Eucaristía

              ¿Qué significa la Misa en tu vida de sacerdote?



La Misa: celebrar el gozo del encuentro con el Resucitado en los acontecimientos ordinarios de la vida (Padre Germán Brusa)
El tema de la Eucaristía es algo no acabado. Tengo la teoría, como todo sacerdote, pero la comprensión real que tengo de este misterio es bien poca.
Es más, lo que últimamente me ha ayudado a comprender algo de este misterio no ha sido ni la lectura ni el estudio sobre el tema, sino la contemplación de algunos acontecimientos concretos.
Por ejemplo, uno de esos acontecimientos lo viví justo un domingo de Pascua y ha sido muy significativo porque me ayudó a dar respuestas a una consulta. Ahí descubrí la fuerza viva, real y actual de la Eucaristía porque de no haber participado de la Vigilia Pascual este hallazgo hubiera sido impensable.
Por eso a continuación transcribo una carta que escribí a una dirigida espiritual en ocasión de esa experiencia.
Querida Hija:
Ayer, domingo de Pascua, el Señor me dio una gran lección.
Luego de la Vigilia me fui a casa para pasar ahí el domingo y el lunes. Partí de Santa Fe en un colectivo que sale a las 5.50 horas. Es raro que tome ese colectivo (me tengo que levantar a las 4.00), y demora como tres horas para llegar a mi casa porque hace un recorrido largo y entra en todos los pueblos. Pero, en fin, quería llegar unas horas antes a casa.
A la salida de Santa Fe (a la altura de la cancha de Colón) un grupo de más de cinco mujeres subió al colectivo.
Yo estaba en el medio del ómnibus, casi solo, queriendo acomodarme para dormir. Pero resultaba bastante difícil y de hecho no pude hacerlo. Primero, porque me cuesta dormir en los colectivos, especialmente los que van a mi pueblo porque son un tanto incómodos. Segundo, porque las mujeres se instalaron a mí alrededor y no pararon de charlar. Pero he aquí la gran cuestión…
Yo no podía evitar escuchar la conversación porque era una gran tertulia y además hablaban fuerte. Al principio me fastidió un poco, y pensé: “no voy a poder dormir durante largo rato, estas son las típicas… señoras (aunque en su mayoría eran mujeres jóvenes) que se chismean todo lo del barrio”. Entonces empecé a especular hasta dónde iban –según lo que escuchaba– para ver cuánto iba a durar mi tortura.
Pero al rato advertí que en estas mujeres había algo que las unía fuertemente, no todas tenían el mismo origen, pero sí todas tenían en ese momento un objetivo común: visitar a sus esposos presos en la cárcel de Coronda.
En ningún momento dijeron que iban a Coronda, ni que sus esposos estuvieran presos, pero el uso del lenguaje lo hacía evidente:
–¿A tu esposo cuanto le falta?
–Dos, pero el año que viene comienza a salir con permiso.
–¿A dónde estás viviendo?
–Ahora estoy en mi casa, pero estuve un tiempo con mi mama...
–Por suerte la causa la pude cerrar bastante rápido, el Queco me consiguió un abogado que me la hizo por $500.
–Alejandra, a vos tu marido te va a matar cuando vuelva… le vendiste todo…
–No, solo el televisor, la heladera y el “equipo”. Lo que más me dolió fue el “equipo”. Yo pedía $800 y me dieron $700. Con eso cerré la causa.
–Espero que podamos pasar rápido cuando lleguemos. La vez pasada nos dieron tarjeta rosada y tuvimos que esperar bastante para la íntima.
Evidentemente, cuando llegamos a Coronda confirmé mi intuición; se bajaron como 10 mujeres (algunas de ellas con chicos).
Luego de esto tampoco me pude dormir. Pensaba… pensaba varias cosas…
Un domingo de Pascua estas mujeres van con el perfume de su vida a la cárcel de Coronda, con la esperanza de ver resucitados a sus esposos.
Me vino a la mente la imagen de las mujeres que van el domingo muy de madrugada al sepulcro para honrar el cuerpo de Jesús. También recordé varios de los pasajes de la Escritura que leímos en la Semana Santa. Varios de ellos los medité, pero no alcancé a comprenderlos completamente. Me vino a la mente el libro de Tolstoi: “Resurrección”, donde siempre está abierta la conversión del que comete injusticias y que todo hombre mientras esté vivo es recuperable como tal.
