¿Qué hace
un sacerdote además de celebrar la Santa
Misa?
Lo único que hacen los curas es dar Misa (Padre Leandro Bonnin)
Recuerdo que una vez mi sobrino
adolescente me dijo –medio en serio, medio en broma–: “lo único que hacen los
curas es dar Misa”. No voy a ser yo quien niegue la centralidad de la Misa en
la vida sacerdotal. Pero sin duda que la visión de mi sobrino no respondía a la
realidad.
Es más: lo que siempre me ha
atraído y apasionado del sacerdocio, especialmente el sacerdocio diocesano, es
la cantidad y la variedad de tareas que la Providencia te encomienda. A veces,
en un solo día. En este sentido, siempre recuerdo un miércoles del año 2008 que
me quedó grabado como un símbolo de esta multifacética misión.
Arranqué mi jornada temprano,
haciendo mi oración de la mañana en el Templo y más tarde acompañando la
oración de los chicos del colegio secundario; pasé luego al otro colegio, donde
atendí confesiones de adolescentes y les celebré la Misa. Después compartí un
rato de recreo en la sala de profesores, me cambié y partí para el campo en que
proyectábamos una capilla. Pasé la mañana amontonando pasto, prendiéndole fuego
y recibiendo a las máquinas enviadas por la municipalidad. Almorcé con mi
párroco, dormí un rato de siesta, pasé por la escuela primaria, imprimí unos
apuntes, di clases de Liturgia en el profesorado, clases de Cristología en el
curso de catequistas, hice la celebración de la comunión en el recreo y luego
seguí dando Historia de la Iglesia, pasé por sanatorio y regresé a casa… a
preparar las clases del día siguiente a las 7.
Toda esta actividad tan diversa en
unas pocas horas. Si tuviera que describir lo que sucede en una semana, sería
más entretenido aún: desde bendecir una casa donde la gente escucha ruidos
raros, escuchar a una madre que sufre por el esposo golpeador o el hijo adicto,
a “manguear” en un corralón materiales para construir un salón o carne al
carnicero para hacer las empanadas, dirigir espiritualmente al joven que se
plantea su vocación, arreglar la instalación eléctrica, comprar nuevos
micrófonos, elegir colores de pintura, participar de un congreso de bioética,
hacer el expediente matrimonial de la parejita que se casa el mes que viene…
Con el paso del tiempo fui
comprendiendo mejor por qué en el Seminario nos insistían tanto con una idea: la unidad de vida. Significaba el poder
encontrar en la multiplicidad de las actividades un “hilo conductor” que diera
sentido a todo, que unificara lo diverso y nos preservara de vivir
fragmentados.
Mi hilo conductor, al menos en las
intenciones, es ser otro Cristo, o mejor, ser el mismo Cristo. Él me da a cada
paso una posibilidad de hacerlo presente: en el ambón, en el altar y en el
confesionario, pero también en la clínica, en la peatonal, en el aula, en el
supermercado o la zapatería… en cada rincón de mi jurisdicción parroquial, y
mucho más allá.
Esta idea la pude volver a meditar
hace poco tiempo, en marzo de 2014. Había ido a celebrar la Misa a un geriátrico,
luego de no hacerlo en los meses de enero y febrero. Los viejitos me estaban
esperando con mucha alegría. Cada día descubro un poco más en su mirada los
ojos de Jesús que me mira, y me dice “gracias... estuve enfermo y me
visitaste”. Pero no solo ellos esperan que yo los trate como a Jesús. Una de
las abuelas, cuando le pregunté: “¿cómo andás?”, me contestó: “bien Padre,
porque verlo a usted, es verlo a Dios”. Así quisiera siempre vivir –con esa
conciencia–, mi ministerio; los hombres desean ver a Dios en mí.
El sacerdote es sacramento de la presencia actual y real de Cristo
Resucitado en el corazón del mundo (Padre Germán Brusa)
Ante todo quiero decir que un
sacerdote no es un funcionario. Cuando el sacerdote cae en el funcionalismo y
en el eficientismo, también cae en una suerte de inconciencia pastoral. Si la
Misa que celebrás todos los días no te lleva a buscar más a Cristo, y buscarlo
en situaciones nuevas, es muy probable que esa Misa la vivas como una
obligación para justificar tu “sueldo” como sacerdote. Es como el frío ritual
de marcar tarjeta en un trabajo que no te llena nada más que los bolsillos. Te
empieza a preocupar más lo inmediatamente circunscripto a tu alrededor y perdés
de vista la globalidad de los acontecimientos. Te especializás en determinados
rubros pastorales en los que te descubrís más apto y descuidás a las personas
concretas. Te concentrás en las cosas que vos creés que son indispensables y
delegás en alguien anónimo las que vos creés que son secundarias o de menor
porte.
