas palabras, tomadas del Evangelio, expresan mi experiencia del llamado: el Señor sigue caminando en las orillas de todos los corazones. Camina buscando por todo el mundo y en las distintas realidades de todos los tiempos, a quienes quiere dirigir su mirada y proponerle el seguimiento.
El llamado de los apóstoles aconteció en las costas del mar de Galilea, también nombrada como “Galilea de las naciones”, en un lugar símbolo de su alcance universal.
El acontecimiento fundante de mi vida en Cristo lo ubico en dos sucesos.

Un cruce de miradas

El primero ocurrió el 9 de abril de 1987, durante la segunda visita que Juan Pablo II realizó a la Argentina. Después de un itinerario por varias ciudades del país, llegaría a Paraná y viviríamos así un hecho sin precedentes.
Esa mañana yo estaba junto a miles de jóvenes en el predio del aeropuerto. Tenía 22 años. Hacía poco más de dos años que había egresado de la Escuela de Oficiales de la Policía de Entre Ríos y trabajaba en la Comisaría IIa de la ciudad de Paraná. Cursaba además la Licenciatura en Comunicación Social y contaba con una hermosa familia.
Aparentemente no tenía necesidades; lo tenía todo, no esperaba nada. Sin embargo, a decir verdad, sí esperaba “algo” o “Alguien”.
No podía definirlo, pero vivía en un cierto vacío en el orden espiritual. Sentía que tenía una sólida formación en lo humano –encarnaba valores como la solidaridad, la responsabilidad, la verdad– pero no tenía vida de fe práctica, no tenía conciencia de la vida sobrenatural.
El ir a ver al Papa, sin embargo, estaba en relación con la fe, con Dios, con la Iglesia; realidades que hasta ese momento no había profundizado. Nunca imaginé el alcance que en el futuro tendrían en mi vida.
No recuerdo que haya ido en búsqueda de algo especial, ni con algún deseo particular. Fui solo para ver a Juan Pablo II; su carisma y su personalidad eran un imán que arrastraba multitudes. Sin embargo Dios, a través de ese acontecimiento, tenía preparado transformarme, producir una verdadera epifanía. Yo no esperaba nada, pero Dios lo “esperaba todo”; esperaba mi vida, esperaba mi Sí.
Recuerdo con gran alegría cómo se iban congregando personas de todas las edades. Me llamaba la atención ver tantas familias con sus hijos chiquitos y los servidores con sus pañuelos y su canto: “Juan Pablo… Segundo… te quiere todo el mundo…”. Todo estaba preparado para el gran encuentro. De pronto algunos anunciaban: “¡ahí viene el avión!”, y la gente empezaba a gritar; pero pasaba… no era el avión indicado. Unos minutos después, apareció el avión que transportaba al Papa. Se escuchaban aclamaciones, llantos y se percibía una enorme ansiedad. Cuando aterrizó, se acercaron varias personas de protocolo y el arzobispo Monseñor Karlic, feliz por lo que estábamos viviendo.
Juan Pablo II subió al papa móvil y empezó su recorrido por un circuito previamente delimitado, un camino repleto de un lado y de otro por personas que lo esperaban. La gente agitaba sus banderitas amarillas y blancas junto a las celeste y blanca. Todos saludando al Papa y el Papa saludando a todos.
Luego de un instante, lo vi subir por la rampa hacia el techo del edificio del aeropuerto, desde donde presidiría la celebración. Yo me encontraba casi al borde de esa rampa. Fue ese preciso momento cuando lo sentí fijar su mirada en mí. Es difícil encontrar las palabras para describir el cruce de miradas, pero ahí sentí el llamado. ¿A qué? No lo supe en el momento, solo comprendí –en lo profundo de mi interior– que Cristo en él me llamó.
Al regresar a mi casa estaba muy movilizado. Sentía que Dios, a través del Papa, me estaba buscando, me estaba llamando. Regresé muy distraído de las cosas pasajeras y al mismo tiempo muy atento a una nueva realidad: “la voz de Dios”.
Esa semilla sembrada despertó una nueva situación, muy de adentro, muy en el corazón, donde se juegan todas las cosas. Despertó una búsqueda, no de proyectos propios sino la búsqueda de una Persona, de Alguien que te puede modificar el curso de la vida. Yo me preguntaba: ¿qué significará ese llamado?