Estas mujeres no hablaban de los hipotéticos crímenes por los que sus esposos estaban presos. No había reproches ni resentimientos en ellas. Por el contrario, a ellas las sostenía una gran esperanza, la de poder volver a estar con sus esposos.
Pienso que las mujeres que fueron al sepulcro el domingo de Pascua no lo hicieron por un impulso puramente humano. Ellas también fueron con la esperanza de encontrarse con el “Esposo” y de verlo definitivamente libre de la muerte. Pero no desde una esperanza humana, sino desde una esperanza divina.
El poco tiempo que las mujeres habían estado con el Señor fue suficiente para recibir la Fe, la Esperanza y el Amor que solo viene de Dios.
Esta Fe, Esperanza y Amor las ha hecho trascender más allá de los límites humanos y culturales. No repararon en las dificultades (la roca a la entrada del sepulcro, los soldados, etc.), ni en prejuicios sobre el ajusticiamiento de Jesús. El Amor no tiene límites.
Pero esta experiencia del amor sin límites no es algo extraño al amor humano. De hecho estas mujeres que visitaban a sus maridos mostraban eso. Su amor se purificaba con la lejanía del esposo.
Estas experiencias tampoco son lejanas a la vida del común de la gente. No hace falta tener a un familiar muy cercano y querido en la cárcel para darse cuenta de todas las expectativas que se generan en uno. Basta sentir la impotencia para poder amar.
En esos momentos sentí impotencia. Impotencia de no poder hacer nada por esas mujeres (solo las escuchaba como un espectador). Impotencia de no poder hacer nada por los presos o por los que erran el camino. Pero la mayor impotencia la experimenté al descubrir que no amo lo suficiente. Tantos años en el camino del Señor…
Pero luego fui cayendo en la cuenta de que esta impotencia es saludable. Te hace sentir pequeño y que pocas cosas o más bien ninguna de las que uno más quiere está al alcance de la mano. Y quizás este es el gran camino de la vida espiritual… Esto lo había escuchado y leído muchas veces, pero pocas veces lo había experimentado de este modo.
Nuestra fuerza está en nuestra debilidad, como dice san Pablo.
Uno es fuerte cuando descubriéndose impotente para resolver o cambiar algunas cuestiones, entonces se refugia en la oración. La perplejidad de las mujeres en el viernes Santo termina en la visión del Resucitado el domingo de Pascua.
Esto que desde una mirada puramente humana puede parecer funesto, desde la mirada teológica encuentra un terreno muy fecundo para la vida interior.
Podemos apenarnos humanamente porque un grupo de mujeres de Santa Fe, el domingo de Pascua, en vez de disfrutarlo se la pasan en la cárcel de Coronda porque sus esposos han cometido algún delito. Pero ellas no lo viven así, porque ahí está lo que más aman aunque no lo disfruten como algo muy placentero. Ahí descubren lo valioso de la vida, aquello por lo cual son capaces de vender lo que más les gusta, lo más imprescindible para su vida, y solo para honrar a alguien que la mayoría de la sociedad desprecia. Ahí estas mujeres se descubren fuertes.
Si esto sucede en la simple vida humana, cuánto más en la vida según el Señor, que nos da la fuerza para traspasar hasta las barreras que no son humanas.
¡Qué consuelo nos trae su Pascua!
Pero este hallazgo de Cristo Resucitado en los acontecimientos cotidianos no se puede dar sin una clara referencia a la Eucaristía. Los discípulos de Emaús caen en la cuenta de que Jesús caminó 10 km con ellos a partir de un gesto muy concreto: partir el Pan (cf. Lc. 24, 30). De este modo la Misa y la vida cristiana se van unificando. La celebración de la Eucaristía no es algo distinto que el gozo que nos da descubrir a Cristo Resucitado en acontecimientos bien concretos de nuestra vida.
No sé si todo esto viene al caso o no de todo lo que me contás en tu carta… bueno… yo creo que sí, por eso te lo escribo.Creo que tiene que ver con la vida de todo cristiano y esto es lo que nos hace muy cercanos aunque las experiencias sean distintas.
En definitiva uno no se quiere quedar a medias en el camino, por eso la frivolidad, la pereza, la desidia o la tibieza nos causan pánico.