En este sentido y para iluminar mis
anteriores afirmaciones, comparto una situación muy concreta que me hizo
reaccionar. Poco después del Encuentro Nacional de Mujeres Autoconvocadas en
Paraná, se empezó a debatir en las Universidades la posibilidad de dar un apoyo
institucional explícito a la legalización del aborto. Como consecuencia de esto
y por iniciativa de algunos profesores, se instaló el debate en las distintas
unidades académicas de la UNER.
Al principio no quise meterme mucho
pensando que con mi “sí” al sacerdocio yo decía “no” a toda mi vida pasada.
Pero con el correr del tiempo me fui dando cuenta de que mi intervención como
sacerdote era necesaria, que no podía quedarme solo con los microproblemas de
la parroquia y desentenderme de la necesidad de luz que algunas personas me
estaban reclamando en esa situación. Así, participé de algunas reuniones
interclaustro e intervine en un foro especialmente abierto para discutir estos
temas.
Buscando hoy alguna documentación
sobre esos momentos encontré una intervención que hice en ese foro:
“Viendo esto que se está haciendo (juntar adhesiones para la
despenalización del aborto) me acordaba de unas afirmaciones de Hannah Arendt,
que reflexionábamos durante el cursado de la Maestría en Educación en la FCE: «la esencia de la educación es la
natalidad, el hecho de que seres nacen para el mundo». (H. Arendt, The crisis
in Education). Pero al mismo tiempo que estos recién-llegados (como los llama
Arendt a estos neonatos) significan la renovación humana en la continuidad del
mundo, también representan una amenaza para el mundo adulto que no sabe
afrontar las nuevas formas de llegar al mismo.
En este sentido, parece que ningún niño por nacer es muy
inocente que digamos al menos no para un
adulto que no está dispuesto a cambiar su estructura de vida simplemente para
acoger a una persona que exige inflexiblemente su atención. Finalmente me
sorprende la adhesión de varias personas conocidas que en otra época pensaban
de otro modo. Quizás en ellas se cumpla esto que por ahí he escuchado: «quien
no vive como piensa, termina pensando como vive».
Queda claro que adhiero a la acogida de todos los recién
llegados aunque de momento signifique con dificultad tener que adaptarnos a sus
exigencias y no adhiero al brutal empobrecimiento de la humanidad llamado
aborto”.
Hoy me pregunto ¿por qué intervine
de ese modo? ¿Simplemente por gusto? Sí, en parte por gusto, porque no niego
que me gustan estas instancias de debate; pero en el fondo es porque me
descubro profundamente interpelado. Es como una necesidad, “no puedo
desaprovechar ninguna oportunidad de hacer presente a Cristo donde su luz aún
no está”. Y es claro que nuestra cultura tiene mucha necesidad de esta luz.
Es indudable que el sacerdote
(especialmente el sacerdote secular) siempre ha sido una referencia religiosa,
social, cultural y política. En tiempo de cristiandad eso era fácil de
congeniar. Hoy, en tiempo de descristianización, esa síntesis demanda no pocos
esfuerzos y muchos sinsabores. También incomprensiones y críticas.
La tentación para el sacerdote es
quedarse en lo seguro, donde no hay riesgos. De conformarnos y aferrarnos a los
pequeños logros. Lamentablemente esta situación de autolimitación fue
cristalizando en un estilo de vida casi incuestionable. Tanto las estructuras
seculares como las eclesiales tienden a confinar al sacerdote dentro de lo
estrictamente religioso y sacramental.
El modo de salir de este
confinamiento autoreferencial es haciendo nuevas y desafiantes propuestas para
las propias fuerzas. Eso nos abre a una mayor confianza en Dios y en las
personas que nos rodean. Es hacer carne lo que el mismo Jesús vivió: “el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar
la cabeza” (Lc 9, 58).
Recuerdo una vez que salí a
recorrer en bicicleta los barrios más periféricos de la ciudad de Villaguay.
