martes, 24 de mayo de 2016

Prólogo de Mons Juan Alberto Puiggari

Prólogo
Nuestro tiempo y nuestra cultura necesitan, cada vez más, de lo testimonial. Al hombre de hoy le cuesta mucho vivir de verdades abstractas: necesita comprobar, con sus vivencias personales, la realidad de lo que se enseña y proclama.
En la actualidad, los medios de comunicación hacen prevalecer los testimonios de vida negativos. De esta forma, crean un escepticismo en el que es imposible una vida virtuosa. Nuestro pueblo fiel se ha sentido muy golpeado por los pecados de nuestros hermanos sacerdotes, que tanto duelen a la Iglesia: “¿Cómo olvidar que nada hace sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de sus pastores, sobre todo de aquellos que se convierten en “ladrones de ovejas” (Juan 10, 1 y ss.), ya sea porque las desvían con sus doctrinas privadas, ya sea porque las atan con los lazos del pecado y de muerte?”(Benedicto XVI).
Esta situación nos duele y nos exige, a todos los sacerdotes, la obligación de conversión y de oración. Somos nosotros quienes sufrimos más que nadie por nuestros hermanos sacerdotes que han cometido pecados y delitos tan graves.
Pero también es cierto que hay muchos sacerdotes silenciosos, a quienes los grandes medios de comunicación no les prestansu tribuna. Son lo que podríamos llamar la mayoría silenciosa del clero. Ellos son sacerdotes fieles a su vocación, entregados a Dios y a sus hermanos, los hombres. Son aquellos que quieren sentirse cercanos al pueblo de Dios, quienes se muestran como son: “seres humanos de carne y hueso” que intentan imitar a Jesús en misericordia, amor y generosidad. Todos los días celebran la Misa y los demás sacramentos procurando hacerlo con auténtico amor de Dios, trabajan por el crecimiento de la fe de sus hermanos, están cerca de los enfermos, de los pobres, de los más necesitados y consumen su vida, día tras día y año tras año, silenciosamente, sin pensar en sí mismos (a pesar de que muchas veces padecen sufrimientos); muchos, muchísimos, llevan décadas haciéndolo. Nunca han pedido nada a cambio por ello y trabajan con abnegación.
Estos sacerdotes no son perfectos, tienen limitaciones. Pero ¿quién no las tiene? Luchan sinceramente por ser perfectos, pero ¿podemos encontrar a alguien sin defectos, salvo al Señor y a su Santísima Madre? Deploran los pecados de los hombres, sean sacerdotes o no, pero a ellos, que son la mayoría del clero, este dolor los ha unido más al Señor porque recuerdan el amor de elección de Jesús hacia cada uno de ellos.
Por eso valoro el esfuerzo de quienes llevaron a cabo “El sacerdocio en primera persona”, libro que sólo tiene la intención de mostrar cómo este grupo de sacerdotes, ejemplo de la gran mayoría, vive su vocación: con un profundo amor al sacerdocio y a la Iglesia.

Mayo de 2014
Monseñor Juan Alberto Puiggari
Arzobispo de Paraná

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