Esto es lo que nos da miedo… el haber errado insensiblemente el camino… nos da miedo que después de recorrer tanto camino en vez de encontrarnos con el Resucitado nos encontremos con un cadáver.
Bueno… como te digo… no sé si respondí a tu problema concreto (creo que no), pero es lo mejor que hoy puedo darte.
Desde ya contá con mi oración.
Que el Señor te siga haciendo crecer y te haga cada día más santa.
¡¡¡Alabado sea Jesucristo!!!
Germán




Milagro de amor (Padre Sergio Hayy)
En mi vida como sacerdote, la Santa Misa es el momento en que, de una manera singular, pongo todo en las manos del Padre.
En primer lugar pongo mis manos y todos mis sentidos, pongo toda mi persona al servicio del altar. Cada vez que elevo el cáliz y la patena siento que soy elevado por el mismo Espíritu Santo, que hace el “milagro de amor” una y otra vez, para la vida de la Iglesia y de toda la humanidad. Es hermoso ser testigo de cuánto valora el pueblo fiel esta presencia real del Señor, y al mismo tiempo es edificante ver cómo la Eucaristía va dando forma a una comunidad creyente.
Toda Santa Misa es una gracia inmensa, sea donde sea, pero ciertas celebraciones tienen un “sabor especial”. Una de las misas “especiales” que presidí tuvo como escenario el desierto de Judea, entre Jerusalén y Jericó, recreando el acontecimiento bíblico del Buen Samaritano. A mitad de camino entre las dos ciudades, nos adentramos en el desierto y celebramos con un grupo de peregrinos de Argentina usando este Evangelio. Para celebrar usé la vestidura litúrgica que corresponde y un turbante en la cabeza a raíz del fuerte sol. Guardo la imagen viva de la elevación de la hostia teniendo como trasfondo el mismo desierto que Nuestro Señor atravesó tantas veces durante su ministerio público.
Pero también, un poco más aquí, recuerdo misas en zonas y parajes casi olvidados de nuestra diócesis, en las jurisdicciones de las parroquias de La Paz, Villaguay, Hernandarias, Villa Urquiza y Viale. Las menciono porque en todas estas parroquias estuve destinado para el ejercicio del sacerdocio.
También he celebrado en lugares de trascendencia para el catolicismo, como son los altares del Santo Cura de Ars, Nuestra Señora de Lourdes, Virgen de la Medalla Milagrosa, Sagrado Corazón de Jesús, Santa Teresita del Niño Jesús (todos en Francia); Nuestra Señora de Guadalupe (México); el altar de la llamada “Casa de María” (Efeso, Turquía); en el altar del Calvario (Jerusalén) y en Nazaret; también en la Basílica de San Pedro, en Asís y en el altar del Padre Pío de Pietrelcina (Italia).
Más allá de todos estos lugares, espacios tan especiales y significativos para la fe, antes de cada Santa Misa pido vivirla como la primera Misa; sea donde sea, allí donde el Señor quiera ser celebrado y mostrar toda la fuerza de su presencia eucarística.



Todo lo ofrecido será transustanciado (Padre Leandro Bonnin)
Recuerdo que durante mi formación, casi en los inicios del Seminario Menor, me sorprendió que uno de los formadores ingresara a la capilla para celebrar la Misa ya cerca de la medianoche, solo.
Mientras se revestía con los ornamentos le pregunté lo que seguramente muchos han preguntado a sus sacerdotes: “Padre, ¿usted tiene que celebrar Misa todos los días?”. No recuerdo sus palabras exactas, pero el mensaje fue este: la Misa es lo más importante que el sacerdote puede hacer por la Iglesia y por el mundo. Aunque solo hiciera eso, ya estaría contribuyendo de una manera decisiva a la salvación de la humanidad. Más aún: todos los años de Seminario estarían justificados por la celebración de una sola Misa. ¡Una sola Misa!
De a poco, día a día, voy “comprendiendo” (siempre el lenguaje es impropio, en realidad no comprendemos nada) algo más de este misterio. La Misa tiene valor infinito y la celebración de la Misa hace que mi sacerdocio tenga valor infinito.