Casi sin advertirlo llegué hasta el basural. Encontré que muchas personas
vivían y trabajaban allí. Luego de este primer encuentro empecé a visitarlos más
seguido. Con el correr del tiempo invité a otras personas que me acompañaran y
así con un grupo de jóvenes nos organizamos para ir a darles catecismo una vez
a la semana.
Un día una de las mujeres del lugar
me pidió que le bendiga su lugar de trabajo. Era un gran tinglado donde ellas,
luego de la selección de la basura, compactaban las botellas plásticas por un
lado, el metal por otro y el cartón por otro.
Mientras recorríamos el galpón
llegamos a un lugar donde encontramos, en un rinconcito escondido, un altar
lleno de imágenes religiosas de todo tipo: estampas, rosarios, velas, un cuadro
con una imagen brillante, un reloj de pared, estatuillas de yeso de todos los
tamaños, llaveros, etc.
Lo que más me impactó fue encontrar
entre todas esas imágenes, el tríptico del Año Jubilar de la Arquidiócesis de
Paraná que se había celebrado el año anterior (2009). Cuando lo vi, enseguida
le dije a Mirta, la señora que me mostraba el lugar:
–¡Qué lindo! Parece que el año pasado los han visitado los
misioneros. ¿Quién les trajo el tríptico?
–¿Cuál? ¿Ese de ahí atrás?
–Sí, sí…, le respondí. Ese que tiene la imagen de la Virgen de
un lado y la de san Pablo en el otro.
–No, no… a ese no lo trajo nadie, me respondió con toda
naturalidad Mirta; a ese lo encontré tirado en la basura, agregó.
En ese momento no me quedó otra que
decir: ¡Aaaaah!
Tragué saliva, hice un rato de
silencio y luego le hice la aspersión con agua bendita a todo el altarcito de
imágenes.
Ese acontecimiento me conmocionó
mucho. Me hizo pensar muchas cosas. Por ejemplo, cómo el Señor se las ingenia
para llegar a todos a pesar de nuestros límites pastorales. Cómo la fe y la
sensibilidad religiosa de esta gente que visitaba busca caminos extraordinarios
de comunión con Dios.
Y no dejaba de sorprenderme: ¡cuánta
profundidad existencial y religiosa expresada en un lenguaje tan sencillo! Y
como un pensamiento casi obsesivo se me venía a la mente una y otra vez ese
pasaje donde la Cananea le dice a Jesús: “los cachorros, debajo de la mesa,
comen las migajas que dejan caer los hijos” (Mc 7, 28). Realmente, ellos vivían
de las migajas que muchos católicos de Misa dominical tiraban a la basura.
Con el tiempo descubrí y sigo
descubriendo que esas “migajas” siguen llegando a donde la gente satisfecha no
va a llegar nunca. Yo llegué al basural gracias a una profunda insatisfacción.
Si solo me hubiera conformado con celebrar Misa y confesar en la parroquia me
hubiera perdido de escuchar al Maestro que le dice a la Cananea: “Mujer, ¡qué
grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!” (Mt 15, 28). De repente su deseo de
que Jesús le bendiga la casa, el lugar de trabajo y le dé a conocer su Palabra
en la catequesis se había cumplido.
Esto es lo que hace el sacerdote
además de celebrar los sacramentos… él mismo es sacramento. De hecho, lo que posibilita que celebre los
sacramentos es que por gracia de Dios fue hecho sacramento desde el Bautismo.
La vocación sacerdotal: ser luz del
mundo
Para ilustrar otras dimensiones del
ministerio sacerdotal, quiero compartir una experiencia muy intensa, que quedó
plasmada en una carta a un amigo laico comprometido.
Estimado Amigo:
La última vez que hablamos nos quedaron muchas cosas en el tintero… por
eso te escribo para ilustrar algunas ideas que fueron saliendo y vos luego me
consultaste.
Cuando me preguntabas sobre mi accidentada experiencia de Iglesia y cuál
era el mayor desafío que se me presentaba en la actualidad, yo te respondía que
“el tener que ser luz”. Y que este ser luz es el profetismo que tanto nos
cuesta en la Iglesia. Sí, sí… de eso se trata, ser luz; tanto para los de
afuera como para los de adentro de la Iglesia. En este punto vos me
preguntabas: “¿Por qué para los de adentro? ¿No se supone que necesitan más luz
los alejados de Cristo y de la Iglesia?”.