Transportado dentro de Dios mismo

El segundo suceso aconteció entre el 4 y el 7 de junio de 1987, mientras realizaba un retiro organizado por el Movimiento de Jornadas de Vida Cristiana. El lugar fue el centro Mariápolis, donde antiguamente funcionaba el pre-Seminario y actualmente vive una comunidad de consagradas. El predio está rodeado por campo verde y árboles de diversas especies, tanto autóctonas como exóticas; es un verdadero paisaje entrerriano.
El retiro pretendía un encuentro con Cristo, con uno mismo y con los demás. Consistía en charlas ofrecidas por los jóvenes, momentos de meditación, misas que daba un sacerdote asesor y un espacio de reflexión grupal y personal. Ese fin de semana era justamente la solemnidad de Pentecostés.
Al caer la tarde y entrar en la oración, estando en la gruta de la Virgen de Lourdes ubicada al fondo de un camino con pinos de un lado y de otro, me sentí como transportado dentro de Dios mismo. Tuve la experiencia de Dios fundante de mi vida. Tuve la vivencia luminosa y la firme convicción de que Dios es el Dios Vivo, que vive en la historia y que hoy está aquí. Descubrí a Dios en mi vida.
Entré en comunión con un Dios Amor. Experimenté que “mi vida” es suya, que Él tiene un plan, un designio. Que ese proyecto no me pertenece pero que debo descubrirlo a partir de un seguimiento: “seguir a Jesús”; que Él me lo mostraría en el tiempo, que me abandone y confíe.
Fue un momento contemplativo. Guardo esta vivencia como el “tesoro escondido en el campo” por el cual, una vez encontrado, vale la pena venderlo todo. Sentí que aquí está la roca, este es el cimiento, esta es la raíz y de aquí no me muevo más.
Hoy comprendo aún mejor lo que significa estar arraigado en un Dios vivo. Edificados firmemente en un Dios que es Padre bueno y amoroso, que se muestra en Cristo y que actúa en la historia por medio del Espíritu Santo que es viento y fuego, y quien sopla y marca hitos en la vida y en los tiempos. Sentí en el alma que soy espíritu y peregrino. Testigo y apóstol del amor de Dios.
De esta manera, Dios me regaló la visión de Sí. Me mostró un atisbo de su corazón, fugaz y eterno, cercano y lleno de misterio. Después de lo cual no quedé fijado a una fórmula para volvernos a encontrar, tampoco quedé ajeno al mundo. Retorné a la vida cotidiana. Era el mismo, pero ya no era lo mismo.
En varias oportunidades los 6 de junio he ido a Mariápolis, al mismo lugar, para hacer memoria del llamado. Ese lugar donde el sol se oculta y despunta es la tierra que guardaba el principio de todo lo que soy. Allí latía fuertemente la vocación y reposaba mi existencia en Él. Luego de un rato de profundo gozo, volvía a mi casa alabando y cantando, renovado en el Señor.
Durante la segunda mitad de 1987 brotó fuertemente en mí la necesidad de participar de grupos de la Iglesia. Había participado de la Acción Católica de la Parroquia San Miguel, pero desde este nuevo fervor suscitado por el Papa y el retiro, consideraba que tenía que volcarme al compromiso con una fe renovada.