Claro que a este misterio no siempre lo puedo vivir con la misma intensidad. Ese es uno de los aspectos más desconcertantes de la elección divina: Cristo se pone en las manos y bajo el cuidado de hombres frágiles, falibles.
A pesar de esto, puedo decir que intento que la Misa sea el centro, el eje en torno al cual gira toda la jornada, desde el inicio hasta que por la noche cierro los ojos.
En realidad, la Misa no es una “actividad” más que se superponga con las otras, o que esté al lado de las demás. Para mí, la Misa las abraza a todas, todas ellas están en la Misa. Esto lo intento vivir sobre todo en tres momentos de la celebración.
Me gusta en la presentación de las ofrendas desplegar lentamente el corporal, y también lentamente presentar el pan y el vino. En ese momento le digo interiormente a Jesús: “sobre este pequeño mantel, te dejo… la vida, la historia y las intenciones del enfermo que visité, del nenito de confirmación y su familia, del albañil que está haciendo el salón, del chico de la imprenta, del sacerdote con el cual comparto la tarea, de la dirigente de grupo y su entrega generosa, del agnóstico que me pidió que visite a su mamá postrada, de la persona que me dijo que venía a charlar pero nunca llegó, de los jóvenes generosos que se entregan al servicio de los necesitados, de la catequista que sufre por la perseverancia de sus niños, de la amiga que sufre por el desamor de su amiga...”.
Junto a la patena y al cáliz coloco muchos rostros y muchas historias para presentarlas al Padre. Porque –como decía Monseñor Tortolo– “todo lo ofrecido será transustanciado”.
Inmediatamente, la Iglesia me hace rezar en secreto una oración maravillosa, que me gusta hacer en latín: Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que este sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro.
Yo, otro Cristo, mediador entre Dios y los hombres, pontífice… soy a la vez un pecador. Me inclino profundamente, contrito, porque no merezco estar allí, pero me han elegido y ¡aquí estoy!
El segundo rito que intento vivir siempre con gran atención –no podía ser de otra manera– es la consagración.
Pero antes del relato de la institución, hay un momento que desde hace unos años se ha ido tornando más importante en mi celebración: el final del prefacio y el Santo. Es impresionante que nosotros, los sacerdotes, –en el templo parroquial, en una sala velatoria, en la Catedral o en una Misa junto a un arroyo en un campamento– podamos asociarnos a los Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades; es decir, a los coros de los ángeles y que realmente nuestro canto sea su canto. La liturgia es el Cielo abierto, la Misa es participación de la Vida eterna, anticipo real de las Bodas del Cordero con su Iglesia.
En ese marco, me toca a mí decir las palabras de la consagración. O mejor dicho, Jesús me permite ser asociado a su deseo de llegar a todos los hombres de todos los tiempos, y en ese momento cumbre, quiere utilizarme como instrumento.
Cuando elevo el cáliz y sobre todo la hostia consagrada con mis dos manos, tengo la impresión de que no soy yo el que la sostiene; siento que estoy “pendiente” de ella, como “colgado” del Cuerpo sacramentado del Maestro. Que mi vida entera y la de toda mi comunidad “penden” de su amor hasta el fin. Muchas veces, al elevar la hostia consagrada y el cáliz, me acuerdo de las palabras del Señor: “cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia mí”. Y lo levanto alto, bien alto, diciéndole en mi corazón: “atrae, atrae a todos, Señor”.
Claro que muchas veces es difícil concentrarme porque – no me canso de constatarlo y de repetirlo– soy de barro. Y el error o la indisciplina de un monaguillo, un micrófono que no anda, el ventilador que está mal orientado, la señora que se equivocó de lectura y leyó el Evangelio o el nenito que se les “escapó” a sus papás y circula por el presbiterio atrayendo todas las miradas… me distraen del misterio. Aun así, no dejo de intentarlo.

Por último, hay un momento en el que casi siempre, de alguna manera, vuelvo al día de mi ordenación. Porque con mis compañeros pusimos en nuestra estampa: “Lo tomó, lo bendijo, lo partió y lo dio”. En el momento en que la asamblea canta el Cordero de Dios, esas palabras retornan a mi memoria y casi siempre le pido a Jesús: “Señor, como yo tomo este pan, lo parto y lo daré a mis fieles, así hacé conmigo… tomame, transfórmame con tu gracia, partime y dame a los demás”.

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