Mirá…, te cuento lo que me pasó cuando era diácono para que veas a lo que
me refiero.
Un día una persona amiga de Paraná me llamó por teléfono y me puso en
contacto con una mujer de Bs.As., para ver si yo podía ayudarla en un asunto
muy delicado.
Fue así como conocí (vía mail) a Silvina Zamit. Una mujer, como muchas
otras en Argentina, que busca a sus padres biológicos (si querés podés buscarla
en google y ver su blog: http:// identidadabierta-adni.blogspot.com.ar). Es de
Bs.As. pero nació en Hasenkamp. Fue inscripta en el registro civil de Marcos
Juárez como hija legítima de sus padres adoptivos. Tiene una identidad “trucha”
y está buscando su verdadera identidad. Hace dieciocho años que busca sin
muchos resultados. Ella manifiesta todo esto en una carta que ha salido por
distintos medios de comunicación social y programas de televisión.
¿Cuál es la historia? Parece que hasta no hace mucho y durante un largo
tiempo, en Hasenkamp hubo toda una organización “mafiosa” que se dedicó a este
tema: el tráfico de bebes y la falsificación de la identidad. Muy bien
coordinada entre un médico, un enfermero y un juez de paz. En la carta y en el
blog de Silvina hay nombres de personas y de instituciones públicas que son
bien conocidas en el pueblo.
Cuando empecé a averiguar y a recoger algunos testimonios me encontré con
la sorpresa de que gran parte del pueblo sabía de esta organización criminal
(especialmente la gente más grande) y no pocas personas estaban involucradas.
Más sorprendente aún fue descubrir que algunas personas de la Iglesia estaban
directa o indirectamente implicadas. Durante algún tiempo quedé perplejo, sin
saber qué hacer. Escuché muchas opiniones; muchos me trataban de tranquilizar
diciéndome: “es preferible eso antes que el aborto o que los chicos queden
tirados en la calle”. Otros me decían: “eso pasó hace tiempo, para qué
escarbar… no te metas”. También me decían: “pasa que la justicia es tan lenta y
burocrática que si te anotás para adoptar estás esperando mil años…”. Parecían
todos argumentos muy razonables, pero algo seguía “haciendo ruido” en mi
interior y no me dejaba en paz.
Por fin, después de varias semanas, hubo un día en que recibí como una
especie de inspiración: “Este es un pecado de grave injusticia que “clama al
cielo” y del cual todos tenemos algo de responsabilidad (y muy especialmente la
gente de la Iglesia), porque nadie puede ignorar estos acontecimientos. Esto
tengo que denunciármelo y denunciarlo”.
A partir de ese momento comencé a buscar el momento oportuno para hacer
esto. Lo hice en la Homilía del tercer domingo de cuaresma de 2010. Uno de los
grandes temas de la Cuaresma es el de la conversión. De modo particular el
tercer domingo de cuaresma trata sobre este aspecto de la vida espiritual y
humana.
A partir esta situación de conocimiento público e iluminando desde la
Palabra de Dios y desde el Catecismo de la Iglesia Católica desarrollé el tema
de la conversión social.
Partiendo de una historia concreta (la de Silvina Zamit), pero muy
repetida y hasta podríamos decir una historia clásica del lugar, pasé luego a
advertir la gravedad de la complicidad silenciosa de toda una comunidad que ha
facilitado la proliferación de injusticias hasta llegar a niveles y dimensiones
sorprendentemente escandalosas. Nadie podía negar los hechos y que esto se
había como “naturalizado” en la cultura del pueblo. La historia se repetía una
y otra vez, solo cambian los nombres de las personas instrumentalizadas; es
decir, la clásica historia de una jovencita, pobre, del campo, hija del
puestero, menor de edad, que queda embarazada del patrón, un hombre grande y
poderoso, posiblemente un terrateniente, que para cubrir su delito recurre a
dos formas abominables de solución: la del aborto o la de la venta del bebe
(esta última aparentemente aliviaba más la conciencia).
El no denunciar las cosas a tiempo, el fingir no ver nada para evitar
incomodidades, el clásico “no te metás”, llevó a casi toda una población a
estar comprometida. La proliferación del pecado hace que, por ejemplo, un
pecado de adulterio lleve a cometer y sumar pecados cada vez más graves:
mentiras, falsificaciones, venta de personas, coimas, homicidio, etc.