Un largo camino de discernimiento

Integré un grupo que se llamaba Prensa y Difusión del Movimiento de Jornadas; nos reuníamos en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Paraná. En octubre de ese año participé como “ovejita” de un Seminario de Vida en el Espíritu que se realizó en el Atlético Echague Club. Al año siguiente participé otra vez de un Seminario de Vida, pero esta vez como servidor. Estuve además en equipos de Camino, que eran retiros para adolescentes; fui miembro del secretariado del Movimiento de Jornadas e integré la Pastoral de Juventud, representando a los movimientos de la Diócesis.
En octubre de 1990 se realizó el Encuentro Nacional de Responsables de Pastoral, donde intervine en el Área de Formación de Laicos. Allí conocí al padre Ricardo Mártensen, fundador del Movimiento de la Palabra de Dios. En la Pascua de 1991, se realizó un retiro del movimiento en Buenos Aires al que asistimos con un grupo de jóvenes. Esta experiencia de Pascua se convirtió en el inicio del Movimiento de la Palabra de Dios en la Diócesis.
El camino en este carisma hizo que me encontrara con la propuesta de la vida consagrada, totalmente nueva para mí. Esta forma de vida estaba constituida por comunidades llamadas “Nazaret”, tanto de hombres como de mujeres, y lo novedoso era que esas comunidades estaban integradas por laicos y sacerdotes que compartían el llamado a la vida consagrada.
Por si esto fuera poco, en 1992 se inició un servicio en el cementerio de la ciudad promovido por el padre Juan Pablo Esquivel; el Ministerio de las exequias. Debido a mi pertenencia territorial –eclesialmente hablando– a la capilla Santísima Trinidad del Cementerio, me comprometí con este servicio. Como ministro de exequias, atendía los días sábados por la mañana.
Así, poco a poco, aprendí que la vocación no es algo estático sino una realidad dinámica y que vivir una vocación, es vivir respondiendo constantemente a la Voluntad de Dios. Una respuesta no mecánica sino acorde a lo que el Señor pide en cada momento. Aprendí también que aunque nunca hay dos respuestas iguales, siempre debe estar vivo el mismo espíritu de caminar. El que es llamado, con un corazón totalmente anclado y dispuesto, debe responder a partir de una escucha atenta.
Al principio da la impresión de vivir como a la intemperie, y en un aquí y ahora que te puede desestabilizar, pero en realidad es la experiencia de vivir en el hueco de la mano de Dios y en la estabilidad que da Dios por estar en Él.
Pienso a veces en las dudas y sombras que se alzan en el corazón de los jóvenes candidatos a la vida sacerdotal y religiosa, y me cuestiono si es posible estar tanto tiempo en esa situación. Me pregunto: si alguien que camina hacia la consagración no encuentra satisfacción en el alma por ser llamado, ¿dónde va a encontrar el gozo constante para ser fiel? Difícilmente encontrará la felicidad en las obras, por más que las mismas sean hechas en el nombre del Señor. Personalmente, fui interpretando poco a poco que el núcleo de esa vocación consistía en la consagración de la vida; mi corazón solo para Dios y nadie más.
El papa Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret dice que la palabra consagrar “significa traspasar algo –persona o cosa– a la propiedad de Dios”. Luego dice el Papa: “la consagración del discípulo, está unida a la consagración de Jesucristo, es participar en su ser consagrado”. Es precisamente esto lo que fui madurando en la vida.
A raíz de este movimiento interior, hacia fines de 1991, había comenzado ya un camino de consagración en el Movimiento de la Palabra de Dios. El camino se llamaba “Nazaret”. Fui haciendo un discernimiento vocacional, porque no tenía claro todavía dónde el Señor me llamaba a vivir esa consagración.

“Harás esto en memoria mía”

No lo tuve claro hasta que llegó el 7 de diciembre de 1993, vísperas de la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Con ocasión de la ordenación sacerdotal de siete diáconos, fui invitado por uno de los ordenandos, el padre Ricardo Abalde.
Durante la Santa Misa, al pronunciar Monseñor Estanislao Karlic las palabras de la consagración: “Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre, hagan esto en memoria mía”, resonó en mi alma la voz del Señor: “harás esto en mi memoria, todos los días hasta el fin de tu vida”. Fue un terremoto; el Señor nuevamente me sacudía. Las olas eran muy elevadas, pero la voz del Señor me dejaba sereno, me daba paz en el corazón.
Comencé el discernimiento de esa “voz interior” y hablé con el sacerdote de mi capilla, el padre Juan Pablo Esquivel. Él, en un gesto de disponibilidad total y gran confianza, me hizo la carta de presentación para ir al Seminario.
En febrero de 1994 tuve una charla con el rector, el padre Juan Alberto (hoy, arzobispo de Paraná). Le conté mi historia vocacional y le dije cosas a mi parecer muy mezclado, pero recuerdo que me escuchó con mucha tranquilidad y atención y me dijo: “Andá, hace todo lo que tengas que hacer y entrá al Seminario”.
Al día siguiente, cuando fui a trabajar le dije a mi jefe –llamado Mario Bordis– que me iba de la Policía y que entraba al Seminario. Hasta el día de hoy, quien era mi superior me recuerda esa conversación ya que para él fue un momento fuerte. En la actualidad, uno de sus hijos, de nombre Francisco, es mi ahijado de Bautismo. 
Trabajé hasta el primero de marzo. Ese día entregué el uniforme completo que había recibido con cargo: camisas, chaquetillas, pantalones, borceguíes, zapatos, cintos, accesorios varios y el arma reglamentaria, con sus cargadores completos.

El sendero de pinos: la dirección correcta

Finalmente ingresé al Seminario el domingo 3 de marzo. Ese día madrugué, hice una mochila con la ropa que necesitaría provisoriamente y tomé el colectivo de la línea 5, cuyo recorrido finalizaba en el barrio AATRA.
Desde allí comencé a caminar; al ingresar al Seminario por el sendero de pinos –que se agitaban por la suave brisa de la mañana mientras el sol atravesaba su follaje–, sentí que mis pasos iban en la dirección correcta. Percibía que entraba a un nuevo tiempo, que finalmente entraba a Nazaret… al silencio y a la oración, a la vida oculta y a la intimidad del encuentro con quien me llamó. ¡Dios es fiel!

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