Todo esto lo dije en la homilía y fue una bomba. Algunos me agradecieron
porque no habían advertido la gravedad de los hechos. Incluso me dieron su
testimonio y ofrecieron su ayuda para que Silvina pueda saber algo de sus
padres. Pero no todos lo tomaron del mismo modo. A pesar de que, continuamente
y en cada argumentación, me respaldaba en citas del Catecismo y testimonios
documentados, algunos consideraron imprudente mi exposición.
Pero la cosa es grave y alguna intervención en algún momento había que
hacer. Esta realidad, la del pecado social, es quizás una de la menos
reflexionada en nuestra actualidad. Muchas veces cuando hablamos del pecado lo
primero que se nos viene a la mente son los diez mandamientos, de los cuales
muchos cristianos se acuerdan de tres o cuatro (especialmente entre el sexto y
el noveno).
Sin embargo, hay una dimensión social del pecado y que no debe ser
despreciada a la hora de hacer nuestro examen de conciencia. Hay una compleja
relación entre mis acciones personales y mi entorno social. Hay un influjo de
mí hacia el entorno y del entorno hacia mí.
Pero más allá de eso, intenté terminar la homilía con un mensaje
esperanzador. Sabiendo que la conversión y el perdón nos llena el corazón de
esperanza. Porque justamente la luz de Cristo no sólo nos hace descubrir el
pecado, sino que también nos da la esperanza de la salvación.
Bueno amigo… se me hizo un poco extensa la carta pero creo que queda más
o menos ilustrado lo que significa para mí que la Iglesia y el sacerdote sean
luz para todos los hombres. Tanto para los que aún no conocen a Cristo, como
para aquellos que ocupan lugares destacados dentro de la Iglesia.
Espero que la próxima oportunidad que nos veamos sigamos charlando alguno
de estos temas.
Muchas bendiciones para vos y toda tu familia.
Germán
Misterios de luz (Padre Sergio Hayy)
En el ejercicio del ministerio, no
espero que los demás vean solamente “una buena persona” sino que deseo puedan
descubrir a alguien que está en este mundo de
parte de Dios.
Como pastor de almas, trato de
responder a la voluntad de Dios para este tiempo y descubrir el querer Divino,
en los acontecimientos y en las personas. Me entrego para que cada persona
descubra el proyecto de Dios en su vida, y lo realice; que no se “deje vivir”
por las circunstancias, sino que asuma libre y lúcidamente el camino que Dios
le muestra.
Además, a la luz de la fe aprendí
que cada persona no es uno más en la humanidad, sino que cada ser humano, esté
en la situación que esté, encierra un misterio y sobre todo un designio divino;
que vale gastar la vida para descubrirlo y realizarlo, porque nadie más en este
mundo ni en la historia cumplirá por él o ella el sueño que Dios sembró en su
corazón.
Todos los sacramentos administrados
me llenan, pero entre ellos está el sacramento de la Reconciliación que es un
lugar privilegiado para ejercer la “compasión”. Es muy fuerte levantar la mano
y pronunciar: “yo te absuelvo”. Además, el acompañamiento pastoral y la
dirección espiritual son aspectos pastorales en los que procuro que cada
persona encuentre su ideal en su vida y la misión.
Vivo el ministerio con un fuerte
anhelo de realizarlo comunitariamente.
“Todo sacerdote necesita un hogar”, solía decir el padre José Kentenich. Este
sacerdote supo interpretar proféticamente la crisis actual de la sociedad y del
mundo, que es la crisis de la familia. A esa crisis los sacerdotes le
presentamos como respuesta el “ideal de Nazaret”. Y ¡cuánta luz irradia en el
pueblo de Dios la presencia de sacerdotes unidos!, capaces de fraternidad y
amistad sacramental.
Agradezco siempre al Señor por
procurar que este ideal se realice en mí, ante todo porque casi siempre tuve
ocasión de convivir con un sacerdote o dos, y en varias oportunidades acompañar
en el camino formativo a seminaristas desde la vida parroquial. Así siento que
he podido realizar esta vocación que desde el origen Dios Padre puso en mi
alma.
Pero también soy consciente de que
no hay sacerdocio verdadero sin participar de la cruz. La hora del Getsemaní
seguro llegará, es una hora que guarda una secreta fecundidad. Siento que
cuando llegue, no se tratará solo de tomar conciencia de los límites, sino
también de trascenderlos mediante una espiritualidad de la infancia y de la
piedad instrumental, como dijo el Señor en el Monte de los Olivos “hágase tu
voluntad”. Ese querer consistía en atravesar el sufrimiento, la cruz, la muerte
y la sepultura; todo vivido desde un profundo sentido redentor.
Para todo esto, sé que delante está
el Señor; su escudo me protege. Por eso experimento que puedo estar de pie
(como la Virgen Madre) ante cualquier cruz de la que tenga que ser testigo o
tenga que aceptar. Porque en el ministerio “tocamos” los dolores más profundos
de la humanidad, pero como Buen Pastor, también tenemos que “dejarnos tocar”
por el sufrimiento y así participar de la Pasión del Señor.
He vivido en estos años muchas
situaciones que las llamo “misterios de luz” del ejercicio del ministerio. Les
comparto algunas de ellas.
¡Para rezar!
Cierta vez me encontraba en la
sacristía de la parroquia junto a los monaguillos, esperando que terminen de
leer las intenciones de la Misa. Aproveché esos minutos para preguntarle a los
cuatro chicos si querían ser sacerdotes. Solo uno dijo sí. Inmediatamente, le pregunté por
qué quería ser sacerdote, suponiendo que respondería lo habitual: para
anunciar el Evangelio, para hacer la Santa Misa, para visitar a los enfermos
etc. Sin embargo, el monaguillo simplemente respondió: ¡para rezar! Al principio hice silencio, y luego me puse en actitud
de escucha ¡voz del niño, voz de Dios!
No pude dejar de reflexionar luego
sobre mi propia oración, la oración litúrgica, la oración de intercesión etc.
Es esencial al ministerio orar y enseñar a orar teniendo presente lo que los
discípulos le pidieron al Señor “enséñanos a orar”, y sobre todo orar por el
pueblo de Dios que me fue confiado.
¿No tiene una estampita?
Solía visitar un hogar muy humilde,
en el que vivía una abuela con una nieta que padecía una importante
discapacidad. Yo sentía que tenía que paliar sus múltiples carencias, ya que a
mi entender padecían todas las
necesidades… Pero cada vez que llevaba una cena o almuerzo, la joven siempre me
miraba y decía ¿no tiene una estampita?...
¡Voz del pobre, voz de Dios!
Las estampitas ocupaban un lugar
central entre las “necesidades” de su vida, pues a través de ellas contaba con
la presencia viva y cercana del Señor, de la Virgen y de todos los Santos.
Estas personas no solo me lo recordaban, sino que me llevaban directo al
corazón de Dios.
¡Quiero re truco!
En la misión sacerdotal es
infaltable la invitación a una partida de truco, y cuando accedemos, seguro oímos
la frase: ¡pero usted Padre… no puede
mentir! ¡Voz de gaucho, voz de Dios!
Qué lindo cuando soy invitado a no
mentir, a vivir en la Verdad, a no
engañar a Dios y no mentir en el pastoreo; las ovejas no me pertenecen y
merecen la verdad. Tengo como misión alimentar a las ovejas con el pan de la
verdad. Decir siempre la verdad y toda la verdad, ese es sin duda el re truco sacerdotal.
¡Pan!
Cierta vez, durante una misión en
zona rural, en la Misa de clausura, había un niño en primera fila lleno de
asombro por todo lo que descubría en la celebración: los cantos, las
vestimentas sacerdotales, los misioneros, el pueblo congregado, la alegría de
culminar la misión... A su lado había una catequista, y cuando en el momento de
la consagración elevé la hostia, escuché que el niño observaba y exclamó: “¡pan!”. La catequista, que también
escuchó, lo miró y señalando la Eucaristia que todavía sostenía elevada, dijo
con dulzura: “¡no, es el Cuerpo de Cristo!”.
Como otras tantas, esta catequista,
me ayudó a ser sacerdote catequista con su testimonio simple, atento y fiel al
llamado que han recibido. Aprovechando cada ocasión para acrecentar la fe de
los pequeños.
El mamao
Sería muy extraño que los
sacerdotes no nos crucemos en el camino con un mamao. Uso cariñosamente esta expresión del lunfardo para
significar a las personas que están heridas por el vicio del alcohol.
Considero que la mirada como pastor
tiene que ser de amor respetuoso a quien encuentra en el cura a un semejante,
por el simple y profundo hecho de comulgar “la sangre de Cristo”. Y pienso qué
lindo sería vivir embriagado del Amor de Dios.
¡Un elefante!
Acompañando a los catequistas en su
formación, suelo invitarlos a apelar a todos los recursos a su alcance para
transmitir con fidelidad los contenidos de fe y la viva presencia de Cristo. Un
día entré al templo parroquial y vi a una catequista inclinada y moviendo uno
de sus brazos de un lado hacia el otro desde su cabeza, me sonreí y pensé
“claro, está contando el relato de la creación, y eso es ¡un elefante!
Me acerqué y le pregunté a los
chicos qué estaban tratando en el encuentro de catequesis y me contestaron “¡la
entrada de Jesús a Jerusalén, montado en un burrito!”. “¡Ah!”, respondí, “¿y
por qué esos gestos de la catequista?”. Contestaron: “¡son los mantos que ponía
el pueblo a los pies del burro que montaba Jesús!”.
¡Si no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos!
¡Gracias a Dios!
A finales de 2001, Vicario de la
Catedral, y a raíz de la crisis social y económica fue abierto un “desayunador”
para responder a la urgencia del momento de muchos hermanos.
Diez años después, iba caminando
por las calles del centro de Paraná, que corresponden a la jurisdicción de la
parroquia y un “cuidacoches” me saludó con mucha efusión, diciendo que me recordaba
de esa época del desayunador en la Catedral.
Después de un breve diálogo me
pidió la Bendición. Yo se la dí y me despedí diciéndole “¡gracias!”, a lo que
respondió “¡gracias a Dios!”. Me
causó un poco de risa su modo pícaro de decirlo, y él, al advertirlo, volvió a
repetir “¡gracias a Dios! ¡ No se me
olvide Padre!”.
Desde ese momento, cada vez que
pronuncio ¡gracias a Dios!, hago una pequeña oración por el cuidacoches, que me
recordó que todo nos viene de nuestro Padre.
Necesidad de un signo fuerte
El Miércoles de Ceniza es la puerta para entrar al tiempo
litúrgico de Cuaresma, hacia la Pascua. Este día el pueblo de Dios se vuelca
casi masivamente a las distintas celebraciones en las parroquias, capillas y
oratorios a fin de recibir “las cenizas” que simbolizan el llamado a la
penitencia en un espíritu de humildad, a fin de alcanzar la Vida Nueva en
Cristo Resucitado.
Las cenizas puede ser recibidas de
dos maneras: mediante un signo de la cruz en la frente o bien derramando
cenizas sobre la cabeza. Asimismo, la Iglesia nos propone dos fórmulas tomadas
una del libro del génesis: “Recuerda que
eres polvo y en polvo te convertirás” ( Gén. 3,19), y la otra del
Evangelio: “conviértete y cree en el
Evangelio”( Mc. 1,15) .
Un Miércoles de Ceniza se acercó
una mamá con tres niños. Hice el signo sobre el primero, luego pasé al segundo,
y al tocar al tercero, le arrojé abundante ceniza sobre su cabeza. Cuando
levanté la vista, noté que la señora se sonreía por el hecho de volcar tan
generosamente ceniza sobre el niño.
Al finalizar la Santa Misa, vino a
saludarme la mamá con los niños y me dijo que era muy reconfortante recibir más
ceniza, concluyendo: “¡tiene que ponernos más
ceniza, la necesitamos Padre!”.
No es la primera vez que escucho
que nos piden “más”. También cuando hago la aspersión con agua bendita sobre
las palmas, el domingo de Ramos y en tantas otras celebraciones, las personas
esperan que caiga en abundancia y generosamente agua bendita.
En esto percibo que el pueblo fiel
necesita de signos, de signos pronunciados, marcados, fuertes. Si Cristo es el signo predilecto del Amor del Padre, el pueblo de Dios necesita más de la presencia transformadora y
amorosa de Cristo.
Siento que cuando administramos los
dones de Dios, la Palabra, los Sacramentos y Sacramentales debemos ser claros y
generosos, y brindarlos en abundancia; para que cada persona que la Providencia
nos ponga en el camino “tenga vida y vida
en abundancia”.
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